Arthur Miller murió hace 21 años y sus personajes siguen más vivos que tú y que yo
Arthur Miller murió hace 21 años y sus personajes siguen más vivos que tú y que yo
El 10 de febrero de 2005, Arthur Miller se fue de este mundo a los 89 años. Lo enterraron en Roxbury, Connecticut, en una ceremonia íntima, sin grandes aspavientos. Y sin embargo, aquí estamos, veintiún años después, hablando de él como si nos debiera dinero. Porque, de algún modo, nos lo debe. Nos debe la explicación de por qué seguimos siendo Willy Loman vendiendo humo en LinkedIn, por qué seguimos quemando brujas en Twitter y por qué seguimos mintiendo sobre las armas que fabricamos mientras rezamos por la paz.
Hay escritores que envejecen mal. Sus obras se vuelven curiosidades de museo, piezas de época que lees con la distancia condescendiente de quien mira fotos en blanco y negro. Arthur Miller no es uno de esos escritores. Arthur Miller es de los que te agarran del cuello en 2026 y te dicen: «Mira, idiota, te estoy hablando a ti.»
Empecemos por «La muerte de un viajante», estrenada en 1949. Willy Loman es un vendedor mediocre que ha construido toda su identidad sobre la promesa del sueño americano: trabaja duro, sé simpático, proyecta éxito, y la vida te recompensará. Spoiler: la vida no le recompensa. Willy termina destrozado, engañándose a sí mismo hasta el último segundo, incapaz de admitir que el sistema que adoró nunca lo amó de vuelta. Ahora díganme que no conocen a un Willy Loman. Díganme que no han visto a ese compañero de trabajo que lleva veinte años persiguiendo un ascenso que jamás llegará, publicando citas motivacionales en redes mientras por dentro se desmorona. Willy Loman no es un personaje de los años cuarenta. Willy Loman es el algoritmo de Instagram hecho carne: finge hasta que lo consigas, o hasta que te destruya.
Miller escribió esa obra con apenas treinta y tres años, en seis semanas, encerrado en una cabaña que él mismo construyó en Connecticut. Seis semanas. Hay gente que tarda más en decidir qué serie ver en streaming. Y lo que salió de esa cabaña le valió el Premio Pulitzer, el Tony y, más importante aún, un espejo que la sociedad norteamericana no ha podido romper en setenta y siete años.
Pero si «La muerte de un viajante» es un uppercut al mentón, «Las brujas de Salem» es un gancho directo al hígado de cualquier sociedad que se crea civilizada. Miller la escribió en 1953, en plena caza de brujas del macartismo. El senador Joseph McCarthy tenía a medio Hollywood declarando ante el Comité de Actividades Antiamericanas, señalando con el dedo a colegas, amigos, amantes, cualquiera con tal de salvar el pellejo. Miller miró todo aquello y pensó: «Esto ya lo hemos visto antes.» Y se fue al Salem de 1692, donde bastaba una acusación sin pruebas para mandarte a la horca.
La genialidad de «The Crucible» no está solo en la alegoría política, que es brillante. Está en que funciona en cualquier época porque el mecanismo es siempre el mismo: el miedo colectivo más la histeria más el poder de la acusación pública es igual a destrucción. ¿Les suena? Cambien «bruja» por «comunista» en los cincuenta, por «terrorista» en los dos mil, por cualquier etiqueta viral que hoy baste para cancelar una vida entera sin juicio ni apelación. Miller no escribió sobre Salem. Escribió sobre nosotros. Sobre nuestra cobardía disfrazada de justicia.
Y luego está «Todos eran mis hijos», de 1947, la obra que lo puso en el mapa antes de Willy Loman. Joe Keller, un fabricante que durante la Segunda Guerra Mundial vendió piezas defectuosas para aviones militares, sabiendo que podían causar la muerte de pilotos. Cuando el escándalo estalla, Keller se defiende: lo hizo por su familia, por el negocio, por sobrevivir. ¿Les recuerda a algo? Boeing, Volkswagen con el dieselgate, las farmacéuticas con la crisis de opioides. Joe Keller es el CEO que prioriza las ganancias trimestrales sobre las vidas humanas y después sale en televisión diciendo que «los valores de la empresa son lo primero». Miller escribió eso hace casi ochenta años, y si lo estrenaras mañana en Broadway sin firma, la mitad del público pensaría que está basada en un escándalo corporativo de la semana pasada.
Lo que más me fascina de Miller es que nunca fue un intelectual de torre de marfil. Era hijo de un fabricante de abrigos que lo perdió todo en el crack del 29. Creció viendo cómo el capitalismo podía crear y destruir a una familia en un parpadeo. Trabajó en un almacén de repuestos de automóviles para pagarse la universidad. Y cuando el macartismo vino a buscarlo a él personalmente —lo citaron ante el Comité en 1956—, se negó a delatar a nadie. Le cayó una condena por desacato al Congreso. La condena fue revertida después, pero el gesto quedó: Miller no solo escribía sobre la integridad; la practicaba cuando costaba algo.
También se casó con Marilyn Monroe, lo cual le da puntos en cualquier biografía, pero ese es otro artículo. Lo que importa aquí es que Miller convirtió el teatro en un instrumento de disección social con la precisión de un bisturí y la fuerza de un martillo. No quería que salieras del teatro pensando «qué bonito». Quería que salieras incómodo, enfadado, cuestionándote.
Veintiún años después de su muerte, sus obras se siguen representando en todo el mundo. «Death of a Salesman» se repuso en Broadway en 2022 con Wendell Pierce y las entradas se agotaron. «The Crucible» se monta cada vez que algún país necesita mirarse al espejo y no le gusta lo que ve, es decir, constantemente. Y «All My Sons» resucita cada vez que una corporación es pillada sacrificando personas por beneficios, o sea, también constantemente.
El verdadero legado de Arthur Miller no está en los premios ni en las estatuas. Está en esa sensación incómoda que te queda después de leerlo, esa voz que te susurra: «¿Y tú? ¿Tú también estás vendiendo humo como Willy? ¿Tú también señalas brujas para salvarte? ¿Tú también miras hacia otro lado cuando las piezas defectuosas salen de la fábrica?» Miller no escribió teatro. Escribió preguntas que todavía no hemos tenido el valor de responder. Y mientras sigamos esquivándolas, sus personajes seguirán ahí, más vivos que nosotros, esperando pacientemente a que los alcancemos.
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