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Artículo 14 feb, 07:04

Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?

Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?

Cinco de los siete premios Nobel de literatura estadounidenses fueron alcohólicos. Cinco de siete. Repite esa cifra mientras te sirves tu café matutino y piensas en lo romántico que suena escribir una novela con una botella de whisky al lado. Porque esa imagen —el escritor torturado, el vaso medio vacío, las cuartillas manchadas de bourbon— es probablemente la mentira más glamurosa que nos ha vendido la historia de la literatura. Y como toda buena mentira, tiene un fondo de verdad incómodo.

Empecemos por el abuelo de todos los borrachos literarios: Edgar Allan Poe. El hombre que inventó el cuento de terror moderno, el relato detectivesco y medio género de ciencia ficción fue encontrado delirando en una cuneta de Baltimore en octubre de 1849, vestido con ropa que no era suya. Murió cuatro días después. Tenía cuarenta años. Durante décadas, la narrativa oficial fue que el alcohol lo mató, y generaciones de profesores de literatura suspiraron con melancolía al contarlo, como si la ginebra fuera el precio justo por escribir «El cuervo». Lo que nadie menciona es que Poe era intolerante al alcohol —un solo vaso lo dejaba fuera de combate— y que sus mejores obras las escribió en periodos de sobriedad forzada. El alcohol no alimentó su genio; simplemente lo persiguió hasta matarlo.

Pero si hablamos de romanticismo etílico, nadie supera a Ernest Hemingway. «Escribe borracho, edita sobrio», le atribuyen, aunque probablemente nunca lo dijo. Lo que sí dijo fue: «Un hombre inteligente a veces se ve obligado a emborracharse para pasar el tiempo con tontos». Hemingway bebía daiquirís en La Habana, mojitos en el Floridita, vino en Pamplona y whisky en todas partes. Su prosa era limpia, directa, brutal. ¿Era así por el alcohol? No. Era así porque Hemingway reescribía cada página entre treinta y cuarenta veces, perfectamente sobrio por las mañanas. El alcohol era su compañero de noche, no su musa de día. Y al final, cuando la depresión, las lesiones cerebrales y el alcoholismo convergieron, Hemingway no escribió su obra maestra definitiva: se pegó un tiro con su escopeta favorita. Tenía sesenta y un años.

La lista de escritores alcohólicos es tan larga que parece un chiste cruel del destino. William Faulkner se presentaba borracho a recibir el Nobel. F. Scott Fitzgerald escribió «El gran Gatsby» entre resacas monumentales y murió a los cuarenta y cuatro, convencido de que era un fracasado. Dorothy Parker, una de las mentes más afiladas del siglo XX, resumió su relación con la bebida así: «Me gusta tomar un martini, dos como mucho. Después de tres estoy debajo de la mesa. Después de cuatro, debajo del anfitrión». Brillante. Y devastador, porque Parker intentó suicidarse varias veces y pasó sus últimos años sola, olvidada, bebiendo en una habitación de hotel.

Ahora crucemos el Atlántico. En Rusia, donde el vodka es prácticamente un género literario en sí mismo, Serguéi Yesenin se colgó a los treinta años tras escribir su último poema con su propia sangre. Venedikt Eroféiev escribió «Moscú-Petushkí», la novela más genial sobre el alcoholismo jamás escrita, y murió de cáncer de garganta a los cincuenta y dos, borracho hasta el final. Y Antón Chéjov, que era médico y sabía exactamente lo que el alcohol hacía al cuerpo humano, seguía prescribiendo cerveza a sus pacientes mientras él mismo tosía sangre por la tuberculosis. Al menos Chéjov tenía la excusa de vivir en el siglo XIX, cuando la medicina era básicamente «ponle sanguijuelas y reza».

Pero aquí viene la pregunta incómoda que nadie quiere hacerse: ¿y los escritores sobrios? Porque resulta que la lista es igual de impresionante. Tolstói dejó el alcohol y después escribió «Anna Karénina» y «Guerra y paz». Jane Austen no bebía y creó personajes más complejos que la mayoría de los novelistas borrachos combinados. Gabriel García Márquez escribió «Cien años de soledad» alimentado por café y cigarrillos, no por aguardiente. Haruki Murakami corre maratones y se acuesta a las nueve de la noche. Stephen King estuvo tan borracho durante los años ochenta que no recuerda haber escrito «Cujo» —una novela entera borrada de su memoria— y cuando se rehabilitó, no dejó de escribir: escribió mejor. «Misery» y «Needful Things» llegaron después de la sobriedad.

El caso de King es particularmente revelador. En su autobiografía «Mientras escribo», cuenta que su familia le hizo una intervención vaciando su papelera sobre la mesa: latas de cerveza, botellas de jarabe para la tos, bolsas de cocaína, colillas. King miró la basura de su propia adicción y pensó: «Tienen razón, pero si me rehabilito, no podré volver a escribir». Se rehabilitó. Escribió treinta libros más. La idea de que necesitaba sustancias para crear era, literalmente, la voz de la adicción disfrazada de musa.

