Artículo 14 feb, 18:10

Los adverbios: ¿la plaga silenciosa que está destruyendo tu escritura?

Los adverbios: ¿la plaga silenciosa que está destruyendo tu escritura?

Stephen King lo dijo sin pestañear: «El camino al infierno está pavimentado de adverbios». Hemingway los cazaba como a mosquitos en sus manuscritos. Y Chéjov habría preferido beber vodka barato antes que escribir «dijo tristemente». Pero, ¿de verdad estas pequeñas palabras terminadas en -mente merecen semejante condena? ¿O estamos ante el mayor juicio injusto de la historia literaria?

Antes de que saques la antorcha y vayas a quemar todos los adverbios de tu manuscrito, déjame contarte algo que quizá no sabías: algunos de los mejores escritores de la historia los usaban sin pudor. Y sí, sus libros siguen siendo obras maestras.

Pero empecemos por el crimen en sí. ¿Qué tiene de malo un adverbio? En teoría, nada. Es una categoría gramatical legítima, respetable, con su lugar en el diccionario y todo. El problema aparece cuando se convierte en una muleta. Escribes «corrió rápidamente» en lugar de «se lanzó a toda velocidad». Escribes «gritó furiosamente» cuando podrías haber escrito «su voz retumbó contra las paredes como un trueno». El adverbio, en manos torpes, es el atajo del escritor perezoso. Es el filtro de Instagram de la literatura: tapa las imperfecciones, pero todo el mundo nota que algo huele raro.

Ahora bien, hablemos de los verdugos. Stephen King, en su célebre «Mientras escribo» (2000), declaró una guerra abierta contra los adverbios. Para él, cada «-mente» que aparece en un texto es una confesión del autor: «No supe encontrar la palabra exacta, así que pegué un parche». Y tiene razón. Cuando escribes «cerró la puerta violentamente», estás diciendo dos cosas a medias en lugar de una sola cosa con toda la fuerza del mundo. «Dio un portazo» dice lo mismo con la mitad de palabras y el doble de impacto. Eso es eficiencia narrativa, amigo mío.

Hemingway llevó este principio al extremo. Su famosa teoría del iceberg exigía que cada palabra pesara como una roca. En «El viejo y el mar» (1952), los adverbios son tan escasos que podrías contarlos con los dedos de una mano. Cada verbo carga con todo el peso de la acción. Santiago no lucha «valientemente» contra el pez: simplemente lucha, y la valentía se desprende de lo que hace, no de lo que un adverbio nos dice que siente. Esa es la diferencia entre mostrar y contar, el mandamiento número uno de la escritura moderna.

Pero aquí viene el giro que nadie espera. Abre cualquier novela de J.K. Rowling y encontrarás adverbios por todas partes. Harry Potter «dijo alegremente», Hermione «respondió indignadamente», Dumbledore «habló calmadamente». Los puristas literarios se arrancan los cabellos. Y sin embargo, Rowling ha vendido más de 500 millones de libros. ¿Cómo se explica eso? Fácil: porque la historia importa más que la gramática impecable. Un adverbio torpe no arruina una buena historia; una buena historia puede sobrevivir a cien adverbios mal puestos.

Y si retrocedemos más en el tiempo, la cosa se pone aún más interesante. Dostoievski llenaba sus páginas de adverbios. En «Crimen y castigo» (1866), Raskolnikov hace las cosas «nerviosamente», «febrilmente», «desesperadamente». ¿Le resta calidad? Los críticos literarios llevan 160 años diciendo que no. García Márquez, en «Cien años de soledad» (1967), tampoco se privaba de un buen adverbio cuando le convenía. La prosa barroca del realismo mágico se alimenta de excesos, y el adverbio es uno de sus manjares favoritos.

Entonces, ¿cuál es el veredicto? Aquí va mi opinión, y es tan controvertida como un filete poco hecho en una cena de vegetarianos: el adverbio no es el criminal, tú lo eres. O más bien, lo es el escritor que no sabe cuándo usarlo y cuándo guardarlo en el cajón.

Vamos a lo práctico. Aquí tienes tres reglas que puedes aplicar hoy mismo, antes de que termines ese capítulo que llevas arrastrando:

Primera regla: si el verbo ya dice lo suficiente, el adverbio sobra. «Susurró suavemente» es redundante. ¿Alguna vez has susurrado a gritos? Exacto. Elimina «suavemente» y tu frase respira mejor. «Gritó fuertemente» es otro clásico del crimen: gritar ya implica fuerza. Busca redundancias y mátalas sin piedad.

Segunda regla: si puedes sustituir verbo más adverbio por un solo verbo más preciso, hazlo siempre. «Caminó lentamente» se convierte en «deambuló». «Miró fijamente» se transforma en «escudriñó» o «clavó la mirada». Tu vocabulario es un arsenal: úsalo. Cada verbo preciso que encuentras es una victoria contra la mediocridad.

Tercera regla —y esta es la que los puristas no quieren escuchar—: a veces el adverbio es la mejor opción. Sí, lo he dicho. Cuando el ritmo de la frase lo exige, cuando la alternativa suena forzada o pretenciosa, cuando necesitas ese matiz exacto que solo un adverbio puede dar, úsalo. La escritura no es un examen de gramática: es comunicación. Y si un «absolutamente» puesto en el lugar correcto hace que tu lector sienta un escalofrío, ponlo sin remordimiento.

El verdadero crimen contra la literatura no es usar adverbios. Es usarlos por pereza, por costumbre, por no haberse tomado la molestia de buscar la palabra justa. Es llenar páginas de «realmente», «básicamente», «literalmente» como si fueran puntos y comas. Es escribir «sonrió felizmente» cuando podrías haber descrito cómo se le iluminaron los ojos y se le formaron arrugas alrededor de la boca.

Así que la próxima vez que te sientes a escribir, haz una cosa: termina tu borrador con todos los adverbios que te dé la gana. Deja que fluyan como agua. Y después, en la revisión, pasa el bisturí. Pregúntate por cada uno: ¿estás aquí porque te necesito o porque fui demasiado vago para pensar? Si la respuesta es la segunda, ya sabes lo que toca.

Los adverbios no son un crimen contra la literatura. Son un arma. Y como toda arma, pueden construir imperios o volarte la mano. La diferencia está en quién la empuña.

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