Article Feb 7, 09:03 PM

El Nobel que la URSS obligó a rechazar: Pasternak y la novela que humilló a un imperio

Imagínate la escena: te llaman de Estocolmo para decirte que has ganado el Premio Nobel de Literatura. Tu familia llora de alegría, tus amigos brindan, el mundo entero aplaude. Y entonces tu propio país te obliga a rechazarlo bajo amenaza de exilio. Eso no es el guion de una película de espías; eso le pasó a Boris Pasternak en 1958, y la historia detrás es todavía más absurda de lo que parece.

Pasternak nació un 10 de febrero de 1890 en Moscú, en una familia que parecía diseñada por un algoritmo para producir genios. Su padre, Leonid, era un pintor reconocido que ilustraba las obras de Tolstói. Su madre, Rosa Kaufman, era una pianista de concierto. El pequeño Boris creció rodeado de lienzos, partituras y visitas ilustres como Rilke y Scriabin. Con esos antecedentes, lo raro habría sido que terminara de contable.

De hecho, primero intentó ser músico. Estudió composición durante seis años y, según cuentan, era bastante bueno. Pero un día decidió que no tenía oído absoluto —lo cual, dicho sea de paso, no le impidió a medio mundo hacer carreras brillantes— y lo dejó. Luego coqueteó con la filosofía en la Universidad de Marburgo, Alemania. Tampoco. Finalmente, casi por descarte, se dedicó a la poesía. Y resulta que ahí estaba su verdadero talento, esperándolo como un perro fiel en la puerta de casa.

Sus primeros poemarios, «El gemelo entre las nubes» (1914) y «Por encima de las barreras» (1917), ya mostraban a un tipo que no escribía como nadie más. Mientras los futuristas rusos rompían la sintaxis a martillazos y los simbolistas se ahogaban en brumas metafísicas, Pasternak hacía algo distinto: mezclaba la precisión musical con imágenes que parecían saltar del papel. Su poesía era como jazz antes de que existiera el jazz: improvisada en apariencia, pero con una estructura interna de relojería.

Durante los años veinte y treinta, Pasternak se convirtió en una figura respetada del panorama literario soviético. Traducía a Shakespeare, a Goethe, a los poetas georgianos. Stalin mismo lo llamó por teléfono una vez —sí, el mismísimo Stalin— para preguntarle sobre el poeta Osip Mandelshtam, que había sido arrestado. Pasternak, en un acto de valentía o de pánico (probablemente ambos), balbuceó algo sobre querer hablar de «la vida y la muerte» con el dictador. Stalin colgó. Mandelshtam murió en un campo de trabajo. Pasternak sobrevivió, pero ese episodio lo persiguió como una sombra el resto de sus días.

Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante. Durante más de diez años, en secreto, entre traducciones y poemas «aceptables», Pasternak escribió la novela que cambiaría todo: «Doctor Zhivago». Una historia de amor ambientada durante la Revolución Rusa y la Guerra Civil, protagonizada por un médico-poeta que se niega a elegir bando. El libro no era un panfleto anticomunista —Pasternak era demasiado complejo para eso—, pero sí retrataba la revolución como lo que fue: un terremoto humano lleno de belleza y horror a partes iguales, donde los individuos eran aplastados por la maquinaria de la Historia con mayúsculas.

Cuando el manuscrito llegó a las editoriales soviéticas en 1956, la respuesta fue un «no» tan rotundo que prácticamente se escuchó en Siberia. La revista «Novy Mir» le envió una carta de rechazo de veintitrés páginas. Veintitrés. Hay tesis doctorales más cortas que esa carta de rechazo. Le dijeron, en esencia, que la novela era «antisoviética» y que publicarla sería un suicidio político.

Pero Pasternak ya había enviado el manuscrito al editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, y aquí viene la parte que parece sacada de una novela de John le Carré. La CIA —sí, la CIA— se involucró en la distribución del libro. Lo consideraban un arma de propaganda perfecta: una obra maestra escrita por un soviético que el régimen no se atrevía a publicar. Feltrinelli publicó la versión italiana en 1957, y en meses el libro estaba traducido a dieciocho idiomas. Todo el mundo lo leía menos los rusos.

En 1958, la Academia Sueca le otorgó el Nobel «por su notable contribución tanto a la poesía lírica contemporánea como al campo de la gran tradición narrativa rusa». Pasternak envió un telegrama eufórico: «Inmensamente agradecido, conmovido, orgulloso, asombrado, confuso». Cuatro días después envió otro: «En vista del significado que tiene este premio en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazarlo. No tome a mal mi rechazo voluntario». Entre un telegrama y otro, el aparato soviético había desplegado toda su maquinaria de intimidación. Lo expulsaron de la Unión de Escritores. La prensa lo llamó «cerdo que ensucia donde come». Hubo manifestaciones organizadas de obreros y estudiantes que jamás habían leído una línea suya exigiendo su expulsión del país.

Pasternak no se fue. Se quedó en su dacha de Peredélkino, a las afueras de Moscú, escribiendo poesía, recibiendo a los pocos amigos que se atrevían a visitarlo, y muriendo lentamente. El cáncer de pulmón se lo llevó el 30 de mayo de 1960, a los setenta años. A su funeral acudieron miles de personas, desafiando la prohibición oficial. Alguien recitó sus poemas en voz alta. El régimen había intentado borrar su nombre, pero la gente lo recordaba de memoria, que es la forma más indestructible de publicación que existe.

«Doctor Zhivago» no se publicó oficialmente en la URSS hasta 1988, casi treinta años después de la muerte de su autor. Para entonces, la novela ya había vendido millones de ejemplares en todo el mundo, había inspirado la famosa película de David Lean con Omar Sharif y Julie Christie, y se había convertido en uno de esos libros que la gente menciona en las fiestas aunque no lo haya terminado de leer. Pero más allá del fenómeno cultural, la novela sigue siendo una de las reflexiones más honestas sobre lo que significa ser humano en tiempos de barbarie colectiva.

Lo que hace a Pasternak verdaderamente fascinante no es solo su obra, sino su paradoja vital. Fue un hombre profundamente ruso que amaba su país y su idioma con una intensidad casi física, y sin embargo ese mismo país lo trató como a un traidor. Fue un poeta exquisito cuya fama mundial se debe a una novela en prosa. Fue un intelectual refinado que se enamoraba con la torpeza de un adolescente —sus relaciones con Zinaida Neigauz y luego con Olga Ivinskaya, la musa de Lara en «Doctor Zhivago», merecerían un artículo aparte—.

Hoy, a 136 años de su nacimiento, Pasternak sigue siendo ese escritor incómodo que no encaja en ninguna categoría simple. No fue un disidente heroico al estilo de Solzhenitsyn ni un conformista dócil. Fue algo más difícil de clasificar: un hombre que insistió en escribir la verdad tal como la veía, sin pancartas ni megáfonos, y que pagó por ello un precio que nadie debería pagar por poner palabras en un papel. Su historia nos recuerda algo que deberíamos tener tatuado en la frente: cuando un gobierno decide que un libro es peligroso, probablemente ese libro merece ser leído.

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