Pushkin lleva 189 años muerto y sigue siendo más moderno que tu escritor favorito
Pushkin lleva 189 años muerto y sigue siendo más moderno que tu escritor favorito
El 10 de febrero de 1837, Alexander Pushkin murió por una herida de bala recibida en un duelo absurdo provocado por los celos de un francés guapo. Tenía 37 años, una esposa deslumbrante y una obra que Rusia todavía no ha terminado de digerir. Casi dos siglos después, seguimos leyéndolo, citándolo y, lo más inquietante, reconociéndonos en sus personajes como si nos hubiera espiado desde el futuro. ¿Cómo es posible que un poeta nacido en 1799 describa con tanta precisión el aburrimiento existencial de un millennial?
Empecemos por lo más incómodo: Evgueni Oneguin no es solo una novela en verso. Es un espejo. Oneguin es ese tipo que lo tiene todo —inteligencia, dinero, encanto— y aun así no sabe qué hacer con su vida. Rechaza el amor sincero de Tatiana porque está demasiado ocupado sintiéndose superior al mundo, y cuando finalmente se da cuenta de lo que perdió, ya es tarde. Sustitúyase «bailes en San Petersburgo» por «scroll infinito en Instagram» y la historia funciona exactamente igual. Pushkin inventó al protagonista desencantado ciento cincuenta años antes de que el cine indie lo convirtiera en cliché.
Pero aquí viene lo verdaderamente salvaje: Pushkin escribió Oneguin entre 1823 y 1831, en fragmentos, mientras el régimen zarista lo tenía vigilado, exiliado y censurado. El tipo componía versos inmortales bajo presión política, sin WiFi y sin terapia. Y no solo eso: lo hacía con un humor tan afilado que sus contemporáneos no siempre sabían si se estaba burlando de la aristocracia o rindiéndole homenaje. La respuesta, por supuesto, era ambas cosas a la vez. Esa ambigüedad es lo que lo separa de los moralistas aburridos.
Hablemos de La hija del capitán, porque ahí Pushkin hace algo que hoy consideraríamos un giro de guion digno de HBO. Toma la rebelión de Pugachov —un episodio histórico brutal y caótico— y lo convierte en el telón de fondo de una historia de amor y honor. Pero no idealiza la rebelión ni la condena. Pugachov aparece como un personaje complejo, magnético, casi simpático, mientras que el poder imperial no sale mucho mejor parado. Pushkin estaba jugando con fuego político, literalmente. Y lo hacía con una prosa tan limpia, tan directa, que parece escrita ayer. Nada de párrafos de tres páginas describiendo un atardecer. Eso se lo dejaba a Tolstói.
Y luego está La dama de picas, esa joya oscura que Chaikovski convirtió en ópera y que Dostoievski admiraba en secreto. Hermann, el protagonista, es un ingeniero militar obsesionado con descubrir el secreto de tres cartas ganadoras que posee una condesa anciana. La codicia lo consume, la obsesión lo destruye, y el final es tan helado que te deja mirando la pared. Pushkin escribió esto en 1834, y básicamente inventó el thriller psicológico ruso. Sin La dama de picas no hay Crimen y castigo. Así de simple. Dostoievski tomó esa semilla de obsesión destructiva y la plantó en un jardín más grande, pero la semilla era de Pushkin.
Lo que me fascina es cómo Pushkin logró todo esto en apenas 37 años de vida. Mozart murió a los 35 y compuso más de 600 obras. Pushkin no se quedó atrás: poesía, prosa, teatro, cuentos, ensayos, cartas que son literatura en sí mismas. Su productividad es casi ofensiva cuando uno piensa en cuántas horas pasamos hoy «buscando inspiración» en lugar de escribir. Pushkin no buscaba inspiración. Se sentaba y escribía. Y cuando no podía escribir porque estaba exiliado en alguna finca remota, escribía más, porque no tenía nada mejor que hacer. El aburrimiento rural fue su combustible creativo.
Hay un dato que siempre me ha parecido revelador: Pushkin tenía sangre africana. Su bisabuelo, Abram Ganníbal, fue un esclavo etíope que Pedro el Grande adoptó y educó como ingeniero militar. En la Rusia del siglo XIX, Pushkin era visiblemente diferente, y él lo sabía, lo reivindicaba y hasta comenzó a escribir una novela sobre su bisabuelo. En una época en que Europa entera construía jerarquías raciales pseudocientíficas, el poeta nacional ruso era un hombre mestizo. La historia tiene un sentido del humor más fino de lo que le reconocemos.
Pero volvamos al duelo, porque la muerte de Pushkin es tan literaria que parece ficción. Georges d'Anthès, un oficial francés que coqueteaba descaradamente con Natalia, la esposa de Pushkin, lo provocó hasta que el poeta no tuvo más remedio —según los códigos de honor de la época— que retarlo. D'Anthès disparó primero y acertó en el abdomen. Pushkin, herido en el suelo, disparó su turno y alcanzó al francés en el brazo. D'Anthès sobrevivió y vivió hasta los 83 años, convertido en senador francés. Pushkin agonizó dos días. La injusticia poética es aplastante: el genio muere joven, el mediocre vive largo y próspero. Si esto fuera una novela, el editor la rechazaría por inverosímil.
Lo que Pushkin dejó detrás es difícil de cuantificar. No solo creó la literatura rusa moderna —antes de él, el ruso literario era una mezcla rígida de eslavón eclesiástico y francés—, sino que estableció un estándar de honestidad emocional que todavía incomoda. Sus personajes no son héroes ni villanos. Son personas que toman decisiones estúpidas por orgullo, por miedo, por amor mal gestionado. Eso no ha cambiado en 189 años y probablemente no cambie en otros 189.
Hoy, en las escuelas rusas, los niños siguen memorizando a Pushkin. En las universidades del mundo, los departamentos de literatura eslava lo diseccionan con reverencia académica. Pero la mejor forma de leerlo no es con reverencia. Es con una copa de vino, tarde en la noche, dejándote sorprender por lo mucho que este hombre del siglo XIX entendía sobre la vanidad, el deseo y el autoengaño humano. Pushkin no necesita que lo veneren. Necesita que lo lean. Y si después de leerlo sientes una incomodidad extraña, como si alguien te hubiera descrito sin conocerte, felicidades: acabas de experimentar exactamente lo que sus lectores sienten desde 1825.
Ciento ochenta y nueve años después de su muerte, Pushkin sigue ganando el duelo. El otro tipo solo tuvo una bala de suerte.
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