Pasternak rechazó el Nobel y la URSS lo destruyó igual: la tragedia del poeta que no sabía rendirse
Imagínate que te llaman para decirte que ganaste el premio más prestigioso del mundo. Champán, flores, aplausos. Y tú, en vez de celebrar, tienes que escribir una carta diciendo: «No lo quiero, devuélvanlo». No porque seas humilde, sino porque si lo aceptas, te destierran de tu país, te arrancan de tu lengua y te condenan a morir lejos de todo lo que amas. Eso le pasó a Boris Pasternak en 1958, y hoy, a 136 años de su nacimiento, seguimos sin digerir del todo esa historia.
Boris Leonídovich Pasternak nació el 10 de febrero de 1890 en Moscú, en una familia que parecía diseñada por un guionista demasiado ambicioso. Su padre, Leonid, era un pintor reconocido que ilustraba las obras de Tolstói —sí, el Tolstói, el de Guerra y paz—. Su madre, Rosalía Kaufman, era una pianista de concierto que había renunciado a su carrera para criar a sus hijos. En esa casa entraban y salían Rajmáninov, Rilke y Skriabin como quien va al bar de la esquina. El pequeño Boris creció respirando arte como otros respiran smog.
Con semejante entorno, lo lógico hubiera sido que se dedicara a la música. Y lo intentó, vaya si lo intentó. Estudió composición durante seis años bajo la sombra de Skriabin, su ídolo. Pero un día, con esa lucidez brutal que solo tienen los verdaderos artistas, decidió que no tenía el oído absoluto necesario y lo dejó. Así, de golpe. Imaginen abandonar seis años de trabajo porque no eres perfecto. La mayoría de nosotros no abandonamos ni una serie mediocre de Netflix.
Entonces se lanzó a la filosofía, estudió en Marburgo con los neokantianos, y cuando parecía que iba a convertirse en un académico respetable, la poesía lo atrapó como una emboscada. En 1914 publicó su primer poemario, «El gemelo en las nubes», y el mundo literario ruso levantó una ceja. Para los años veinte, con «Mi hermana la vida» y «Temas y variaciones», ya no levantaban cejas: se las arrancaban de asombro. Su poesía era una cosa salvaje, llena de metáforas que parecían explotar desde dentro del lenguaje, como si las palabras rusas hubieran decidido rebelarse contra la gramática.
Pero aquí viene lo interesante —y lo terrible—. Pasternak vivía en la Unión Soviética, ese lugar donde la literatura no era un pasatiempo sino un arma de Estado. Stalin, que se creía crítico literario además de dictador, tenía opiniones sobre todo. En una ocasión llamó por teléfono a Pasternak para preguntarle sobre Mandelshtam, otro poeta que estaba siendo perseguido. Pasternak, nervioso, tartamudeó algo diplomático. Stalin colgó. Pasternak se pasó el resto de su vida atormentado por no haber defendido a su colega con más valentía. Esa culpa, dicen quienes lo conocieron, lo carcomió como un ácido lento.
Durante los años de terror estalinista, Pasternak sobrevivió en parte porque se dedicó a traducir. Shakespeare, Goethe, Schiller, los poetas georgianos... Sus traducciones de Hamlet y Romeo y Julieta son consideradas obras maestras en sí mismas, tan buenas que hay quien dice —medio en broma, medio en serio— que Shakespeare suena mejor en el ruso de Pasternak que en su propio inglés. Traducir era también un refugio: mientras vertías a otro idioma las palabras de un muerto ilustre, no podías escribir nada que le molestara al Kremlin.
Pero Pasternak tenía una bomba de relojería en el cajón de su escritorio. Llevaba años trabajando en una novela que lo consumía: «Doctor Zhivago». La historia de un médico poeta atrapado entre la revolución, el amor y la imposibilidad de vivir según su conciencia en un sistema que exigía obediencia ciega. Era, en el fondo, su propia historia disfrazada de ficción. Cuando la terminó en 1956 y la ofreció a las editoriales soviéticas, la respuesta fue un «no» rotundo. El manuscrito era, según los censores, «una calumnia contra la Revolución de Octubre». Pasternak, con una mezcla de ingenuidad y coraje suicida, se lo entregó al editor italiano Giangiacomo Feltrinelli. La novela se publicó en Italia en 1957 y fue un terremoto editorial.
Lo que siguió es una de las tragicomedias más absurdas de la Guerra Fría. La CIA —sí, la CIA— ayudó a distribuir copias en ruso para desestabilizar a la URSS. El Comité Nobel le otorgó el premio en 1958. Y entonces el infierno se desató. La Unión de Escritores Soviéticos lo expulsó. Periódicos que nunca lo habían leído publicaron editoriales furibundos. Obreros de fábricas firmaban cartas colectivas denunciando al «traidor Pasternak». Se hizo célebre una frase que resume toda la hipocresía del asunto: «No he leído a Pasternak, pero lo condeno». Acorralado, amenazado con el exilio y aterrorizado de perder su país, Pasternak rechazó el Nobel con un telegrama que es un monumento al dolor: «En vista del significado que tiene este premio en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazarlo».
Murió el 30 de mayo de 1960, apenas dos años después, de cáncer de pulmón. Tenía setenta años. Su funeral, al que el Estado intentó reducir a un trámite burocrático, se convirtió en un acto de resistencia silenciosa. Miles de personas acudieron a Peredélkino, la colonia de escritores donde vivía, y recitaron sus poemas en voz alta. El régimen que había intentado borrarlo descubrió que no se puede borrar a un poeta cuando sus versos ya viven en la memoria de la gente.
¿Y «Doctor Zhivago»? La novela sobrevivió a todo. A la censura, a la propaganda, a la película de David Lean con Omar Sharif —que es preciosa pero simplifica brutalmente el libro—, a los análisis académicos que la diseccionan como a una rana en clase de biología. Hoy se lee como lo que siempre fue: un canto desesperado a la libertad individual en un mundo que exige uniformidad. Zhivago no es un héroe en el sentido convencional; no derriba regímenes ni lidera revoluciones. Simplemente intenta vivir con honestidad, escribir poesía y amar a quien ama. Y eso, en cualquier época y bajo cualquier régimen, resulta ser el acto más subversivo de todos.
La influencia de Pasternak va más allá de la literatura rusa. Su forma de mezclar lo lírico con lo narrativo, lo íntimo con lo histórico, abrió caminos que luego transitaron escritores tan diversos como García Márquez y Milan Kundera. Bob Dylan, al recibir su propio Nobel en 2016, citó a Pasternak como una de sus influencias. Hay algo profundamente irónico en que un poeta al que obligaron a rechazar el Nobel termine inspirando a otro premio Nobel décadas después.
Hoy, a 136 años de su nacimiento, Pasternak nos sigue haciendo una pregunta incómoda: ¿qué estás dispuesto a sacrificar por decir la verdad? Él sacrificó premios, tranquilidad, salud y probablemente años de vida. No fue un mártir voluntario —detestaba el conflicto, amaba su jardín en Peredélkino, solo quería escribir en paz—. Pero cuando le pusieron delante la disyuntiva entre callar y vivir cómodo o hablar y arder, eligió el fuego. No con grandilocuencia, sino con esa terquedad callada de quien sabe que hay cosas que simplemente no se pueden dejar de decir. Y eso, queridos lectores, vale más que cualquier premio.
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