Y ese es el verdadero meollo del asunto. El alcohol no crea talento. Nunca lo ha hecho. Lo que hace es dos cosas: primero, desinhibir, lo cual puede confundirse fácilmente con inspiración. Cuando estás un poco borracho, las ideas fluyen sin filtro, te sientes audaz, brillante. Pero al día siguiente relees lo que escribiste y, en la mayoría de los casos, es basura pretenciosa. Segundo, el alcohol alivia temporalmente la ansiedad, la depresión y el síndrome del impostor que acompaña a casi todo escritor. No es que los escritores beban para escribir; es que beben para soportar el peso psicológico de ser escritores.

La neurociencia moderna lo confirma sin piedad. El alcohol reduce la actividad del córtex prefrontal, la parte del cerebro responsable del pensamiento complejo, la planificación y la autocrítica constructiva. Es decir, exactamente las herramientas que necesitas para escribir bien. Beber para escribir es como ponerse guantes de boxeo para tocar el piano: puedes golpear las teclas, pero no vas a interpretar a Chopin.

Entonces, ¿por qué persiste el mito? Porque es cómodo. Para los lectores, romantiza el sufrimiento del artista y convierte la adicción en una narrativa épica. Para los escritores aspirantes, ofrece una excusa perfecta: «No escribo porque no sufro lo suficiente, no bebo lo suficiente, no estoy lo bastante maldito». Y para la industria editorial, los escritores borrachos venden biografías. Nadie compra un libro titulado «Cómo escribí mi obra maestra durmiendo ocho horas y bebiendo agua con limón».

Pero la verdad es más simple y más dura que cualquier mito romántico. Los grandes escritores alcohólicos fueron grandes a pesar del alcohol, no gracias a él. Cada botella que abrieron no les regaló una página genial; les robó años de vida, novelas que nunca escribieron, familias que destruyeron. Faulkner podría haber escrito diez novelas más. Fitzgerald podría haber superado «Gatsby». Poe podría haber inventado tres géneros literarios adicionales.

Así que la próxima vez que veas esa imagen idílica del escritor con su whisky junto a la máquina de escribir, recuerda esto: no estás viendo a un genio en su elemento. Estás viendo a alguien que lucha contra dos demonios simultáneos —la página en blanco y la botella— y que, con suerte, solo perderá contra uno de ellos. La verdadera valentía literaria no está en beber hasta que las palabras fluyan. Está en sentarse sobrio, aterrado, frente a esa página vacía, y escribir de todas formas.

Artículo 13 feb, 07:18

Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?

Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?

Existe un mito tan viejo como la literatura misma: que el alcohol y la escritura forman una pareja inseparable, como el gin y el tonic. Hemingway lo declaró abiertamente, Faulkner ganó el Nobel medio borracho, y Bukowski convirtió el alcoholismo en su marca personal. Pero hay una pregunta incómoda que nadie quiere hacerse: ¿estos escritores crearon sus obras maestras gracias al alcohol o a pesar de él? La respuesta, como todo lo bueno en la literatura, es más complicada de lo que parece.

Empecemos por los números, que no mienten aunque a veces emborrachen. De los siete estadounidenses que ganaron el Premio Nobel de Literatura, cinco fueron alcohólicos declarados: Sinclair Lewis, Eugene O'Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck. Cinco de siete. Si esto fuera una estadística deportiva, diríamos que el alcohol tiene un porcentaje de acierto del 71%. Pero claro, la correlación no implica causalidad, como diría cualquier científico sobrio.

La romantización del escritor borracho tiene raíces profundas. Los griegos ya asociaban la embriaguez con la inspiración divina: Dioniso no era solo el dios del vino, sino también del teatro. Los poetas románticos del siglo XIX elevaron esta idea a categoría de dogma. Coleridge escribió «Kubla Khan» bajo los efectos del opio, De Quincey publicó sus «Confesiones de un comedor de opio inglés», y Baudelaire dedicó un libro entero a los «Paraísos artificiales». La idea era seductora: las sustancias abren puertas de percepción que la mente sobria no puede ni imaginar. Suena bonito. Suena también a excusa.

Porque aquí viene la parte que los románticos prefieren ignorar. Edgar Allan Poe, ese genio del terror que inventó prácticamente el género detectivesco, murió a los 40 años en una cuneta de Baltimore, delirante y con ropa que no era suya. Las circunstancias exactas de su muerte siguen siendo un misterio, pero el alcohol fue sin duda cómplice. Malcolm Lowry, autor de «Bajo el volcán» —una de las mejores novelas del siglo XX sobre el alcoholismo, qué ironía—, tardó diez años en terminarla porque no podía dejar de beber. Murió a los 47 años por una combinación de alcohol y barbitúricos. Jack London, que a los 40 ya era un anciano destruido por el whisky, lo admitió con brutal honestidad en «John Barleycorn»: el alcohol no le daba talento, le quitaba el miedo a usarlo. Y también le quitó la vida.

