Artículo 7 feb, 08:02

Bertolt Brecht: el dramaturgo que quería que lo odiaras (y lo consiguió)

Hoy se cumplen 128 años del nacimiento de un tipo que revolucionó el teatro haciendo exactamente lo contrario de lo que se supone que debe hacer el teatro: impedir que te emociones. Mientras todos los dramaturgos del mundo se desvivían por arrancarte una lágrima, Bertolt Brecht te daba una bofetada intelectual y te decía: «No llores, piensa». Y lo más perturbador es que funcionó. Tanto que hoy, más de un siglo después, seguimos sin saber si era un genio, un provocador profesional o simplemente un hombre que descubrió que la incomodidad vende mejor que el confort.

Eugen Berthold Friedrich Brecht nació el 10 de febrero de 1898 en Augsburgo, Baviera, en el seno de una familia que no era ni pobre ni rica, lo cual, para un futuro marxista, resulta deliciosamente irónico. Su padre dirigía una fábrica de papel. Sí, el hombre que escribiría las obras más anticapitalistas del siglo XX creció entre los beneficios de la industria alemana. Pero no nos adelantemos: antes de convertirse en el azote de la burguesía, el joven Brecht era un estudiante mediocre al que casi expulsan del instituto por escribir un ensayo pacifista durante la Primera Guerra Mundial. A los diecisiete años ya tenía claro que las guerras eran una estupidez y que alguien tenía que decirlo en voz alta. Ese alguien, por supuesto, sería él.

Su primera obra importante, «Baal» (1918), ya mostraba lo que vendría: un protagonista hedonista, amoral y absolutamente fascinante que se dedicaba a destruir todo lo que tocaba. La crítica no sabía qué hacer con aquello. ¿Era arte? ¿Era provocación? ¿Era un joven gritando para que le prestaran atención? Probablemente las tres cosas. Pero lo que nadie podía negar era que Brecht tenía algo que escaseaba en el teatro alemán de la época: una voz propia que sonaba como un puñetazo en la mesa.

Y entonces llegó 1928 y con ella «La ópera de los tres centavos» (Die Dreigroschenoper), compuesta con el genial Kurt Weill. Aquí es donde Brecht hizo algo que debería estudiarse en todas las escuelas de marketing: creó un musical sobre criminales, prostitutas y corruptos que se convirtió en el mayor éxito teatral de la República de Weimar. La burguesía berlinesa pagaba fortunas por ver cómo se burlaban de ella en su cara. Y aplaudía. Imagina la escena: señores con monóculo y señoras con pieles riendo a carcajadas mientras Mackie Navaja les explicaba, cantando, que robar un banco es menos criminal que fundar uno. Brecht debió disfrutar cada segundo de aquella paradoja.

Pero la fiesta duró poco. En 1933, cuando Hitler llegó al poder, Brecht hizo lo más sensato que podía hacer un dramaturgo marxista, ateo y provocador en la Alemania nazi: salir corriendo. Y corrió lejos. Dinamarca, Suecia, Finlandia, y finalmente Estados Unidos, donde vivió en Hollywood intentando escribir guiones para una industria cinematográfica que no entendía absolutamente nada de lo que él quería hacer. La imagen de Brecht en Los Ángeles, rodeado de palmeras y estudios de cine, intentando explicarle a un productor de la MGM el concepto de distanciamiento épico, es una de las comedias no escritas más brillantes de la historia.

Fue precisamente en el exilio donde escribió sus obras maestras. «Madre Coraje y sus hijos» (1939) es quizá la obra antibélica más despiadada jamás escrita. No porque muestre los horrores de la guerra — eso ya lo habían hecho otros — sino porque muestra a una mujer que vive de la guerra, que sabe que la guerra le destruirá la vida, y que aun así no puede dejar de seguirla como un perro sigue a su dueño. Cuando al final de la obra, después de haber perdido a sus tres hijos, Madre Coraje engancha su carro y sigue a los soldados, el público no llora. Se queda helado. Y eso era exactamente lo que Brecht quería.

