Статья 13 февр. 07:18

Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?

Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?

Existe un mito tan viejo como la literatura misma: que el alcohol y la escritura forman una pareja inseparable, como el gin y el tonic. Hemingway lo declaró abiertamente, Faulkner ganó el Nobel medio borracho, y Bukowski convirtió el alcoholismo en su marca personal. Pero hay una pregunta incómoda que nadie quiere hacerse: ¿estos escritores crearon sus obras maestras gracias al alcohol o a pesar de él? La respuesta, como todo lo bueno en la literatura, es más complicada de lo que parece.

Empecemos por los números, que no mienten aunque a veces emborrachen. De los siete estadounidenses que ganaron el Premio Nobel de Literatura, cinco fueron alcohólicos declarados: Sinclair Lewis, Eugene O'Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck. Cinco de siete. Si esto fuera una estadística deportiva, diríamos que el alcohol tiene un porcentaje de acierto del 71%. Pero claro, la correlación no implica causalidad, como diría cualquier científico sobrio.

La romantización del escritor borracho tiene raíces profundas. Los griegos ya asociaban la embriaguez con la inspiración divina: Dioniso no era solo el dios del vino, sino también del teatro. Los poetas románticos del siglo XIX elevaron esta idea a categoría de dogma. Coleridge escribió «Kubla Khan» bajo los efectos del opio, De Quincey publicó sus «Confesiones de un comedor de opio inglés», y Baudelaire dedicó un libro entero a los «Paraísos artificiales». La idea era seductora: las sustancias abren puertas de percepción que la mente sobria no puede ni imaginar. Suena bonito. Suena también a excusa.

Porque aquí viene la parte que los románticos prefieren ignorar. Edgar Allan Poe, ese genio del terror que inventó prácticamente el género detectivesco, murió a los 40 años en una cuneta de Baltimore, delirante y con ropa que no era suya. Las circunstancias exactas de su muerte siguen siendo un misterio, pero el alcohol fue sin duda cómplice. Malcolm Lowry, autor de «Bajo el volcán» —una de las mejores novelas del siglo XX sobre el alcoholismo, qué ironía—, tardó diez años en terminarla porque no podía dejar de beber. Murió a los 47 años por una combinación de alcohol y barbitúricos. Jack London, que a los 40 ya era un anciano destruido por el whisky, lo admitió con brutal honestidad en «John Barleycorn»: el alcohol no le daba talento, le quitaba el miedo a usarlo. Y también le quitó la vida.

Pero seamos justos con el diablo. Hay algo que el alcohol sí hace, y lo hace bien: desinhibe. Le baja el volumen a ese crítico interno que todo escritor lleva dentro, ese que te dice que tu prosa es basura, que esa metáfora es ridícula, que quién te crees tú para escribir una novela. Hemingway lo resumió con su característica brutalidad: «Escribe borracho, edita sobrio». El problema es que Hemingway cada vez escribía más borracho y editaba menos sobrio, hasta que en 1961 se metió una escopeta en la boca. El consejo suena genial en una camiseta. En la práctica, es una sentencia de muerte.

Y aquí está la trampa más perversa de esta relación: la dependencia se disfraza de ritual creativo. Faulkner necesitaba su whisky de maíz para sentarse a escribir «El sonido y la furia». Fitzgerald se bebía una botella de ginebra al día mientras intentaba terminar «Suave es la noche». Dorothy Parker, que destilaba ingenio con la misma facilidad que destilaba martinis, acabó sus días sola, amargada y sin poder escribir una línea. El alcohol no era su musa; era su secuestrador. Les hacía creer que sin él no podían crear, cuando en realidad sin él habrían creado mucho más.

Consideremos la evidencia contraria. León Tolstói dejó de beber y escribió «Resurrección». Dostoievski, a pesar de su adicción al juego, era bastante moderado con el alcohol, y nadie puede decir que le faltara intensidad emocional. Gabriel García Márquez escribió «Cien años de soledad» alimentado por café y cigarrillos, no por aguardiente. Haruki Murakami, uno de los escritores más exitosos del mundo contemporáneo, corre maratones y se acuesta a las nueve de la noche. Jorge Luis Borges era prácticamente abstemio. ¿Alguien se atrevería a decir que a Borges le faltaba imaginación?

La neurociencia moderna ha desmontado buena parte del mito. El alcohol, en dosis moderadas, puede facilitar el pensamiento asociativo —esa capacidad de conectar ideas aparentemente inconexas que es esencial para la creatividad—. Un estudio de la Universidad de Illinois en 2012 demostró que los participantes ligeramente embriagados resolvían mejor problemas creativos que los sobrios. Pero —y este «pero» es del tamaño de una resaca— el alcohol también destruye la memoria de trabajo, la capacidad de concentración y el juicio crítico. Puedes tener la idea más brillante del mundo a las tres de la madrugada con media botella encima, pero al día siguiente no recordarás ni la mitad, y la otra mitad será ilegible.

Hay otro aspecto que rara vez se menciona: el sesgo de supervivencia. Conocemos a los escritores alcohólicos que triunfaron porque, bueno, triunfaron. No conocemos a los miles —probablemente millones— de aspirantes a escritor que se ahogaron en alcohol sin producir jamás una línea memorable. Por cada Bukowski que sacó literatura de su miseria etílica, hay diez mil borrachos anónimos que solo sacaron cirrosis. Romantizar el alcoholismo literario es como romantizar la ruleta rusa porque alguien sobrevivió: técnicamente posible, estadísticamente suicida.

Raymond Carver es quizá el ejemplo más revelador de todos. Durante sus años de alcoholismo escribió relatos extraordinarios sobre la desesperación suburbana americana. Pero cuando dejó de beber en 1977, no dejó de escribir. Al contrario: sus últimos once años, sobrios, fueron los más productivos y aclamados de su carrera. «Catedral», su obra maestra, fue escrita sin una gota de alcohol. Stephen King, que durante los años ochenta escribía novelas enteras de las que después no recordaba nada, lleva sobrio desde 1988 y ha publicado más de cuarenta libros desde entonces. La sobriedad no mató su creatividad; la liberó.

Entonces, ¿cuál es el veredicto? El alcohol no es ni la musa ni el demonio que nos han vendido. Es un anestésico que algunos escritores usaron para soportar el dolor de existir y el terror de crear. Les funcionó durante un tiempo, como funciona cualquier anestesia, hasta que dejó de funcionar y empezó a matar. La verdadera fuente de la creatividad literaria nunca estuvo en la botella: siempre estuvo en la capacidad de observar el mundo con una intensidad casi insoportable, de sentir lo que otros prefieren ignorar, de poner en palabras lo que parece indecible.

Si hay algo que el mito del escritor borracho nos enseña es esto: la creatividad y el sufrimiento no son sinónimos, aunque la cultura popular insista en emparejarlos. Se puede escribir una obra maestra sobrio, feliz y habiendo dormido ocho horas. No suena tan romántico como hacerlo borracho en un bar de París a las cuatro de la madrugada, lo sé. Pero al menos llegarás a escribir la siguiente.

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