Pasternak rechazó el Nobel y la URSS le aplaudió: la historia más absurda de la literatura
Imagínate que te llaman para decirte que ganaste el premio más prestigioso del planeta. Millones de personas matarían por ese momento. Y tú, temblando, respondes: «No, gracias, no lo quiero». Eso hizo Boris Pasternak en 1958. No porque fuera un excéntrico ni un provocador profesional. Lo hizo porque sabía que aceptar ese Nobel significaba no volver a pisar su país jamás. Y Rusia era todo lo que tenía, aparte de la poesía.
Hoy se cumplen 136 años del nacimiento de un hombre que escribió una de las novelas más importantes del siglo XX, que fue odiado por su propio gobierno, amado por el mundo entero, y que murió convencido de que había fracasado. La historia de Pasternak no es solo literatura: es un thriller político con final trágico.
Boris Leonídovich Pasternak nació el 10 de febrero de 1890 en Moscú, en una familia que parecía diseñada por un algoritmo de la creatividad: padre pintor, madre pianista concertista. El pequeño Boris creció entre lienzos y sonatas, y durante años creyó que su destino era la música. Estudió composición con devoción casi enfermiza, hasta que un día decidió que no tenía suficiente talento. Así, sin drama, cerró el piano y abrió un cuaderno. El mundo perdió un pianista mediocre y ganó un poeta descomunal.
En los años veinte, Pasternak ya era una estrella de la poesía rusa. Sus versos eran salvajes, sinestésicos, llenos de naturaleza que respiraba y estaciones que sangraban. «Mi hermana la vida», publicado en 1922, lo convirtió en una celebridad literaria. Pero aquí viene lo interesante: mientras otros poetas soviéticos se dedicaban a escribir odas al tractor y al plan quinquenal, Pasternak hablaba de lluvia, de árboles, de besos. Y el régimen, por un tiempo, lo toleró. Quizá porque no entendía del todo lo que decía. La buena poesía tiene esa ventaja: los censores no siempre la pillan.
Pero Pasternak no era un ingenuo. Sabía exactamente en qué clase de máquina vivía. Vio cómo sus amigos desaparecían: Mandelstam murió en un campo de tránsito en 1938, Tsvietáieva se ahorcó en 1941. Él sobrevivió, y esa supervivencia le pesó toda la vida como una piedra en el estómago. ¿Por qué yo sí y ellos no? Esa pregunta lo persiguió durante décadas y, de alguna manera, se filtró en cada página de su obra maestra.
Hablemos de «Doctor Zhivago». Pasternak trabajó en esa novela durante diez años, entre 1945 y 1955. La escribió sabiendo que jamás se publicaría en la Unión Soviética. Era una historia de amor ambientada durante la Revolución Rusa y la Guerra Civil, y su pecado imperdonable era mostrar la revolución no como una gloriosa liberación, sino como un huracán que arrasaba vidas individuales. El protagonista, Yuri Zhivago, no era un héroe del proletariado: era un médico y poeta que simplemente quería vivir, amar y escribir. Para el aparato soviético, eso era más peligroso que cualquier panfleto contrarrevolucionario.
Lo que pasó después parece sacado de una novela de espías —y probablemente lo fue—. El manuscrito salió de la URSS de contrabando, escondido en equipajes diplomáticos. La editorial italiana Feltrinelli lo publicó en 1957, y el libro explotó como una bomba cultural. Se tradujo a dieciocho idiomas en tiempo récord. Hollywood compró los derechos. Y en octubre de 1958, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura. En cualquier país normal, esto habría sido motivo de orgullo nacional. En la URSS, fue el inicio de una cacería.
El diario oficial Pravda publicó que Pasternak era «una mala hierba» y «un cerdo que ensucia el lugar donde come». La Unión de Escritores Soviéticos lo expulsó en una votación unánime, y se organizaron asambleas en fábricas donde obreros que nunca habían leído una línea del libro exigían su deportación. Es difícil no sentir una mezcla de risa y horror ante la imagen: un tornero de Minsk, con el mono manchado de grasa, gritando furioso contra una novela lírica sobre un poeta enamorado. El absurdo soviético en su máxima expresión.
Pasternak, acorralado, envió su famoso telegrama a Estocolmo: «En vista del significado que tiene este premio en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazarlo. No tome a mal mi rechazo voluntario». Voluntario. Esa palabra es la más triste de todo el asunto. Luego escribió una carta a Jrushchov suplicando que no lo expulsaran de Rusia. «Abandonar mi patria equivaldría a mi muerte», decía. Lo dejaron quedarse, pero le quitaron todo: los ingresos, las publicaciones, la tranquilidad. Le permitieron conservar su dacha en Peredélkino, ese pueblito de escritores a las afueras de Moscú, como si el exilio interior fuera un favor.
Murió el 30 de mayo de 1960, a los setenta años, de un cáncer de pulmón que muchos atribuyeron —con más poesía que ciencia— a la tristeza. A su funeral acudieron miles de personas, a pesar de que las autoridades intentaron que pasara desapercibido. Los asistentes recitaron sus poemas en voz alta, junto al ataúd abierto. Fue el último acto de rebeldía de un hombre que nunca se consideró rebelde.
Y aquí es donde la historia da un giro que Pasternak habría apreciado. En 1988, la revista soviética Novy Mir publicó «Doctor Zhivago» por primera vez en Rusia. Las colas para comprar el número llegaban a la esquina. En 1989, su hijo recogió el Nobel en Estocolmo, treinta y un años después. La Unión Soviética, esa misma que lo había humillado, ya se estaba desmoronando. La novela que intentaron enterrar sobrevivió al régimen que la prohibió. Si eso no es poesía, no sé qué lo es.
Lo que hace a «Doctor Zhivago» una novela inmortal no es su trama romántica ni su épica histórica. Es algo más sutil y más peligroso: la insistencia en que la vida interior de una persona importa más que cualquier proyecto colectivo. Que un poema puede ser más verdadero que un decreto. Que amar a alguien con toda el alma no es un acto burgués, sino el acto más revolucionario posible. En un siglo de ideologías monstruosas, Pasternak apostó por lo individual, lo íntimo, lo frágil. Y ganó.
Ciento treinta y seis años después de su nacimiento, Pasternak sigue siendo incómodo. No encaja en la narrativa del disidente heroico porque nunca quiso ser disidente. No encaja en la del genio incomprendido porque en vida fue enormemente reconocido. Fue, simplemente, un poeta que escribió una novela que decía la verdad, y descubrió que la verdad es lo único que ningún imperio puede tolerar. Su historia nos recuerda algo que preferimos olvidar: que los libros más importantes no son los que el poder celebra, sino los que el poder intenta destruir.
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