Artículo 14 feb, 13:23

Hemingway nunca dijo «escribe borracho»: la mentira más rentable de la literatura

Hemingway nunca dijo «escribe borracho»: la mentira más rentable de la literatura

Hay una frase que circula por internet como un virus literario: «Escribe borracho, edita sobrio». Se la atribuyen a Hemingway con la misma soltura con la que le atribuyen aventuras que jamás tuvo. Y aquí viene lo incómodo: Hemingway nunca la dijo. Ni borracho ni sobrio. Pero millones de aspirantes a escritor la han usado como excusa para abrir una botella antes de sentarse frente al teclado. ¿Qué hay detrás de este mito? ¿Realmente el alcohol desbloquea la creatividad, o simplemente nos hace creer que lo que escribimos es genial cuando en realidad es basura?

Empecemos por la fuente. La frase aparece por primera vez atribuida a Hemingway en una novela de Peter De Vries de 1964, «Reuben, Reuben». Un personaje ficticio la pronuncia. Ficticio. No Ernest sentado en un bar de La Habana con un daiquirí en la mano. De hecho, el propio Hemingway era bastante claro al respecto de su método: escribía por las mañanas, temprano, sobrio como un juez puritano. «Nunca he escrito borracho», le dijo a su editor. Bebía después, cuando el trabajo estaba hecho. El alcohol era el premio, no la herramienta.

Pero claro, la verdad no vende camisetas. Y el mito del escritor alcohólico es demasiado romántico para dejarlo morir. Faulkner, Fitzgerald, Poe, Bukowski, Dorothy Parker, Malcolm Lowry... la lista de escritores que mantuvieron una relación tormentosa con la botella es tan larga que podría llenar una enciclopedia. Y aquí es donde la gente confunde correlación con causalidad. Estos autores no escribieron obras maestras gracias al alcohol. Escribieron obras maestras a pesar de él.

Tomemos a Faulkner, por ejemplo. Sí, bebía como si el bourbon fuera agua. Pero sus mejores novelas — «El sonido y la furia», «Mientras agonizo» — las escribió en periodos de relativa sobriedad, trabajando con una disciplina feroz. Cuando estaba en plena borrachera, no escribía. Estaba tirado en el suelo. Punto. Su esposa Estelle encontraba manuscritos abandonados a medio terminar junto a botellas vacías, no páginas brillantes nacidas del whisky.

Y luego está Fitzgerald, el caso más triste de todos. «El gran Gatsby» la escribió en la Riviera francesa, sí, pero trabajando metódicamente cada mañana mientras Zelda dormía. Su alcoholismo vino después, y con él vino el bloqueo creativo, no la inspiración. «Suave es la noche» le tomó nueve años de escritura fragmentada entre borracheras y clínicas. Fitzgerald sabía perfectamente que el alcohol lo estaba destruyendo como escritor. «Primero tomas un trago, luego el trago toma un trago, luego el trago te toma a ti», escribió. No suena precisamente a un método creativo recomendable.

Ahora bien, seamos honestos: algo hay. No voy a mentirte como un gurú de autoayuda. El alcohol, en dosis moderadas, reduce la actividad del córtex prefrontal. Esa es la parte del cerebro que se encarga de la autocensura, el juicio, el «esto es una estupidez, bórralo». Y cualquier escritor sabe que ese crítico interno es el peor enemigo de un primer borrador. Un estudio de la Universidad de Illinois en 2012 demostró que personas ligeramente ebrias resolvían problemas creativos un 30% más rápido que las sobrias. Ligeramente ebrias. No arrastrándose por el suelo recitando a Baudelaire.

El problema es que nadie se queda en «ligeramente». Esa es la trampa. Un vaso de vino afloja la pluma, dos vasos la sueltan, tres vasos la tiran al suelo y tú con ella. Lo que empieza como desinhibición creativa termina en frases incomprensibles que a las tres de la mañana te parecen Shakespeare y a las nueve de la mañana parecen los garabatos de un niño con fiebre. He visto textos escritos «bajo inspiración etílica». Créeme: no son lo que sus autores creen que son.

Bukowski, el santo patrón de los borrachos literarios, es quizás el caso más malinterpretado de todos. Sí, escribía sobre beber. Sí, bebía mientras escribía. Pero Bukowski también trabajaba como un animal. Producía cantidades industriales de texto, y luego editaba con una precisión quirúrgica que no tiene nada de alcohólica. Su editor, John Martin, confesó que Bukowski reescribía sus poemas docenas de veces. El tipo que parecía vomitar versos en una servilleta de bar era, en realidad, un artesano obsesivo. Otra vez: el mito es más bonito que la realidad.

Lo que realmente funciona del consejo «escribe borracho, edita sobrio» no tiene nada que ver con el alcohol. Es una metáfora, aunque nadie quiera verla así. Significa: escribe sin filtro, sin miedo, sin ese perfeccionismo paralizante que te impide poner la primera palabra en la página. Y luego, con la cabeza fría, corta, poda, reorganiza. El primer borrador es para vomitar ideas. El segundo es para limpiar el desastre. Para eso no necesitas vodka. Necesitas disciplina y la capacidad de separar al creador del editor que llevas dentro.

Stephen King, que sabe algo de adicciones — estuvo enganchado al alcohol y la cocaína durante años —, lo explicó mejor que nadie en «Mientras escribo»: no recuerda haber escrito «Cujo». Toda la novela. Un libro entero borrado de su memoria por el alcohol. ¿Es eso un método creativo? ¿Escribir algo que ni siquiera recuerdas haber escrito? King considera sus años de adicción como tiempo perdido, no como un periodo de genialidad desbordante.

La verdad incómoda es esta: el mito del escritor borracho nos seduce porque romantiza el sufrimiento y convierte un problema de salud en una herramienta artística. Es más sexy imaginar a Hemingway tecleando con un mojito que imaginarlo levantándose a las seis de la mañana, sobrio, sentándose frente a su Royal Quiet De Luxe y sudando cada palabra como un obrero de la literatura. Pero eso es exactamente lo que hacía.

Así que la próxima vez que alguien te diga «escribe borracho, edita sobrio», puedes responderle con la verdad: la frase es falsa, el método es un desastre, y los escritores que más bebían son los que más sufrieron por ello. ¿Quieres escribir mejor? Siéntate, abre el documento, y escribe. Sobrio, aburrido, sin épica ninguna. La magia no está en la botella. Nunca estuvo ahí. Está en las horas de trabajo silencioso que nadie ve y que nadie pone en una camiseta.

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