Noticias 13 feb, 05:34

Una librería de Buenos Aires lleva 30 años guardando una carta que nadie ha reclamado

Durante tres décadas, en un cajón de cedro detrás del mostrador de la librería El Aleph Invertido, en el corazón de San Telmo, Buenos Aires, ha permanecido una carta sellada con lacre rojo carmesí. Su sobre, escrito con una caligrafía impecable que los grafólogos han comparado con la del propio Jorge Luis Borges, lleva una inscripción simple: «Para quien entienda el laberinto».

La historia comienza en el invierno austral de 1996, cuando un hombre de edad avanzada, abrigo oscuro y bastón con empuñadura de plata entró en la librería y, sin pronunciar más de diez palabras, adquirió cada ejemplar disponible de las obras de Borges — veintitrés volúmenes en total. Pagó en efectivo, dejó la carta sobre el mostrador y dijo, según recuerda el librero Octavio Menéndez: «Guárdela. Vendrá alguien que sabrá que es suya».

Menéndez, hoy de 74 años, ha rechazado durante treinta años ofertas de coleccionistas, periodistas y curiosos que han querido abrir el sobre o comprarlo. «Una promesa es una promesa», repite con la terquedad de quien ha hecho de la palabra su comercio.

El caso dio un giro inesperado el pasado enero, cuando el investigador literario colombiano Andrés Felipe Roldán, especializado en la correspondencia privada de escritores latinoamericanos del siglo XX, viajó a Buenos Aires siguiendo una pista hallada en los archivos de la editorial Emecé. Según Roldán, un documento interno de 1995 menciona la existencia de un «lector anónimo» que mantuvo correspondencia con Borges durante los últimos años de vida del escritor y que supuestamente recibió de él un breve relato inédito, nunca catalogado.

«No puedo asegurar que la carta contenga ese relato», declaró Roldán en una entrevista concedida al suplemento cultural del diario La Nación. «Pero las coincidencias son demasiadas para ignorarlas. La caligrafía, la referencia al laberinto, la conexión con Emecé. Estamos ante algo que podría reescribir un pequeño capítulo de la historia literaria argentina».

La Fundación Internacional Jorge Luis Borges ha manifestado su interés en el caso, aunque con cautela. Sus representantes han solicitado que, de abrirse la carta, se haga en presencia de peritos calígrafos y miembros de la fundación.

Mientras tanto, Menéndez sigue abriendo su librería cada mañana a las nueve, preparando su mate amargo y vigilando el cajón de cedro. «Si el destinatario no viene», dice con una media sonrisa, «la carta pasará a mi hija. Y de mi hija a su hija. Los libros saben esperar. Las cartas, también».

El caso ha reavivado el debate sobre los materiales inéditos de grandes autores y el derecho del público a acceder a ellos. La comunidad borgeana en redes sociales hierve con teorías: desde quienes creen que se trata de una elaborada performance artística hasta los que sostienen que la carta contiene la clave para interpretar «El Aleph» de una manera completamente nueva.

Lo único cierto, por ahora, es que en una calle empedrada de Buenos Aires, una carta sellada con lacre sigue esperando. Y que en la literatura, como en los cuentos de Borges, los enigmas más fascinantes son aquellos que se resisten a ser resueltos.

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