Article Feb 8, 12:02 AM

Pushkin lleva 189 años muerto y sigue siendo más relevante que tu escritor favorito

Pushkin lleva 189 años muerto y sigue siendo más relevante que tu escritor favorito

Un poeta muere en duelo a los 37 años por celos, honor y una bala que le destroza el abdomen. Suena a telenovela latinoamericana, ¿verdad? Pues no: es la historia de Alexander Pushkin, el hombre que inventó la literatura rusa moderna y que, casi dos siglos después de exhalar su último aliento, sigue siendo más influyente que el 99% de los escritores que publican hoy. Y no, no exagero.

Hoy se cumplen 189 años de aquel 10 de febrero de 1837, cuando Pushkin cayó tras un duelo absurdo con el barón Georges-Charles de Anthès, un militar francés que coqueteaba descaradamente con su esposa, Natalia Goncharova. La historia tiene todos los ingredientes de un bestseller moderno: pasión, traición, honor herido y un final trágico. Si Netflix no ha producido esto todavía, alguien debería llamar a sus ejecutivos.

Pero dejemos el cotilleo biográfico y vayamos a lo que importa: las obras. Porque Pushkin no es famoso por morirse de forma dramática — eso lo ha hecho mucha gente —, sino por lo que dejó escrito en apenas veinte años de carrera literaria.

Empecemos por Evgueni Oneguin, esa «novela en verso» que suena a contradicción pero que funciona como un reloj suizo. Pushkin creó un personaje que es, básicamente, el primer «chico aburrido y guapo que no sabe lo que quiere» de la literatura universal. Oneguin rechaza a Tatiana cuando ella le declara su amor en una carta devastadora, y luego, años después, cuando ella se ha convertido en una mujer sofisticada y casada, va y se enamora perdidamente. ¿Te suena? Claro que te suena. Porque cada serie de televisión moderna, cada comedia romántica, cada drama de relaciones ha reciclado este patrón hasta el infinito. Pushkin lo inventó en 1833. El resto lo ha estado copiando.

Y aquí viene lo verdaderamente revolucionario: la «estrofa oneguiniana». Pushkin diseñó una estructura métrica específica para esta obra — catorce versos con un esquema de rima único que nunca antes se había usado. Es como si un rapero inventara un flow completamente nuevo y todos los demás intentaran imitarlo durante los próximos dos siglos. Eso hizo Pushkin con la poesía rusa.

Pasemos a La hija del capitán, una novela histórica ambientada durante la rebelión de Pugachov en el siglo XVIII. Aquí Pushkin hizo algo que entonces era casi impensable: trató a un líder rebelde cosaco no como un villano unidimensional, sino como un ser humano complejo, carismático e incluso simpático. Imagina escribir una novela en la Rusia zarista donde el tipo que se rebeló contra la corona sale bastante bien parado. Pushkin tenía, como decimos ahora, lo que hay que tener. La obra influyó directamente en Tolstói y en toda la tradición de la novela histórica rusa. Sin La hija del capitán, probablemente no tendríamos Guerra y paz. Piénsalo un segundo.

Y luego está La dama de picas, esa joya oscura y compacta que parece escrita ayer. Un joven oficial obsesionado con descubrir el secreto de tres cartas ganadoras que posee una anciana condesa. La avaricia, la obsesión, la locura. En apenas unas páginas, Pushkin construyó un thriller psicológico que Dostoievski admiró abiertamente y que influyó en todo lo que el autor de Crimen y castigo escribiría después. Cuando lees La dama de picas, entiendes de dónde salió Raskólnikov. El ADN literario está ahí, visible como una huella dactilar.

Pero lo que más me fascina de Pushkin es algo que rara vez se menciona en los análisis académicos: el tipo era divertido. Ferozmente divertido. Su ironía en Evgueni Oneguin es tan afilada que corta sin que te des cuenta. Se burlaba de la aristocracia rusa mientras formaba parte de ella. Satirizaba la vanidad literaria mientras era el escritor más vanidoso del país. Esa contradicción, esa capacidad de reírse de sí mismo y del mundo al mismo tiempo, es lo que lo hace moderno. No escribía desde una torre de marfil; escribía desde el centro del caos, con una copa de champán en una mano y una pistola de duelo en la otra.

Ahora, la pregunta incómoda: ¿nos influye Pushkin hoy, en 2026, a quienes no leemos en ruso? La respuesta honesta es: sí, pero de forma indirecta, como un río subterráneo. Cada vez que leemos a Dostoievski, a Tolstói, a Bulgákov, a Nabokov, estamos leyendo a escritores que bebieron de Pushkin como de una fuente sagrada. Nabokov dedicó años a traducir y anotar Evgueni Oneguin al inglés, produciendo un comentario de cuatro volúmenes que es, en sí mismo, una obra maestra de obsesión literaria. Si Nabokov — el hombre que escribió Lolita — consideraba que Pushkin merecía años de su vida, quizá nosotros deberíamos dedicarle al menos una tarde.

Hay algo más que conecta a Pushkin con nuestro tiempo: su relación con la censura. El zar Nicolás I era personalmente su censor. Le prohibían publicar, le vigilaban la correspondencia, le exiliaban a provincias remotas. Y Pushkin seguía escribiendo, encontrando formas de decir lo que quería decir entre líneas, con metáforas, con ironía, con una astucia que haría llorar de envidia a cualquier disidente moderno. En una época donde los algoritmos deciden qué contenido se amplifica y cuál se entierra, donde la autocensura es la nueva censura, Pushkin nos recuerda que la buena literatura siempre encuentra su camino.

Lo más trágico de su muerte no es que ocurriera — todos morimos —, sino que ocurriera a los 37 años. Treinta y siete. A esa edad, Dostoievski aún no había escrito Crimen y castigo. Tolstói no había empezado Guerra y paz. Chéjov ni siquiera había nacido. ¿Qué habría escrito Pushkin con veinte o treinta años más? La pregunta es un abismo que da vértigo.

Así que hoy, 189 años después de aquella bala estúpida, levantemos una copa imaginaria por Alexander Serguéievich Pushkin. Por el hombre que le dio a Rusia su lengua literaria, que convirtió el verso en algo tan natural como respirar, y que demostró que se puede ser genial, irreverente y profundamente humano al mismo tiempo. Lleva casi dos siglos bajo tierra y sigue escribiendo mejor que la mayoría de los vivos. Si eso no es inmortalidad, no sé qué lo es.

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