Brecht: el dramaturgo que quería que lo odiaras (y lo logró)
Brecht: el dramaturgo que quería que lo odiaras (y lo logró)
Hace 128 años nació en Augsburgo un tipo que decidió que el teatro era demasiado cómodo, demasiado bonito, demasiado cobarde. Bertolt Brecht no quería que lloraras en tu butaca: quería que te levantaras de ella con ganas de incendiar algo. Y lo más perturbador es que, un siglo después, sus obras siguen provocando exactamente eso.
Mientras Shakespeare te seducía y Chéjov te acariciaba el alma, Brecht te daba una bofetada y te preguntaba: «¿Y tú qué vas a hacer al respecto?». No era un escritor amable. Era un provocador con pluma, un agitador con escenario, un tipo que convirtió el teatro en un ring de boxeo intelectual. Y hoy, 10 de febrero de 2026, merece que hablemos de él sin reverencias académicas, sino con la misma irreverencia que él practicó toda su vida.
Empecemos por lo básico: Eugen Berthold Friedrich Brecht nació el 10 de febrero de 1898 en una familia burguesa bávara. Su padre dirigía una fábrica de papel. Es decir, Brecht era exactamente el tipo de persona contra la que luego escribiría. Esta contradicción —ser hijo del sistema que quieres destruir— lo acompañó siempre, y él, lejos de ocultarla, la convirtió en combustible creativo. Porque si hay algo que definió a Brecht fue su capacidad para convertir las contradicciones en arte.
A los veinte años ya era un cínico profesional. La Primera Guerra Mundial lo había marcado como enfermero en un hospital militar, y de ahí salió con una certeza: la humanidad era capaz de una estupidez monumental, y alguien tenía que decirlo en voz alta. Su primera obra importante, «Baal» (1918), era un escupitajo lírico sobre un poeta hedonista y autodestructivo. La crítica se escandalizó. Brecht sonrió. Había encontrado su oficio: molestar con talento.
Pero el verdadero terremoto llegó en 1928 con «La ópera de los tres centavos» (Die Dreigroschenoper). Imagina esto: un musical sobre mendigos, ladrones y prostitutas que se convierte en el mayor éxito teatral de la República de Weimar. La canción «Mack the Knife» se tarareaba en cada esquina de Berlín mientras Brecht, con su eterno puro y su chaqueta de cuero, explicaba que la obra era una crítica al capitalismo. El público burgués aplaudía encantado su propia condena. Es como si hoy un rapero hiciera una canción contra los millonarios y estos la pusieran de tono en sus yates. Brecht lo sabía y le parecía deliciosamente irónico.
Luego vino el exilio. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, Brecht hizo las maletas al día siguiente del incendio del Reichstag. Literalmente al día siguiente. No fue un héroe de la resistencia: fue un superviviente inteligente. Pasó por Praga, Viena, Zúrich, Dinamarca, Suecia, Finlandia y finalmente Estados Unidos. Un periplo de quince años que, paradójicamente, produjo sus obras maestras.
«Madre Coraje y sus hijos» (1939) es quizás la obra antibelicista más despiadada jamás escrita. La protagonista es una comerciante que vive de la guerra, pierde a sus tres hijos por culpa de ella, y aun así sigue arrastrando su carreta de mercancías detrás de los ejércitos. No aprende nada. Esa es la genialidad brutal de Brecht: no te da una heroína redimida, te da un espejo. Madre Coraje somos todos nosotros quejándonos de un sistema del que somos cómplices mientras hacemos scroll en un teléfono fabricado en condiciones cuestionables.
«La vida de Galileo» (1943) es otra obra maestra disfrazada de lección de historia. Galileo descubre que la Tierra gira alrededor del Sol, la Inquisición lo amenaza, y él se retracta. ¿Cobarde o pragmático? Brecht reescribió el final tres veces según cambiaba el contexto político. Después de Hiroshima, Galileo dejó de ser un héroe ambiguo para convertirse en el símbolo del científico que traiciona su responsabilidad social. La obra pregunta algo que hoy resuena con fuerza inquietante: ¿qué debe hacer el que sabe la verdad cuando el poder le exige silencio?
Y aquí viene lo que realmente hace único a Brecht: su teoría del «efecto de distanciamiento» (Verfremdungseffekt). En cristiano: Brecht no quería que te emocionaras con sus obras. Quería que pensaras. Mientras todo el teatro occidental desde los griegos buscaba que el público se identificara con los personajes, Brecht hacía lo contrario. Interrumpía la acción con carteles, canciones, narradores que rompían la cuarta pared. Te recordaba constantemente: «Esto es teatro. No llores. Piensa. Y cuando salgas de aquí, actúa».
En lo personal, Brecht era un desastre fascinante. Mujeriego compulsivo, colaboraba con sus amantes —Elisabeth Hauptmann, Margarete Steffin, Ruth Berlau— y firmaba como propias obras que ellas habían escrito en buena parte. Era marxista pero amaba los coches caros. Predicaba la austeridad y vivía con comodidades burguesas. Defendía el colectivismo y era un egocéntrico monumental. Estas contradicciones no invalidan su obra; la explican. Brecht entendía la hipocresía humana porque la practicaba a diario.
Su legado es inmenso y curiosamente contradictorio. El teatro épico que inventó —o al menos sistematizó— influenció a todo el mundo, desde el teatro del oprimido de Augusto Boal hasta las películas de Lars von Trier, pasando por musicales de Broadway que usan técnicas brechtianas sin saberlo. Cada vez que un personaje mira a cámara y te habla directamente, cada vez que una serie rompe su propia narrativa para hacerte reflexionar, ahí está el fantasma de Brecht fumando su puro y asintiendo.
Murió el 14 de agosto de 1956 en Berlín Oriental, a los 58 años. Había vuelto a Alemania después de la guerra, eligiendo el lado comunista, lo que le valió un teatro propio —el Berliner Ensemble— y la vigilancia constante de las autoridades que decían compartir sus ideales. Incluso muerto siguió siendo incómodo: pidió ser enterrado en un ataúd de acero para que los gusanos no lo tocaran. Hasta en la muerte, Brecht se negaba a participar del ciclo natural de las cosas.
Hoy, 128 años después de su nacimiento, Brecht sigue siendo el dramaturgo que no te deja tranquilo. En una época de algoritmos que nos dan exactamente lo que queremos oír, de burbujas informativas y confort digital, su teatro del distanciamiento es más necesario que nunca. Porque Brecht no escribía para que te sintieras bien. Escribía para que te sintieras responsable. Y eso, querido lector, sigue siendo el acto más subversivo que puede cometer un escritor.
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