Arthur Miller murió hace 21 años y tu jefe sigue siendo Willy Loman
Arthur Miller murió hace 21 años y tu jefe sigue siendo Willy Loman
El 10 de febrero de 2005, Arthur Miller cerró los ojos para siempre en su casa de Roxbury, Connecticut. Tenía 89 años, una carrera que había redefinido el teatro estadounidense y un puñado de verdades tan incómodas que Hollywood prefirió convertirlas en películas suaves antes que mirarlas de frente. Veintiún años después, sus obras no solo siguen vigentes: dan miedo. Porque cada vez que alguien se mata trabajando para comprar cosas que no necesita, cada vez que una comunidad señala al diferente para salvar su propia piel, Miller está ahí, riéndose desde algún rincón del más allá, diciendo: «Os lo advertí».
Empecemos por lo más gordo: La muerte de un viajante. Estrenada en 1949, la obra ganó el Pulitzer y destrozó los nervios de medio Broadway. Willy Loman es un vendedor ambulante que ha construido toda su identidad sobre la promesa del sueño americano: trabaja duro, sé simpático, y algún día tendrás la casa, el coche y el respeto. Spoiler: no funciona. Willy termina destruido, mentalmente roto, incapaz de aceptar que el sistema al que entregó su vida nunca tuvo intención de devolverle nada. Si esto te suena a la crisis de los cuarenta de cualquier oficinista contemporáneo que descubre que su empresa lo considera «prescindible» después de veinte años de lealtad, no es coincidencia. Miller no escribía ficción: escribía profecías.
Lo verdaderamente aterrador de Willy Loman es que en 2026 no es un personaje de época. Es tu vecino. Es tu cuñado que no para de hablar de su próximo ascenso. Es ese compañero de trabajo que lleva quince años prometiéndose unas vacaciones que nunca llegan. Miller entendió algo que los gurús del coaching moderno venden hoy como si fuera nuevo: que confundir tu valor personal con tu valor de mercado es una forma sofisticada de suicidio emocional. Solo que Miller lo dijo en 1949, sin necesidad de un podcast ni de un seminario a 500 euros la entrada.
Pero si La muerte de un viajante es un puñetazo al capitalismo, Las brujas de Salem es una patada directa a la cobardía colectiva. Escrita en 1953, en plena caza de brujas del macartismo, Miller ambientó su obra en los juicios de Salem de 1692. La jugada fue brillante: mientras el senador McCarthy exigía nombres de «comunistas» en Hollywood, Miller puso un espejo en el escenario y mostró que la América moderna no era tan diferente de aquella colonia puritana que ahorcaba mujeres por histeria colectiva. El Comité de Actividades Antiamericanas no tardó en llamarlo a declarar. Miller se negó a delatar a nadie. Le condenaron por desacato al Congreso en 1957, aunque la condena fue revocada un año después. Mientras otros doblaban la rodilla, él se mantuvo de pie. Eso no se escribe en un guion: eso se vive.
Y aquí viene lo incómodo. Porque Las brujas de Salem no habla solo de 1692 ni de 1953. Habla de cada oleada de histeria colectiva que hemos vivido desde entonces. Habla de las redes sociales cuando deciden que alguien merece ser cancelado sin juicio previo. Habla de esas redacciones de periódicos que publican primero y verifican después. Habla de ese mecanismo tan humano y tan repugnante por el cual, cuando el miedo se apodera de un grupo, la verdad se convierte en la primera víctima. Miller entendió que el fanatismo no tiene ideología fija: se muda de casa según la época, pero siempre llama a la misma puerta.
Y luego está Todos eran mis hijos, la obra que a menudo queda eclipsada por las otras dos pero que, personalmente, me parece la más despiadada. Estrenada en 1947, cuenta la historia de Joe Keller, un fabricante que durante la Segunda Guerra Mundial vendió piezas defectuosas de avión al ejército, causando la muerte de veintiún pilotos. Keller lo justifica todo: lo hizo por su familia, por su negocio, por el futuro de sus hijos. ¿Les suena? Cambien «piezas de avión» por «emisiones de diésel trucadas», por «opioides recetados masivamente», por «datos de usuarios vendidos sin consentimiento». La excusa siempre es la misma: «Lo hice por el negocio». Miller demostró que la responsabilidad moral no se diluye en una junta de accionistas. Y que cuando dices «todos eran mis hijos», no puedes referirte solo a los tuyos.
Lo que hace grande a Miller —lo que lo separa de la liga de dramaturgos competentes pero olvidables— es que nunca escribió para quedar bien. No le interesaba el aplauso fácil ni el consenso cómodo. Le interesaba la verdad, aunque la verdad fuera un tipo patético como Willy Loman, un cobarde como los acusadores de Salem, o un criminal disfrazado de padre de familia como Joe Keller. Sus personajes no son villanos de cartón: son gente normal que toma decisiones horribles por razones comprensibles. Y eso es mucho más terrorífico que cualquier monstruo de ficción.
También hay que hablar de su vida, porque Miller no fue precisamente un monje. Se casó con Marilyn Monroe en 1956, en lo que la prensa bautizó como «la unión del cerebro y el cuerpo». El matrimonio duró cinco años y terminó como terminan las cosas cuando dos personas geniales pero rotas intentan salvarse mutuamente: mal. Miller escribió El desajuste para ella, su último papel en el cine, y luego pasó décadas procesando esa relación en su obra. No era un santo. Era un hombre complejo que canalizaba sus contradicciones en el escenario. Justo lo que se espera de un gran escritor.
Pero volvamos a lo que importa. Veintiún años sin Miller y el mundo no ha aprendido nada de lo que él intentó enseñarnos. Seguimos adorando el éxito material como si fuera una religión. Seguimos señalando con el dedo antes de pensar. Seguimos justificando lo injustificable cuando hay dinero de por medio. Sus tres grandes obras —La muerte de un viajante, Las brujas de Salem, Todos eran mis hijos— no son textos del pasado: son el periódico de mañana escrito en verso.
Si nunca has leído a Miller, hazlo. No porque sea «cultura» ni porque quede bien en tu estantería. Hazlo porque hay pocas experiencias más poderosas que leer a alguien que te entiende mejor de lo que te entiendes tú mismo. Y si ya lo has leído, vuelve a hacerlo. Porque a los veinte años entiendes a Biff Loman, el hijo rebelde. A los cuarenta, empiezas a entender a Willy. Y a los sesenta, si tienes suerte y honestidad, entiendes que Miller no escribía sobre personajes. Escribía sobre ti.
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