Artículo 7 feb, 22:05

El islandés que humilló a Hemingway sin despeinarse — y nadie lo recuerda

En 1955, cuando Hemingway recibió su Nobel de Literatura y el mundo entero lo celebraba como el titán definitivo de las letras, un islandés barbudo y medio desconocido ya llevaba un año con el mismo premio en la estantería. Halldór Laxness había ganado el Nobel en 1954, un año antes que el gran Ernest, y lo hizo escribiendo sobre ovejas, pescadores y campesinos obstinados en una isla volcánica perdida en el Atlántico Norte. Hoy, 28 años después de su muerte, casi nadie fuera de Islandia pronuncia su nombre sin tropezarse. Y eso, amigos, es una injusticia literaria de proporciones cósmicas.

Pero vayamos al grano: ¿por qué debería importarte un escritor islandés nacido en 1902 que escribía sobre gente que sobrevive a base de terquedad y bacalao seco? Porque Laxness hizo algo que muy pocos autores han conseguido: convirtió la miseria más absoluta en poesía sin caer jamás en el sentimentalismo barato. Su obra maestra, *Gente independiente* (*Independent People*), es la novela más brutalmente honesta sobre la pobreza que se haya escrito. Y cuando digo brutal, lo digo en serio: su protagonista, Bjartur de Summerhouses, es un pastor de ovejas tan obstinado que prefiere ver morir a su familia antes que pedir ayuda. No es un héroe. No es un villano. Es un ser humano llevado al extremo de su propia estupidez orgullosa. Y te rompe el corazón precisamente porque lo reconoces.

Aquí es donde Laxness se vuelve incómodamente contemporáneo. Vivimos en una era donde el individualismo feroz se vende como virtud suprema. Los gurús del emprendimiento nos dicen que debemos ser "independientes", "autosuficientes", "resilientes". Bjartur de Summerhouses es todo eso. Y es un desastre absoluto. Laxness escribió *Gente independiente* en 1934, pero podría haberlo publicado ayer como una sátira de la cultura del hustle. El granjero islandés que se niega a colaborar con nadie y acaba destruyendo todo lo que ama es, básicamente, el influencer motivacional del siglo XXI llevado a sus últimas consecuencias.

Pero reducir a Laxness a un solo libro sería como reducir a Beethoven a una sola sinfonía. *Luz del mundo* (*World Light*) es otra bestia completamente diferente: la historia de un poeta huérfano y enfermizo que busca la belleza en un mundo que no tiene ningún interés en ofrecérsela. Es una novela sobre el arte como acto de resistencia, sobre la obsesión creativa como forma de supervivencia. Y está escrita con una prosa tan luminosa que a veces tienes que cerrar el libro para recuperarte. Laxness tenía esa capacidad rara de alternar entre la ironía más cortante y la ternura más desarmante, a veces en la misma frase.

Y luego está *El pez sabe cantar* (*The Fish Can Sing*), que es probablemente la novela más divertida que jamás se haya escrito sobre Islandia. Es una sátira deliciosa sobre la fama, la identidad nacional y las mentiras que nos contamos sobre nosotros mismos. El protagonista crece en Reikiavik escuchando leyendas sobre un cantante de ópera islandés supuestamente famoso en toda Europa, un hombre que resulta ser un fraude magnífico. Es Laxness riéndose de su propio país con el cariño feroz de quien sabe que burlarse de lo que amas es la forma más honesta de amarlo.

Lo que hace único a Laxness en el panorama literario mundial es algo que los críticos suelen pasar por alto: el tipo era increíblemente gracioso. No gracioso al estilo de un comediante que busca la carcajada, sino gracioso como lo es la vida cuando la miras con suficiente distancia. Sus personajes son ridículos y dignos al mismo tiempo. Sus situaciones son absurdas y terriblemente reales. En un mundo literario donde "serio" suele significar "aburrido", Laxness demostró que se puede escribir sobre el sufrimiento humano sin perder el sentido del humor. Algo que, dicho sea de paso, Dostoievski también sabía hacer, aunque nadie se lo reconozca.

Hay otro detalle biográfico que merece mencionarse: Laxness fue comunista, católico, taoísta y nacionalista islandés, no necesariamente en ese orden y a veces todo al mismo tiempo. Su vida fue un viaje ideológico tan caótico que haría palidecer a cualquier político moderno. Se convirtió al catolicismo en un monasterio luxemburgués, abrazó el comunismo después de visitar la Unión Soviética, y acabó siendo el mayor defensor de la cultura islandesa tradicional. Esta contradicción permanente no era un defecto: era su combustible creativo. Laxness escribía desde la incomodidad, desde la duda, desde la sospecha perpetua de que cualquier verdad absoluta es una estafa.

En Islandia, Laxness es prácticamente una religión. Su casa en Gljúfrasteinn es un museo nacional. Su rostro apareció en billetes. Los islandeses lo leen en la escuela con la misma reverencia con la que los españoles leen a Cervantes o los colombianos a García Márquez. Pero fuera de esa isla de trescientos mil habitantes, su nombre se desvanece entre los Nobel olvidados. Y esto dice más sobre nosotros como lectores que sobre él como escritor.

Porque el problema no es que Laxness sea difícil o inaccesible. Sus novelas son tremendamente legibles, llenas de historias que enganchan y personajes que se te quedan pegados en la cabeza durante semanas. El problema es que escribió en islandés, sobre Islandia, en una época donde la literatura "importante" se escribía en inglés, francés o ruso. El canon literario occidental tiene un problema de centralismo geográfico que Laxness expone con su mera existencia: ¿cuántos escritores geniales hemos ignorado simplemente porque nacieron en el lugar equivocado?

Las traducciones recientes al inglés y al español han empezado a corregir esta injusticia. Editoriales independientes han rescatado sus obras del olvido, y una nueva generación de lectores está descubriendo que este islandés muerto escribía con más fuerza y verdad que la mayoría de los novelistas vivos. Las reseñas en redes sociales son casi siempre las mismas: "¿Cómo es posible que no conociera a este escritor?"

Veintiocho años después de su muerte, el legado de Halldór Laxness se resume en una paradoja que a él le habría encantado: es el escritor más importante que la mayoría de la gente no ha leído. Y cada persona que finalmente abre *Gente independiente* experimenta la misma revelación incómoda: que la independencia feroz que tanto valoramos es, con frecuencia, solo otra palabra para la soledad elegida. Laxness nos dejó esa verdad envuelta en prosa magnífica, esperando pacientemente en las estanterías a que dejemos de leer lo que todos leen y empecemos a buscar lo que realmente importa. El viejo islandés tiene todo el tiempo del mundo. Al fin y al cabo, ya lleva veintiocho años esperando.

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