«La vida de Galileo» (1938-1943) fue otra vuelta de tuerca magistral. Brecht tomó al padre de la ciencia moderna y lo convirtió en un cobarde. Un genio, sí, pero un cobarde que se retractó ante la Inquisición para salvar el pellejo. La obra te obliga a preguntarte algo incómodo: ¿habrías hecho tú algo diferente? ¿De verdad habrías elegido la hoguera antes que la mentira? Y cuando empiezas a justificar a Galileo, Brecht te atrapa: acabas de justificar la cobardía intelectual, y eso es exactamente lo que permite que los poderosos sigan mandando. Jaque mate.

Su técnica del «efecto de distanciamiento» (Verfremdungseffekt) era, en esencia, romper la cuarta pared antes de que fuera cool. Carteles que anunciaban lo que iba a pasar, actores que se dirigían al público, canciones que interrumpían la acción. Todo diseñado para que nunca olvidaras que estabas viendo una obra de teatro, no la realidad. ¿Por qué? Porque Brecht creía que si te emocionabas demasiado, dejabas de pensar. Y un espectador que no piensa es un ciudadano que no actúa. En una época de fascismos y propaganda, esa idea no era solo artística: era política, urgente y peligrosamente necesaria.

Claro, Brecht no era ningún santo. Su vida personal era un desastre calculado. Mantuvo relaciones simultáneas con varias mujeres, muchas de las cuales colaboraron en sus obras sin recibir crédito alguno. Elisabeth Hauptmann, Margarete Steffin y Ruth Berlau fueron coautoras invisibles de textos que se firmaban solo con su nombre. Hoy llamaríamos a eso apropiación intelectual. En los años treinta se llamaba «ser Brecht». La contradicción entre su ideología igualitaria y su comportamiento personal es tan grotesca que parece sacada de una de sus propias obras.

Después de la guerra, regresó a Alemania — a la Oriental, claro — donde fundó el Berliner Ensemble con su esposa Helene Weigel. Allí se convirtió en el dramaturgo oficial de un régimen que, irónicamente, censuraba sus obras cuando le resultaban demasiado incómodas. Porque ese era el problema de Brecht: era incómodo para todos. Demasiado marxista para Occidente, demasiado libre para el bloque soviético. Un hombre sin país ideológico, que vivía en la Alemania comunista con pasaporte austriaco y cuenta bancaria en Suiza. Si eso no es teatro del absurdo, no sé qué lo es.

Murió el 14 de agosto de 1956, a los 58 años, de un infarto. Dicen que sus últimas palabras fueron: «Dejadme en paz». Lo cual, viniendo de un hombre que dedicó su vida a no dejar en paz a nadie, tiene una simetría poética casi insoportable.

Su influencia es incalculable y está donde menos te la esperas. Cada vez que un personaje de una película mira a cámara, eso es Brecht. Cada vez que un musical se interrumpe para hacer un comentario social, eso es Brecht. Cada vez que un artista te incomoda a propósito para hacerte pensar, eso es Brecht. Desde el cine de Godard hasta las series de televisión que rompen la cuarta pared, desde el teatro político latinoamericano hasta los monólogos de stand-up comedy que mezclan humor y crítica social, la sombra del tipo de Augsburgo es alargada.

Ciento veintiocho años después de su nacimiento, Bertolt Brecht sigue siendo el dramaturgo que te niega el placer de la catarsis fácil. El que te obliga a salir del teatro pensando en vez de llorando. El que te recuerda que el arte no está para consolarte, sino para despertarte. Y en un mundo donde nos pasamos el día buscando contenido que nos adormezca, quizá necesitamos a Brecht más que nunca. Aunque, conociéndolo, él diría que necesitar a un dramaturgo muerto es precisamente el tipo de sentimentalismo inútil que intentó destruir toda su vida.

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