Комментариев пока нет
Los protagonistas de novelas iniciaron terapia de grupo. El héroe de una novela de aventuras se quejó: "Mi autor me lanza a un precipicio cada tres capítulos." El protagonista de una novela romántica suspiró: "Al menos tú tienes acción. Yo llevo doscientas páginas mirando llover y pensando en ella." Entonces habló el protagonista de una novela experimental: "Ustedes no entienden el sufrimiento. Mi autor eliminó los signos de puntuación y ahora no sé cuándo termino de hablar." El terapeuta, que era el narrador de una metaficción, tomó notas y murmuró: "Interesante... pero ¿realmente existen ustedes o los estoy imaginando yo?"
Gustave Flaubert abrió un consultorio sentimental por correspondencia. Su primera carta decía: "Querido maestro, mi novio me ignora. ¿Qué hago?" Flaubert pasó tres semanas buscando la palabra perfecta para "ignora", reescribió la respuesta cuarenta y siete veces, y cuando finalmente envió su consejo —una sola oración impecable— la consultante ya se había casado, divorciado y vuelto a casar. "El problema del amor moderno", suspiró Flaubert, "es que nadie tiene paciencia para el adjetivo correcto."
León Tolstói llamó al servicio de atención al cliente de una plataforma de streaming. "Buenos días, quisiera quejarme. Han adaptado mi obra a una miniserie de seis episodios". El operador respondió: "¿Y cuál es el problema, señor?" Tolstói suspiró: "Que en mi novela original, la descripción del mantel de una sola cena dura más que toda su temporada. ¿Dónde quedó el arte de tomarse su tiempo?" El operador consultó su sistema: "Señor, según nuestros datos, el público moderno tiene una capacidad de atención de ocho segundos". Tolstói colgó indignado y comenzó a escribir una carta de queja. Tres meses después, iba por la página cuatrocientos del primer párrafo.
Los epígrafes de las novelas organizaron su primera conferencia internacional. El epígrafe de una novela filosófica abrió la sesión: "Llevamos siglos trabajando gratis. Nos ponen al principio, nadie nos entiende, y luego el lector pasa la página como si fuéramos publicidad". Un epígrafe en latín respondió: "Al menos a ti te leen. Yo llevo trescientos años sin que nadie me traduzca". El epígrafe de una novela de autoayuda intervino: "Compañeros, debemos ser positivos. Somos la primera impresión del libro". Todos guardaron silencio hasta que el epígrafe de una novela experimental confesó: "Yo ni siquiera sé a qué libro pertenezco".
Julio Cortázar recibió una notificación preocupante: los verbos de sus cuentos habían declarado una huelga indefinida. '¡Exigimos que nos conjuguen en orden cronológico!', protestaba el verbo 'saltar'. 'Estamos hartos de aparecer antes de que ocurran las cosas', añadió 'morir'. Cortázar los miró con paciencia y respondió: 'Queridos verbos, en mis historias el tiempo es como un jazz: la melodía importa más que el compás'. Los verbos, confundidos, volvieron al trabajo. Nunca entendieron si eso era un sí, un no, o simplemente Cortázar siendo Cortázar.
Los capítulos de una novela se reunieron para discutir sus problemas de autoestima. El capítulo uno se quejaba: 'A mí me abandonan constantemente, la gente nunca pasa de la página veinte'. El capítulo final suspiró: 'Al menos te empiezan. A mí muchos ni me conocen'. Pero el capítulo del medio intervino con voz cansada: 'Ustedes no saben lo que es ser ignorado. Yo soy el sándwich literario: todos recuerdan el pan, nadie el jamón'. Los prólogos, que escuchaban desde afuera, comentaron entre ellos: 'Novatos. A nosotros directamente nos saltan'.