Pushkin lleva 189 años muerto y sigue siendo más moderno que tu escritor favorito
Alejandro Pushkin murió un 10 de febrero de 1837 por culpa de un duelo absurdo, una esposa demasiado guapa y un francés con buena puntería. Tenía 37 años. La misma edad a la que muchos de nosotros apenas hemos terminado de pagar el máster. Y sin embargo, ese hombre dejó una obra que, casi dos siglos después, sigue siendo más fresca, más mordaz y más brutalmente honesta que el noventa por ciento de lo que se publica hoy. Si crees que exagero, quédate. Vamos a hablar de por qué un poeta ruso del siglo XIX te entiende mejor que tu terapeuta.
Hoy se cumplen 189 años de aquella muerte estúpida. Pushkin retó a duelo a Georges d'Anthès, un militar francés que coqueteaba descaradamente con su esposa, Natalia Goncharova. La bala le perforó el abdomen y murió dos días después, entre fiebres y agonía. Lo irónico —y Pushkin habría apreciado la ironía, porque era un maestro de ella— es que el hombre que revolucionó la literatura rusa murió por el mismo tipo de honor trasnochado que sus personajes cuestionaban en cada página.
Pero hablemos de lo que importa: la obra. Porque Pushkin no es un nombre que debas memorizar para aprobar un examen de literatura comparada. Es un tipo que, si viviera hoy, tendría un podcast con millones de seguidores y un hilo viral en redes cada semana.
Empecemos por «Eugenio Oneguin», esa novela en verso que los académicos llaman «enciclopedia de la vida rusa» y que yo prefiero llamar el primer gran retrato del tipo insoportable que todos conocemos. Oneguin es ese amigo que lo tiene todo —dinero, educación, encanto— y que aun así se dedica a arruinar la vida de quienes lo rodean por puro aburrimiento existencial. Rechaza a Tatiana, la mujer que lo ama con una sinceridad devastadora, porque está demasiado ocupado siendo cínico. Mata a su mejor amigo Lenski en un duelo que podría haber evitado. Y cuando, años después, se da cuenta de que Tatiana era lo mejor que le había pasado, ya es tarde. Ella se ha convertido en una mujer fuerte, dueña de sí misma, y le suelta una de las frases más demoledoras de la historia de la literatura: «Lo amo, ¿para qué negarlo?, pero me he entregado a otro y le seré fiel toda la vida». Eso no es un final feliz. Eso es la vida dándote exactamente lo que mereces.
¿Te suena? Claro que te suena. Oneguin es el prototipo de todo protagonista torturado que hemos visto después: desde Pechorin hasta los personajes de las series que devoras en el sofá un domingo. Pushkin inventó al «hombre superfluo» antes de que existiera el término. Le puso nombre al vacío existencial de una generación entera, y lo hizo con una elegancia que todavía provoca envidia.
Ahora vamos con «La hija del capitán». Si Oneguin es la disección del hastío burgués, esta novela corta es Pushkin demostrando que también sabía contar una historia de aventuras como nadie. Ambientada durante la rebelión de Pugachov —un cosaco que se hizo pasar por zar y puso patas arriba el imperio—, la novela sigue a Piotr Griniov, un joven oficial que se enamora de Masha, la hija de un capitán de una fortaleza perdida en la estepa. Hay asedios, traiciones, clemencia inesperada del villano y un final que te reconcilia con la humanidad. Pero lo verdaderamente genial es cómo Pushkin convierte un relato histórico en algo íntimo: no le importa la gran Historia con mayúscula, le importan las decisiones morales de una persona corriente atrapada en el caos.
Y luego está «La dama de picas», que es, sencillamente, el cuento perfecto. Hermann, un ingeniero militar obsesionado con el juego, descubre que una anciana condesa posee el secreto de tres cartas ganadoras. Lo que sigue es una espiral de codicia, manipulación y locura que Chaikovski convirtió en ópera y que Dostoievski amplificó en «El jugador». Pero Pushkin lo hizo primero y lo hizo en apenas treinta páginas. Treinta páginas que contienen más tensión psicológica que muchas novelas de quinientas. Hermann no es malvado; es un hombre racional que cree poder domar al azar con la lógica. Y el azar, como siempre, se ríe el último. Si eso no es una metáfora de la condición humana, no sé qué lo es.
Lo que me fascina de Pushkin —y aquí viene la opinión que quizá te moleste— es que demostró que la grandeza literaria no necesita sufrimiento interminable ni extensiones bíblicas. Mientras Tolstói necesitaba mil doscientas páginas para contar «Guerra y paz» y Dostoievski convertía cada novela en un descenso a los infiernos de seiscientas páginas, Pushkin decía lo mismo —o más— con una economía verbal que hoy llamaríamos minimalismo. Cada palabra en su sitio. Cada verso con la precisión de un relojero suizo. No sobra nada. Es el escritor que todo escritor debería leer antes de añadir un párrafo más a su manuscrito hinchado.
Pero su influencia va mucho más allá de la técnica. Pushkin hizo algo que pocos escritores logran: creó el lenguaje literario de una nación entera. Antes de él, la literatura rusa culta se escribía en francés o en un ruso arcaico y acartonado. Él tomó el idioma de la calle, lo mezcló con la elegancia de la poesía europea y forjó algo nuevo. Sin Pushkin, no hay Gógol. Sin Gógol, no hay Dostoievski. Sin Dostoievski, no hay Tolstói tal como lo conocemos. Toda la literatura rusa —esa tradición monstruosamente rica— tiene a Pushkin como piedra fundacional.
Y aquí está lo realmente provocador: Pushkin sigue siendo relevante no porque sea un clásico intocable, sino porque fue un rebelde. Lo exiliaron dos veces por sus poemas políticos. Se burlaba del poder con una sonrisa que el zar no sabía si castigar o aplaudir. Escribía sobre el amor con una honestidad que escandalizaba a la buena sociedad petersburguesa. Era, en el sentido más profundo de la palabra, un inconformista. Y los inconformistas, a diferencia de los que siguen las modas, no caducan.
Hoy, 189 años después de aquel disparo en el río Chórnaya, Pushkin sigue haciendo lo que siempre hizo: obligarnos a mirarnos al espejo. Oneguin sigue siendo ese amigo que desperdicia su talento. Tatiana sigue siendo la dignidad que aspiramos a tener. Hermann sigue apostando contra probabilidades imposibles. Y Masha Mirónova sigue recordándonos que la verdadera valentía no lleva uniforme ni empuña espada. Sus personajes no envejecen porque las debilidades humanas que retratan —la vanidad, la cobardía, la codicia, el amor mal gestionado— son eternas.
Así que la próxima vez que alguien te diga que los clásicos rusos son densos, aburridos o irrelevantes, recomiéndale «La dama de picas». Son treinta páginas. Si después de leerlas no siente un escalofrío, el problema no es Pushkin. El problema es que ha dejado de prestar atención a las historias que de verdad importan.
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