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Artículo 13 feb, 23:03

12 cartas de rechazo que hoy valen más que el oro: la vergüenza secreta de las editoriales

Imagina que eres editor en una gran editorial. Un manuscrito llega a tu escritorio. Lo hojeas, bostezas, y escribes una carta educada que básicamente dice: «Esto no sirve, búsquese otro oficio». Treinta años después, ese libro ha vendido 500 millones de copias y tu carta de rechazo se exhibe en un museo. Bienvenido al club más exclusivo y humillante de la historia literaria: el de los editores que dijeron «no» a obras maestras.

Lo mejor de todo es que no estamos hablando de uno o dos casos aislados. Estamos hablando de un patrón tan consistente que, si yo fuera escritor novel y NO recibiera un rechazo, empezaría a preocuparme. Porque resulta que la carta de rechazo es casi un requisito previo para la inmortalidad literaria.

Empecemos por el caso más escandaloso. J.K. Rowling envió el manuscrito de «Harry Potter y la piedra filosofal» a doce editoriales. Doce. Todas dijeron que no. Una de ellas, según cuenta la leyenda, ni siquiera se molestó en leer más allá del primer capítulo. El argumento era demoledor en su simplicidad: «Los libros para niños sobre magos no venden». Bloomsbury finalmente lo aceptó en 1997, en parte porque la hija de ocho años del editor exigió leer el resto. La franquicia Harry Potter ha generado más de 7.700 millones de dólares solo en ventas de libros. Esas doce editoriales probablemente necesitan terapia grupal.

Pero Rowling al menos tuvo que esperar poco comparada con otros. Stephen King recibió treinta rechazos por su primera novela, «Carrie», antes de que Doubleday la aceptara en 1973. La carta más memorable decía algo así como: «No nos interesan las historias de ciencia ficción que tratan temas negativos». ¿Ciencia ficción? ¿Negativa? Era una novela de terror sobre una adolescente con poderes telequinéticos que destruye su instituto. King estaba tan desmoralizado que tiró el manuscrito a la basura. Fue su esposa Tabitha quien lo rescató de la papelera —literalmente— y le dijo que lo terminara. Hoy Stephen King ha vendido más de 350 millones de libros. La papelera de los King debería estar en el Smithsonian.

Y luego está el caso de «El señor de las moscas» de William Golding, rechazado por veintiuna editoriales. Uno de los editores escribió en su informe interno: «Una fantasía absurda y poco interesante sobre un grupo de niños en una isla». Golding ganó el Premio Nobel de Literatura en 1983. Me encantaría haber visto la cara de ese editor cuando se enteró.

Pero mi favorito personal es el rechazo que recibió Marcel Proust por «En busca del tiempo perdido». El editor de Gallimard, Alfred Humblot —y vaya que hizo honor a su apellido—, le escribió: «No puedo comprender cómo un caballero puede emplear treinta páginas en describir cómo da vueltas en la cama antes de dormirse». Es una crítica técnicamente precisa. Proust sí dedica una cantidad absurda de páginas a describir el insomnio. Pero resulta que eso es exactamente lo que convierte su obra en una de las cumbres de la literatura universal. A veces el defecto ES la virtud, y el editor simplemente no tiene los ojos para verlo.

El patrón se repite con una regularidad casi cómica. «Diario de Ana Frank» fue rechazado con la nota: «Esta chica no tiene una percepción especial que haga sentir al lector que estuvo allí». George Orwell recibió un rechazo por «Rebelión en la granja» que decía: «Es imposible vender historias sobre animales en Estados Unidos». Y a Agatha Christie, la autora más vendida de todos los tiempos después de Shakespeare y la Biblia, le rechazaron manuscritos durante cinco años seguidos antes de que alguien se dignara a publicarla.

Hay algo profundamente reconfortante en todo esto, y no solo si eres escritor. La lección trasciende la literatura. Cada uno de esos rechazos revela una verdad incómoda sobre cómo funciona el mundo: las personas encargadas de decidir qué tiene valor muchas veces no tienen la menor idea de lo que están evaluando. No porque sean estúpidos —muchos de estos editores eran brillantes—, sino porque el verdadero talento, lo genuinamente original, casi siempre se ve raro al principio. No encaja en las categorías existentes. No se parece a lo que ya ha funcionado. Y eso asusta.

Piénsalo un momento. Si fueras editor en 1951 y alguien te pusiera delante un manuscrito sobre un adolescente malcriado que deambula por Nueva York quejándose de todo, ¿lo publicarías? Probablemente no. Y sin embargo, «El guardián entre el centeno» de J.D. Salinger se convirtió en uno de los libros más influyentes del siglo XX. La originalidad tiene un precio: al principio nadie la reconoce.

Lo más irónico es que muchas de estas cartas de rechazo se han convertido en objetos de colección. Se subastan, se exhiben, se publican en libros. La editorial que rechazó a Rowling probablemente podría ganar más dinero vendiendo su carta de rechazo original que lo que ganó con cualquier libro que sí publicó ese año. El fracaso editorial se ha convertido en su propia forma de literatura.

Hay un detalle que pocos mencionan y que a mí me parece el más revelador de todos: la mayoría de estos autores rechazados no dejaron de escribir. No se sentaron a llorar indefinidamente. No quemaron sus manuscritos en una pira de autocompasión. Simplemente enviaron el siguiente sobre. King sacó el manuscrito de la basura. Rowling mandó la carta número trece. Golding probó con la editorial veintidós. La diferencia entre un escritor publicado y uno que no lo es rara vez tiene que ver con el talento. Tiene que ver con la capacidad de recibir un «no» y seguir caminando.

Así que la próxima vez que alguien te diga que tu idea no sirve, que tu proyecto no tiene futuro, que «eso no funciona», recuerda esto: en algún cajón de alguna editorial de Londres hay una carta que dice que los niños magos no venden. Y esa carta, querido lector, es la prueba más elocuente de que las opiniones de los expertos a veces no valen ni el papel en el que están escritas.

El verdadero genio no es el que nunca recibe un rechazo. Es el que recibe doce, treinta, o cincuenta, y sigue tocando puertas. Porque al final, solo hace falta que una se abra.

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