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Artículo 13 feb, 06:02

Tu autor favorito no tiene ni idea de lo que escribió (y Barthes lo demostró)

Tu autor favorito no tiene ni idea de lo que escribió (y Barthes lo demostró)

En 1967, un francés con pipa y cuello de tortuga decidió que los escritores estaban de más. Roland Barthes publicó un ensayo que dinamitó siglos de reverencia literaria con una idea tan simple como escandalosa: el autor está muerto, larga vida al lector. Desde entonces, cada vez que alguien dice «pero el autor quiso decir que...», hay un fantasma estructuralista riéndose en algún café de París.

Y lo más delicioso del asunto es que tenía razón. O al menos, tenía más razón de la que nos gustaría admitir. Porque si hay algo que la historia de la literatura nos ha demostrado una y otra vez es que los autores son los peores intérpretes de sus propias obras. Y no lo digo yo: lo dicen los hechos.

Empecemos por el caso más jugoso. Franz Kafka le pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos después de su muerte. Todos. El proceso, El castillo, La metamorfosis. Brod, por supuesto, se pasó esa instrucción por el forro y los publicó. ¿Resultado? Kafka se convirtió en uno de los escritores más influyentes del siglo XX. El autor quería destrucción; el lector —en este caso, un lector con acceso a la imprenta— decidió que esos textos le pertenecían al mundo. Si hubiéramos respetado la «intención del autor», no existiría el adjetivo «kafkiano». Piénsalo.

Pero no hace falta irse tan lejos en el drama existencial. Ray Bradbury pasó décadas explicando que Fahrenheit 451 no trataba sobre la censura gubernamental, sino sobre cómo la televisión estaba destruyendo el interés por la lectura. Generaciones enteras de lectores, profesores y críticos lo ignoraron olímpicamente. El libro se convirtió en el símbolo universal contra la censura. Bradbury protestaba en conferencias, corregía a estudiantes, se enfadaba en entrevistas. Nadie le hizo caso. Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿tenían razón los lectores? Barthes diría que la pregunta está mal formulada. No se trata de quién tiene razón, sino de que el texto, una vez publicado, ya no le pertenece a quien lo escribió.

Este es el núcleo de «La muerte del autor»: el significado no reside en el origen del texto, sino en su destino. El lector no es un recipiente pasivo que recibe el mensaje sagrado del creador. El lector es un campo de batalla donde se cruzan experiencias, lecturas previas, contextos culturales y, sí, también prejuicios y caprichos. Cada lectura es una recreación. Cada interpretación, legítima.

¿Suena demasiado democrático? Tal vez. Pero la alternativa es lo que Barthes llamaba «la tiranía del autor», esa idea de que existe UNA lectura correcta y que solo el escritor tiene la llave. Tolkien odiaba las interpretaciones alegóricas de El Señor de los Anillos. Decía que no era una alegoría de la Segunda Guerra Mundial, que el Anillo no representaba la bomba atómica, que Mordor no era la Alemania nazi. Y sin embargo, millones de lectores encontraron exactamente eso en sus páginas. ¿Estaban equivocados? ¿O el texto contenía significados que ni su propio creador podía controlar?

Aquí es donde la cosa se pone realmente interesante. Porque no estamos hablando solo de teoría literaria francesa de los años sesenta. Estamos hablando de algo que vivimos todos los días. Cada vez que un fan de Harry Potter descubre subtextos que Rowling jamás planeó. Cada vez que alguien encuentra en un poema de Neruda un significado que el chileno no imaginó mientras lo escribía en Isla Negra. Cada vez que un adolescente lee El guardián entre el centeno y siente que Salinger le habla directamente a él, a pesar de que Salinger probablemente le habría cerrado la puerta en la cara.

El propio Cervantes es un caso fascinante. Escribió la primera parte del Quijote como una parodia de los libros de caballerías. Nada más. Un chiste largo. Pero los lectores vieron ahí una reflexión sobre la locura, la libertad, el idealismo, la dignidad humana. Cuatro siglos de interpretaciones han convertido una sátira en la primera novela moderna de Occidente. ¿Cervantes «quiso decir» todo eso? Probablemente no. ¿Importa? Según Barthes, en absoluto.

Ahora bien, seamos honestos: llevar la muerte del autor al extremo tiene sus riesgos. Si cualquier interpretación es válida, ¿también lo es la que dice que Moby Dick es en realidad una guía de cocina? Aquí entra Umberto Eco con su concepto de «los límites de la interpretación». Eco, que era tan francés de espíritu como italiano de nacimiento, propuso que el texto tiene una «intención» propia —la intentio operis— que no es ni la del autor ni la del lector, sino la del propio tejido de palabras. El texto colabora, pero también resiste. Puedes leer muchas cosas en El nombre de la rosa, pero no puedes leer que es una novela romántica de playa. Bueno, podrías, pero el texto te miraría con desprecio.

Lo que Barthes nos regaló —y uso la palabra «regaló» con toda la intención— fue una liberación. Nos liberó de la obligación de arrodillarnos ante la figura del autor como un sacerdote del significado. Nos dio permiso para ser lectores activos, creativos, incluso desobedientes. No lectores que reciben, sino lectores que construyen.

Hay una ironía deliciosa en todo esto. Barthes escribió «La muerte del autor» y se convirtió en un autor cuya intención se debate hasta hoy. ¿Quiso decir que el autor literalmente no importa? ¿O fue una provocación estratégica para abrir el debate? Los barthesianos llevan casi sesenta años discutiéndolo. Es decir: el autor del ensayo sobre la muerte del autor está más vivo que nunca en las interpretaciones de sus lectores. Si eso no es justicia poética, no sé qué lo es.

Así que la próxima vez que alguien te diga «eso no es lo que el autor quiso decir», sonríe con la tranquilidad de quien sabe un secreto. Porque el autor ya dijo lo suyo. Ahora el texto es tuyo. Y lo que tú encuentres ahí dentro —las sombras, los ecos, los significados que nadie más ve— es tan real como cualquier intención declarada en una entrevista. El autor escribe el libro. Pero eres tú quien lo completa.

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"Una palabra tras una palabra tras una palabra es poder." — Margaret Atwood