Feed de Contenido

Descubre contenido interesante sobre libros y escritura

Artículo 13 feb, 06:12

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros

Molière murió en escena y 353 años después sigue haciendo el ridículo... a todos nosotros

El 17 de febrero de 1673, Jean-Baptiste Poquelin —Molière para los amigos y los exámenes de literatura— tosió sangre mientras interpretaba a un hipocondríaco en El enfermo imaginario. Murió horas después. Si la ironía fuera un deporte olímpico, ese habría sido el oro absoluto. Pero lo verdaderamente escandaloso no es cómo murió, sino que 353 años después sus personajes siguen viviendo entre nosotros, disfrazados con traje de oficina, perfil de Instagram y discurso motivacional.

Pensemos en Tartufo. Este sujeto, el villano más carismático del teatro clásico francés, es un farsante religioso que se instala en casa ajena, seduce a la esposa del anfitrión y casi le roba la herencia entera. Molière lo escribió en 1664 y Luis XIV lo prohibió de inmediato. La Iglesia católica montó en cólera. Los devotos exigieron que el autor fuera quemado en la hoguera. ¿La razón? No que la obra fuera mentira, sino que era demasiado verdad. Tartufo no es un personaje de ficción: es tu cuñado que cita versículos bíblicos mientras evade impuestos. Es el coach espiritual que cobra trescientos euros por enseñarte a respirar. Es el político que besa rosarios frente a las cámaras y firma contratos turbios con la otra mano. Molière no inventó la hipocresía, pero le sacó una radiografía tan precisa que la imagen sigue siendo válida en cualquier hospital del siglo XXI.

Y luego está El misántropo, la obra que demuestra que Molière no solo se burlaba de los hipócritas, sino también de quienes se creen superiores por denunciarlos. Alceste, el protagonista, odia la falsedad social. Detesta los cumplidos vacíos, las sonrisas de cortesía, los "quedamos un día" que nadie piensa cumplir. Suena admirable, ¿verdad? El problema es que Alceste es tan insoportable en su purismo que termina solo, amargado y ridículo. Molière nos lanzó la pregunta más incómoda posible: ¿qué es peor, el hipócrita que finge amabilidad o el honesto brutal que convierte cada cena en un tribunal? Si tienes un amigo que "solo dice la verdad" y por eso arruina todas las fiestas, felicidades: conoces a un Alceste contemporáneo.

La escuela de las mujeres, estrenada en 1662, fue otro escándalo monumental. Arnolfo, un hombre maduro y controlador, cría a una joven llamada Agnes en la ignorancia absoluta para convertirla en la esposa perfecta: sumisa, ingenua, manipulable. El plan le explota en la cara porque Agnes, pese a todo, desarrolla voluntad propia y se enamora de otro. La obra provocó debates furiosos en el París del XVII. Los moralistas la consideraron indecente. Las mujeres, curiosamente, la aplaudieron. Hoy, en plena era de movimientos feministas y debates sobre consentimiento, la premisa de Arnolfo suena escalofriante y familiar: el hombre que quiere moldear a una mujer a su medida, que confunde amor con posesión, que cree que la ignorancia ajena es garantía de su propia seguridad. Cambien la peluca empolvada por una gorra de béisbol y Arnolfo podría protagonizar un documental de Netflix sobre relaciones tóxicas.

Lo que hace a Molière peligrosamente vigente no es su lenguaje —que, admitámoslo, requiere cierta paciencia en su francés original del XVII— sino su método. El tipo era un cirujano disfrazado de payaso. Mientras el público se reía de Tartufo, de Harpagón el avaro, del burgués gentilhombre que quería parecer noble, Molière les estaba abriendo el pecho en canal. La risa era la anestesia. Cuando dejabas de reír, ya tenías el diagnóstico encima. Este mecanismo es exactamente el que usan hoy los mejores comediantes, desde Ricky Gervais hasta los monologuistas de cualquier bar de Madrid o Buenos Aires. La comedia como bisturí social no la inventó Netflix: la perfeccionó un tipo nacido en 1622 que prefirió el teatro a heredar el negocio de tapicero de su padre.

Hay un dato que me fascina y que rara vez se menciona. Molière no solo escribía: actuaba, dirigía, gestionaba su propia compañía teatral y lidiaba con censores, rivales y deudas. Era, en términos modernos, un showrunner completo. Cuando escribía un Tartufo o un Misántropo, no lo hacía desde una torre de marfil académica. Lo hacía mientras ensayaba, mientras negociaba con actores que se emborrachaban antes de las funciones, mientras esquivaba las intrigas de la corte de Versalles. Su genio nació del barro, no del mármol. Y eso se nota: sus obras huelen a humanidad real, no a tesis doctoral.

Otro aspecto que merece atención: la Iglesia le negó un entierro cristiano. Molière era actor, y en la Francia del XVII los actores estaban excomulgados por definición. Su esposa tuvo que suplicarle al rey para que permitieran enterrarlo de noche, casi a escondidas, sin ceremonia religiosa. El hombre que había hecho reír a toda Francia fue tratado en la muerte como un paria. La ironía, de nuevo, es aplastante: los mismos Tartufos que él había retratado fueron quienes le negaron la dignidad final.

Hoy, 353 años después de aquella muerte absurda y poética, Molière es el autor más representado en Francia. Sus obras se montan en Tokio, en São Paulo, en Chicago. Se adaptan al cine, al teatro experimental, a monólogos de stand-up sin que nadie lo sepa. Cada vez que alguien desmonta la hipocresía con humor, cada vez que un comediante señala al poderoso y lo hace parecer ridículo, cada vez que la risa se convierte en un acto de resistencia, ahí está Molière, tosiendo sangre entre bastidores pero negándose a abandonar el escenario.

Si me preguntan cuál es su mayor legado, no diría que son las obras en sí —aunque son magníficas—. Diría que es una actitud: la convicción feroz de que reírse de los poderosos, de los falsos, de los vanidosos, no es solo un entretenimiento, sino un deber cívico. Molière nos enseñó que el humor no es lo contrario de la seriedad; es su forma más valiente. Y en un mundo donde los Tartufos se multiplican como conejos en primavera, donde los Arnolfos controlan y los Alcestes pontifican desde Twitter, necesitamos ese bisturí disfrazado de carcajada más que nunca.

Así que brindemos por Jean-Baptiste Poquelin, el tapicero que eligió las tablas, el cómico que murió haciendo de enfermo, el genio al que la Iglesia enterró de noche. Trescientos cincuenta y tres años bajo tierra y sigue siendo el tipo más lúcido de la sala.

¿Nada que leer? ¡Crea tu propio libro y léelo! Como hago yo.

Crear un libro
1x

"Permanece ebrio de escritura para que la realidad no te destruya." — Ray Bradbury