Arthur Miller murió hace 21 años y sigue ganando cada discusión sobre el sueño americano
El 10 de febrero de 2005, Arthur Miller se fue de este mundo con la misma discreción con la que Willy Loman salió por la puerta de su casa por última vez. Sin fanfarrias, sin luces de Broadway encendiéndose en su honor inmediato, sin trending topics —porque en 2005 eso todavía no existía—. Y sin embargo, veintiún años después, este dramaturgo nacido en Harlem sigue siendo el tipo más incómodo de la literatura estadounidense. El que te arruina la cena de Acción de Gracias con una sola pregunta: ¿de verdad crees que trabajar hasta morir te hará libre?
Hay escritores que envejecen como el vino y hay escritores que envejecen como la leche. Miller pertenece a una tercera categoría, bastante más rara: la de los escritores que no envejecen en absoluto. Abres *La muerte de un viajante* en 2026 y no lees una obra de 1949, lees el grupo de WhatsApp de tu familia. Willy Loman podría ser tu padre, tu tío, tu jefe, ese vecino que presume de coche nuevo mientras paga tres créditos. Miller no escribió un personaje: escribió un diagnóstico.
Pensémoslo un momento. En 1949, Estados Unidos era la nación victoriosa de la Segunda Guerra Mundial. Todo era optimismo, suburbios nuevos, neveras relucientes. Y en medio de esa fiesta, Miller se sube al escenario y dice: «Oigan, el emperador está desnudo. El sueño americano es una estafa piramidal emocional.» Willy Loman no fracasa porque sea tonto o perezoso. Fracasa porque el sistema le prometió algo que nunca existió. Y cuando lo entiendes, la obra te golpea en el estómago con la fuerza de un camión. Setenta y siete años después, con la cultura del hustle, los gurús de LinkedIn y los coaches de vida vendiéndote exactamente la misma mentira, la obra no es que sea vigente: es profética.
*Las brujas de Salem*, estrenada en 1953, es otro caso de clarividencia literaria que da escalofríos. Miller la escribió como alegoría del macartismo, esa época dorada en la que Estados Unidos decidió que la mejor forma de defender la libertad era destruirla. El senador McCarthy y su comité perseguían comunistas como los puritanos de Salem perseguían brujas: sin pruebas, con histeria y con la certeza moral de quien nunca ha dudado de nada. Miller, por cierto, no escribió esto desde la barrera. En 1956 fue citado ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Se negó a delatar a sus colegas. Lo declararon en desacato al Congreso. El tipo literalmente vivió su propia obra.
Pero lo verdaderamente escalofriante de *Las brujas de Salem* es que no necesitas conocer el macartismo para que te resulte familiar. ¿Las cancelaciones masivas en redes sociales? Salem. ¿Las acusaciones sin evidencia que destruyen carreras en horas? Salem. ¿La presión social para señalar al vecino antes de que te señalen a ti? Salem, Salem y más Salem. Miller escribió sobre 1692 pensando en 1953, y resulta que también escribió sobre 2026. Si eso no es genio, díganme qué es.
Y luego está *Todos eran mis hijos*, la obra que debería ser lectura obligatoria en cada escuela de negocios del planeta. Joe Keller, un fabricante que vende piezas defectuosas al ejército durante la guerra, causando la muerte de pilotos, y lo justifica diciendo que lo hizo por su familia. «¿Qué se supone que debía hacer, dejar que el negocio se hundiera?» Esa frase, amigos, se pronuncia todos los días en juntas directivas de corporaciones que contaminan ríos, que venden datos personales, que recortan seguridad para aumentar márgenes. Joe Keller no es un villano de película: es un padre de familia que tomó la decisión que el capitalismo le enseñó a tomar. Y eso es lo que lo hace aterrador.
Lo que distingue a Miller de otros dramaturgos que también criticaron el sistema —y hubo muchos— es que nunca fue un panfletario. Sus obras no son sermones. Son tragedias. Willy Loman no es un símbolo: es un ser humano roto que te parte el corazón. Joe Keller no es una caricatura del empresario malvado: es un hombre que se quiere a sí mismo y a los suyos, y que precisamente por eso comete lo imperdonable. Miller entendió algo que muchos escritores comprometidos nunca pillan: que la propaganda no cambia mentes, pero la empatía sí.
También hay que hablar del elefante en la habitación: Marilyn Monroe. Miller estuvo casado con ella entre 1956 y 1961, y durante décadas eso eclipsó todo lo demás. Los tabloides lo convirtieron en «el marido intelectual de Marilyn», como si escribir *La muerte de un viajante* fuera un hobby secundario. Es una ironía perfectamente milleriana: el hombre que denunció la cultura de las apariencias fue reducido a una apariencia. Él mismo escribió sobre ese matrimonio, con su brutalidad habitual, en *Después de la caída*. No salió bien parado. Tampoco intentó salir bien parado. Esa honestidad salvaje es otra de las cosas que lo hacen tan necesario.
Porque vivimos en una época de narrativas pulidas. Todo el mundo tiene un «relato personal» optimizado para Instagram. Todos somos emprendedores, resilientes, agradecidos. Miller nos recuerda que la vida también es fracaso, vergüenza, decisiones imperdonables y conversaciones que nunca tuviste con tu padre. No para deprimirnos, sino para que dejemos de fingir. Hay algo profundamente liberador en sentarte en un teatro y ver a Willy Loman derrumbarse, porque por fin alguien admite en voz alta lo que todos sabemos pero nadie dice.
Hoy, a veintiún años de su muerte, Arthur Miller sigue sin estar de moda. No es cool citarlo en Twitter. No hay merchandising con su cara. No tiene una serie en Netflix —aunque *Las brujas de Salem* la está pidiendo a gritos—. Y quizá eso es exactamente lo que él querría. Miller nunca buscó ser popular; buscó ser verdadero. Y la verdad, como bien sabía, rara vez es cómoda.
Si no has leído a Miller, hazlo. No porque sea un clásico, no porque venga en los programas de estudio, no porque un artículo en internet te lo recomiende. Léelo porque es el único escritor capaz de hacerte sentir culpable, emocionado y furioso en la misma página. Léelo porque en un mundo que no para de venderte sueños, él tuvo la decencia de contarte la verdad. Y si después de leerlo sigues creyendo que el éxito es solo cuestión de esfuerzo, bueno, al menos ya nadie podrá decir que no te avisaron.
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