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Artículo 13 feb, 07:37

El samizdat no murió en la URSS: solo se mudó a Amazon

El samizdat no murió en la URSS: solo se mudó a Amazon

Durante décadas, publicar tu propio libro era sinónimo de fracaso. Si ninguna editorial te quería, eras tú el problema, no el sistema. Pero aquí viene lo delicioso: ese mismo sistema que humillaba a los autopublicados era el que censuró a Bulgákov, rechazó a Tolkien y casi destruyó a Kafka. ¿Y si el verdadero estigma no está en publicar solo, sino en pedirle permiso a alguien para existir como escritor?

La palabra «samizdat» evoca sótanos moscovitas, máquinas de escribir desgastadas y manuscritos pasados de mano en mano bajo amenaza de cárcel. Suena heroico, ¿verdad? Pues resulta que en 2026, millones de escritores hacen exactamente lo mismo — solo que en lugar de arriesgar su libertad, arriesgan su ego. Y eso, para muchos, es peor.

Hagamos memoria. En la Unión Soviética, el samizdat no era un capricho: era la única forma de que cierta literatura existiera. Solzhenitsyn distribuyó «Archipiélago Gulag» a través de copias clandestinas. Anna Ajmátova memorizó sus poemas porque escribirlos era demasiado peligroso. Vasili Grossman entregó «Vida y destino» a una revista oficial y la KGB literalmente confiscó el manuscrito. Un editor del Partido le dijo que la novela no se publicaría «en doscientos o trescientos años». Se equivocó: tardó solo veintiséis. El samizdat era, en su esencia, un acto de independencia radical contra un sistema que decidía qué merecía existir y qué no.

Ahora bien, cambiemos de escenario. Occidente, siglo XXI. Ya no hay KGB, pero hay algo casi igual de implacable: el departamento de adquisiciones de las grandes editoriales. J.K. Rowling fue rechazada por doce editoriales antes de que Bloomsbury aceptara a Harry Potter, y solo porque la hija del editor de ocho años insistió en leer el segundo capítulo. Stephen King clavaba las cartas de rechazo en un clavo en la pared de su caravana; cuando el clavo ya no aguantó el peso, lo reemplazó por uno más grande. Marcel Proust autopublicó el primer tomo de «En busca del tiempo perdido» porque Gallimard — sí, la misma Gallimard que hoy presume de tenerlo en su catálogo — lo rechazó inicialmente.

La pregunta incómoda es esta: ¿qué diferencia real hay entre un disidente soviético que copia su novela a máquina y un escritor contemporáneo que sube su libro a Kindle Direct Publishing? Obviamente, el riesgo físico no tiene comparación. Nadie va a ir a prisión por autopublicar una novela de fantasía urbana. Pero el mecanismo es el mismo: un individuo decide que su voz merece ser escuchada sin esperar la bendición de un guardián institucional. Y en ambos casos, la respuesta del establishment es idéntica: desprecio.

«Vanity press», lo llamaban antes. Edición de vanidad. Como si el deseo de compartir tu trabajo con el mundo fuera un defecto de carácter. Es fascinante cómo la industria editorial construyó ese relato: necesitas que nosotros te validemos, porque sin nuestro sello eres un aficionado, un diletante, un escritor de domingo. Y durante décadas, funcionó. El estigma era tan potente que escritores con talento genuino preferían acumular rechazos durante años antes que «mancharse» con la autopublicación.

Pero los números cuentan otra historia. Andy Weir publicó «El marciano» como autopublicación en Amazon en 2011, a 0,99 dólares. Vendió 35.000 copias en tres meses. Luego vino la editorial Crown, luego Ridley Scott, luego Matt Damon flotando en Marte. E.L. James comenzó «Cincuenta sombras de Grey» como fan fiction en internet. Amor u odio por el libro aparte, generó más de 500 millones de dólares. Hugh Howey con «Silo» — ahora serie de Apple TV — negoció con Simon & Schuster desde una posición que ningún autor primerizo había tenido jamás: les cedió solo los derechos en papel y se quedó los digitales. Eso no es vanidad. Eso es independencia con los dientes afilados.

Y aquí es donde la historia del samizdat soviético se vuelve profética. Aquellos disidentes no solo luchaban contra la censura; estaban demostrando que la literatura no necesita permiso para existir. Que un texto vale por lo que dice, no por quién lo imprime. Los samizdatchiki — así se llamaban — crearon redes enteras de distribución paralela, con sus propios editores informales, sus críticos, sus lectores fieles. ¿No suena eso sospechosamente parecido a las comunidades de escritores independientes que hoy existen en Wattpad, Royal Road o Substack?

Por supuesto, el samizdat moderno tiene su lado oscuro. La ausencia de filtros editoriales significa que junto a las gemas hay montañas de texto que no debería haber pasado del primer borrador. Cualquiera puede publicar, y cualquiera lo hace. Pero, ¿saben qué? Eso también pasaba en el samizdat soviético. No todo lo que circulaba clandestinamente era Solzhenitsyn. Había propaganda, panfletos mediocres, poesía terrible. La libertad siempre incluye la libertad de ser mediocre. Y eso está bien, porque la alternativa — que alguien decida por ti qué merece existir — ya sabemos cómo termina.

El verdadero cambio no es tecnológico, es psicológico. Estamos empezando a aceptar que «publicado por una gran editorial» no es sinónimo de calidad, del mismo modo que «autopublicado» no es sinónimo de basura. Las editoriales siguen teniendo un papel: curación, distribución masiva, el prestigio de ciertos sellos. Pero ya no son la única puerta. Y cuando una puerta deja de ser la única, deja de ser una puerta: se convierte en una opción.

Hay algo deliciosamente irónico en todo esto. El samizdat nació como un acto de resistencia contra un estado totalitario. Y ahora, en pleno capitalismo, su espíritu renace como resistencia contra un mercado que durante décadas decidió que solo ciertos tipos de historias — ciertos tipos de voces — merecían llegar al público. Las grandes editoriales no son malvadas, pero son empresas. Y las empresas minimizan riesgos. ¿Cuántos Bulgákov modernos están siendo rechazados ahora mismo porque su propuesta «no encaja en el mercado»?

Así que la próxima vez que alguien diga «samizdat» con tono condescendiente, como si fuera sinónimo de amateurismo, recuérdale esto: toda la literatura que hoy consideramos clásica rusa del siglo XX sobrevivió gracias al samizdat. Y toda la revolución actual de la autopublicación existe porque millones de escritores decidieron que esperar permiso no es una estrategia, es una rendición.

El estigma no ha desaparecido del todo. Probablemente tarde otra generación en morir. Pero la libertad de publicar sin intermediarios ya no es un acto de disidencia política: es un derecho creativo que cada vez más autores ejercen sin pedir disculpas. Y si eso no es la herencia más hermosa del samizdat, no sé qué lo es.

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