Brecht: el dramaturgo que quería que lo odiaras (y lo logró)
Brecht: el dramaturgo que quería que lo odiaras (y lo logró)
Hace 128 años nació en Augsburgo un tipo flaco, con gafas redondas y un puro eterno entre los labios, que decidió que el teatro era una mentira bonita y que había que destruirlo. No para acabar con él, sino para reconstruirlo desde las cenizas, como quien derriba una casa vieja para levantar algo que de verdad sirva. Ese tipo era Bertolt Brecht, y si hoy el teatro contemporáneo tiene la forma que tiene, es en gran parte culpa suya.
Lo curioso de Brecht es que nadie se queda indiferente ante él. O lo amas con fervor revolucionario o lo consideras un farsante pretencioso. No hay término medio. Y eso, para un hombre que dedicó su vida a combatir la pasividad del espectador, es probablemente el mayor cumplido que se le puede hacer.
Nacido el 10 de febrero de 1898 en la Baviera profunda, Eugen Berthold Friedrich Brecht —sí, con ese nombre tan rimbombante— creció en una familia burguesa acomodada. Su padre era director de una fábrica de papel. Es decir, el gran enemigo del capitalismo fue criado con las comodidades del capitalismo. Si eso no es una contradicción deliciosa, no sé qué lo es. Pero Brecht siempre fue así: un hombre hecho de paradojas. Predicaba el colectivismo mientras firmaba contratos individuales jugosísimos. Denunciaba la propiedad privada mientras acumulaba cuentas bancarias en Suiza. Era, en el fondo, tan humano como cualquiera de nosotros, solo que con más talento para disimularlo.
Su primera gran provocación llegó en 1928 con La ópera de los tres centavos, una obra que básicamente le decía a la burguesía alemana: «Miren, ustedes son exactamente iguales que los criminales, solo que con mejor ropa». La pieza, escrita con música de Kurt Weill, fue un escándalo y un éxito descomunal al mismo tiempo. La canción de Mackie Navaja se convirtió en un hit que la gente tarareaba por las calles de Berlín. Imagínate: una canción sobre un asesino en serie convertida en el reggaetón de los años veinte. Brecht debió reírse mucho con eso.
Pero donde Brecht realmente mostró sus garras fue con Madre Coraje y sus hijos, estrenada en 1941. La historia de Anna Fierling, una comerciante que arrastra su carreta por la Guerra de los Treinta Años perdiendo uno a uno a todos sus hijos mientras intenta sacar beneficio del conflicto, es probablemente la mejor metáfora antibelicista jamás escrita. Y aquí viene lo genial: Brecht no quería que sintieras lástima por Madre Coraje. Quería que te enfadaras con ella. Quería que al salir del teatro pensaras: «Esta mujer es idiota, ¿cómo no aprende?». Y luego, camino a casa, te dieras cuenta de que tú haces exactamente lo mismo cada día.
Ese era su truco, el famoso «efecto de distanciamiento» o Verfremdungseffekt, una palabra que los germanófilos pronuncian con placer casi indecente. La idea era sencilla y revolucionaria a la vez: el teatro tradicional te hipnotiza, te hace llorar, reír, sentir. Brecht decía que eso era peligroso. Que un espectador emocionado es un espectador que no piensa. Así que diseñó todo un arsenal de técnicas para romperte la ilusión: actores que hablan directamente al público, carteles que adelantan lo que va a pasar, canciones que interrumpen la acción. Era como si Netflix te pusiera un aviso cada quince minutos diciendo: «Recuerda, esto es ficción, sal a pensar un rato».
Luego vino La vida de Galileo, una obra que Brecht reescribió obsesivamente durante años, como quien no puede dejar de rascarse una herida. La primera versión, de 1939, presentaba a Galileo como un astuto superviviente que se retractaba ante la Inquisición para poder seguir trabajando en secreto. Pero después de Hiroshima, Brecht cambió el enfoque por completo. De pronto, Galileo ya no era un héroe pragmático sino un cobarde que había traicionado la verdad. La bomba atómica le enseñó a Brecht que un científico que se lava las manos ante las consecuencias de su trabajo no es astuto: es cómplice. Esa reflexión, escrita hace más de setenta años, sigue siendo brutalmente actual.
La vida personal de Brecht es otro capítulo jugoso. Huyó de la Alemania nazi en 1933, vagó por media Europa —Dinamarca, Suecia, Finlandia— hasta acabar en Hollywood, donde escribió guiones que nadie filmaba y donde el Comité de Actividades Antiamericanas lo interrogó por comunista. Su respuesta durante el interrogatorio fue una obra maestra de la evasión: técnicamente no mintió en ningún momento, pero tampoco dijo una sola verdad útil. Los senadores quedaron tan confundidos que lo dejaron ir. Al día siguiente, Brecht tomó un avión a Suiza y de ahí a la Alemania Oriental, donde fundó el Berliner Ensemble, su propia compañía teatral. Pasó de ser perseguido por comunista en América a ser vigilado por no ser suficientemente comunista en la RDA. El hombre no podía ganar.
Y luego estaban las mujeres. O mejor dicho, las colaboradoras. Porque durante décadas se ha debatido cuánto de lo que firmó Brecht fue realmente escrito por él solo. Elisabeth Hauptmann, Margarete Steffin, Ruth Berlau: todas fueron amantes, colaboradoras y, según muchos investigadores, coautoras silenciadas. Hauptmann, por ejemplo, escribió buena parte de La ópera de los tres centavos. Brecht era un genio, sí, pero también era un hombre de su época —y de la peor parte de su época— en lo que respecta al reconocimiento del trabajo femenino.
Su influencia, sin embargo, es innegable y monstruosa. Sin Brecht no existiría el teatro político tal como lo conocemos. Augusto Boal y su Teatro del Oprimido le deben todo. Dario Fo, Premio Nobel, era brechtiano hasta la médula. Cuando ves una serie que rompe la cuarta pared —desde House of Cards hasta Fleabag— estás viendo la sombra larga de aquel alemán con puro. Incluso el cine de Lars von Trier, con su incomodidad deliberada, bebe de esa fuente.
Brecht murió el 14 de agosto de 1956 en Berlín Oriental, a los 58 años. Un infarto. Demasiados puros, probablemente. En su testamento pidió que le clavaran una aguja de acero en el corazón antes de enterrarlo, para asegurarse de que estaba realmente muerto. Hasta en la muerte fue teatral el condenado.
Hoy, 128 años después de su nacimiento, Brecht sigue siendo incómodo. Y eso es exactamente lo que él habría querido. En un mundo donde el entretenimiento nos pide constantemente que nos relajemos, que sintamos, que nos dejemos llevar, la voz de Brecht resuena como una alarma: «No te emociones. Piensa. Y después, actúa». Puede que no sea el consejo más agradable para un viernes por la noche. Pero quizá sea el más necesario.
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