Pero seamos justos con el diablo. Hay algo que el alcohol sí hace, y lo hace bien: desinhibe. Le baja el volumen a ese crítico interno que todo escritor lleva dentro, ese que te dice que tu prosa es basura, que esa metáfora es ridícula, que quién te crees tú para escribir una novela. Hemingway lo resumió con su característica brutalidad: «Escribe borracho, edita sobrio». El problema es que Hemingway cada vez escribía más borracho y editaba menos sobrio, hasta que en 1961 se metió una escopeta en la boca. El consejo suena genial en una camiseta. En la práctica, es una sentencia de muerte.

Y aquí está la trampa más perversa de esta relación: la dependencia se disfraza de ritual creativo. Faulkner necesitaba su whisky de maíz para sentarse a escribir «El sonido y la furia». Fitzgerald se bebía una botella de ginebra al día mientras intentaba terminar «Suave es la noche». Dorothy Parker, que destilaba ingenio con la misma facilidad que destilaba martinis, acabó sus días sola, amargada y sin poder escribir una línea. El alcohol no era su musa; era su secuestrador. Les hacía creer que sin él no podían crear, cuando en realidad sin él habrían creado mucho más.

Consideremos la evidencia contraria. León Tolstói dejó de beber y escribió «Resurrección». Dostoievski, a pesar de su adicción al juego, era bastante moderado con el alcohol, y nadie puede decir que le faltara intensidad emocional. Gabriel García Márquez escribió «Cien años de soledad» alimentado por café y cigarrillos, no por aguardiente. Haruki Murakami, uno de los escritores más exitosos del mundo contemporáneo, corre maratones y se acuesta a las nueve de la noche. Jorge Luis Borges era prácticamente abstemio. ¿Alguien se atrevería a decir que a Borges le faltaba imaginación?

La neurociencia moderna ha desmontado buena parte del mito. El alcohol, en dosis moderadas, puede facilitar el pensamiento asociativo —esa capacidad de conectar ideas aparentemente inconexas que es esencial para la creatividad—. Un estudio de la Universidad de Illinois en 2012 demostró que los participantes ligeramente embriagados resolvían mejor problemas creativos que los sobrios. Pero —y este «pero» es del tamaño de una resaca— el alcohol también destruye la memoria de trabajo, la capacidad de concentración y el juicio crítico. Puedes tener la idea más brillante del mundo a las tres de la madrugada con media botella encima, pero al día siguiente no recordarás ni la mitad, y la otra mitad será ilegible.

Hay otro aspecto que rara vez se menciona: el sesgo de supervivencia. Conocemos a los escritores alcohólicos que triunfaron porque, bueno, triunfaron. No conocemos a los miles —probablemente millones— de aspirantes a escritor que se ahogaron en alcohol sin producir jamás una línea memorable. Por cada Bukowski que sacó literatura de su miseria etílica, hay diez mil borrachos anónimos que solo sacaron cirrosis. Romantizar el alcoholismo literario es como romantizar la ruleta rusa porque alguien sobrevivió: técnicamente posible, estadísticamente suicida.

Raymond Carver es quizá el ejemplo más revelador de todos. Durante sus años de alcoholismo escribió relatos extraordinarios sobre la desesperación suburbana americana. Pero cuando dejó de beber en 1977, no dejó de escribir. Al contrario: sus últimos once años, sobrios, fueron los más productivos y aclamados de su carrera. «Catedral», su obra maestra, fue escrita sin una gota de alcohol. Stephen King, que durante los años ochenta escribía novelas enteras de las que después no recordaba nada, lleva sobrio desde 1988 y ha publicado más de cuarenta libros desde entonces. La sobriedad no mató su creatividad; la liberó.

Entonces, ¿cuál es el veredicto? El alcohol no es ni la musa ni el demonio que nos han vendido. Es un anestésico que algunos escritores usaron para soportar el dolor de existir y el terror de crear. Les funcionó durante un tiempo, como funciona cualquier anestesia, hasta que dejó de funcionar y empezó a matar. La verdadera fuente de la creatividad literaria nunca estuvo en la botella: siempre estuvo en la capacidad de observar el mundo con una intensidad casi insoportable, de sentir lo que otros prefieren ignorar, de poner en palabras lo que parece indecible.

Si hay algo que el mito del escritor borracho nos enseña es esto: la creatividad y el sufrimiento no son sinónimos, aunque la cultura popular insista en emparejarlos. Se puede escribir una obra maestra sobrio, feliz y habiendo dormido ocho horas. No suena tan romántico como hacerlo borracho en un bar de París a las cuatro de la madrugada, lo sé. Pero al menos llegarás a escribir la siguiente.

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