Статья 13 февр. 13:27

Harper Lee escribió un solo libro y derrotó a toda la literatura estadounidense

Harper Lee escribió un solo libro y derrotó a toda la literatura estadounidense

Hay algo profundamente irritante en Harper Lee. Una mujer que publicó una sola novela, se encerró en el silencio durante más de medio siglo, y aun así logró que generaciones enteras de abogados, profesores y lectores comunes le debieran su despertar moral a un libro escrito en 1960. Hoy, a diez años de su muerte, el mundo literario sigue sin resolver el enigma más incómodo de las letras norteamericanas: ¿cómo diablos una novela sobre un pueblo ficticio de Alabama se convirtió en la brújula ética de todo un país?

Pongamos las cosas en perspectiva. Philip Roth escribió más de treinta novelas. Saul Bellow ganó el Nobel. Don DeLillo reinventó la narrativa posmoderna. Y sin embargo, si le preguntas a cualquier estadounidense cuál es el libro que más le cambió la vida, hay una probabilidad absurdamente alta de que diga «To Kill a Mockingbird». Un libro. Uno solo. Es como si alguien ganara la Champions League con un equipo de barrio y después se retirara a criar gallinas.

Pero vamos al grano: ¿por qué Matar a un ruiseñor sigue golpeando tan fuerte? La respuesta fácil es Atticus Finch, ese abogado sureño que defiende a un hombre negro acusado injustamente en la Alabama de los años treinta. La respuesta honesta es mucho más incómoda. El libro funciona porque nos hace sentir buenos. Nos permite identificarnos con Atticus, con su rectitud tranquila, con su coraje civil, sin exigirnos demasiado. Es un espejo generoso: te muestra la versión de ti mismo que quisieras ser, no la que eres cuando cruzas de acera al ver a un desconocido a las tres de la mañana.

Y aquí es donde la historia se pone realmente jugosa. En 2015, un año antes de la muerte de Lee, se publicó «Go Set a Watchman», presentado como una secuela pero que en realidad era un borrador anterior de la misma historia. En ese manuscrito, Atticus Finch — el santo patrón de la justicia racial americana — aparecía asistiendo a reuniones del Ku Klux Klan y soltando comentarios supremacistas. El escándalo fue nuclear. La gente reaccionó como si les hubieran dicho que Papá Noel tenía antecedentes penales.

Pero pensémoslo un segundo. ¿No es más realista un Atticus complejo, contradictorio, capaz de defender a un hombre negro en un tribunal y al mismo tiempo cargar prejuicios de su época? Harper Lee, consciente o no, había escrito algo más verdadero que su propia novela canónica. El problema es que nadie quería esa verdad. Queríamos al héroe impoluto, al padre perfecto, al abogado que nos hacía sentir que el racismo era un problema de los otros, de los Ewell, de la gentuza sureña, nunca nuestro.

Lo fascinante del legado de Lee es que funciona en dos niveles que se contradicen mutuamente. Por un lado, «Matar a un ruiseñor» sigue siendo el libro más asignado en las escuelas secundarias de Estados Unidos. Se estima que más de cuarenta millones de copias se han vendido en todo el mundo. Cada año, miles de estudiantes de derecho citan a Atticus Finch como la razón por la que eligieron su carrera. El Colegio de Abogados de Estados Unidos llegó a nombrarlo el héroe legal más grande del siglo XX. Un personaje ficticio. Ganándole a abogados reales. Eso no es literatura: es hechicería.

Por otro lado, el libro ha sido prohibido, cuestionado y retirado de bibliotecas escolares decenas de veces. Las razones van desde el uso de la palabra «nigger» hasta acusaciones de que la novela presenta una visión paternalista de las relaciones raciales, donde los negros son víctimas pasivas salvadas por la bondad de un hombre blanco. Y tienen razón, al menos parcialmente. Tom Robinson, el acusado, apenas tiene voz propia en la novela. Su destino depende enteramente de Atticus. Es la narrativa del «salvador blanco» en su forma más elegante y, por eso mismo, más peligrosa.

Pero aquí viene la paradoja que hace que Lee sea imprescindible incluso hoy, quizá especialmente hoy. En una época donde el discurso sobre la justicia racial se ha sofisticado enormemente, donde tenemos a Ta-Nehisi Coates, Ibram X. Kendi y todo un arsenal intelectual antirracista, «Matar a un ruiseñor» sigue siendo la puerta de entrada. Es el libro que te agarra a los catorce años y te dice: «Oye, esto del racismo está mal». No es el libro que te da la respuesta completa. Es el libro que te hace la pregunta por primera vez. Y eso, queridos amigos, tiene un valor que ningún ensayo académico puede reemplazar.

Hablemos también del silencio de Harper Lee, que es casi tan elocuente como su novela. Después de 1960, simplemente dejó de hablar. No dio entrevistas. No escribió columnas de opinión. No apareció en programas de televisión explicando qué quiso decir. En un mundo donde cada escritor tiene newsletter, podcast, cuenta de Instagram y opinión sobre absolutamente todo, Lee eligió callarse. Hay quien dice que fue por inseguridad, que temía no poder superar su propia obra. Hay quien dice que fue sabiduría pura: entendió que el libro ya no le pertenecía, que pertenecía a sus lectores, y que cualquier cosa que dijera solo podía empequeñecerlo.

Me inclino por la segunda interpretación, aunque con un matiz. Creo que Lee entendió algo que muy pocos artistas comprenden: que a veces la obra más valiente no es la siguiente, sino el silencio que la protege. En un mercado editorial que te exige producir un libro al año para mantenerte «relevante», ella demostró que la relevancia verdadera no se mide en cantidad sino en profundidad de impacto.

A diez años de su muerte, ocurrida el 19 de febrero de 2016 en su Monroeville natal — el mismo pueblo que inspiró el ficticio Maycomb —, Harper Lee nos deja una lección que va más allá de la literatura. Nos recuerda que combatir la injusticia empieza por verla, y que a veces hace falta una niña de seis años llamada Scout para que los adultos abramos los ojos. Nos recuerda también que los héroes literarios no necesitan ser perfectos para ser transformadores, y que un solo libro, bien escrito, con la verdad justa y la compasión necesaria, puede pesar más que bibliotecas enteras.

Y si todo eso te parece excesivo para una novelita de Alabama, recuerda esto: cuando el presidente Obama entregó la Medalla Presidencial de la Libertad a Lee en 2007, ella apenas murmuró un agradecimiento y volvió a desaparecer. Porque Harper Lee ya había dicho todo lo que tenía que decir. Y resulta que era suficiente.

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"Писать — значит думать. Хорошо писать — значит ясно думать." — Айзек Азимов