Artículo 9 feb, 17:30

Arthur Miller murió hace 21 años y sus fantasmas siguen pagando hipotecas

Arthur Miller murió hace 21 años y sus fantasmas siguen pagando hipotecas

El 10 de febrero de 2005, Arthur Miller cerró los ojos en su casa de Roxbury, Connecticut, y el teatro mundial se quedó huérfano de su conciencia más incómoda. Veintiún años después, lo verdaderamente escalofriante no es que sus obras sigan vigentes, sino que parecen escritas ayer por la mañana, como si Miller hubiera tenido acceso a un portal temporal donde podía espiar nuestras reuniones de Zoom, nuestras crisis de identidad laboral y nuestros linchamientos digitales en redes sociales. Si eso no te inquieta, probablemente eres uno de los personajes de sus obras.

Pensemos en Willy Loman, el viajante de «La muerte de un viajante» (1949). Un tipo destruido por la promesa de que si eres simpático, trabajas duro y te compras la casa correcta, el éxito vendrá solo. Willy no es un villano ni un héroe trágico al estilo clásico; es tu vecino, tu padre, tu jefe, quizás tú mismo a las tres de la madrugada cuando revisas LinkedIn y sientes que todos tus compañeros de universidad están triunfando menos tú. Miller escribió esa obra hace más de setenta y cinco años, y cada generación cree que habla específicamente de ella. Los millennials agobiados por deudas estudiantiles, los boomers que descubrieron que la jubilación no era lo prometido, la Generación Z preguntándose para qué sirve un título universitario: todos caben en el traje arrugado de Willy Loman.

Pero aquí viene lo que realmente duele. Miller no solo retrató la trampa del sueño americano: la diseccionó con la precisión de un cirujano que opera sin anestesia. En «Todos eran mis hijos» (1947), Joe Keller es un fabricante que vende piezas defectuosas al ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Aviones caen, pilotos mueren, y Joe se justifica diciendo que lo hizo por su familia, por sus hijos. ¿Te suena? Cambia aviones por emisiones de coches trucadas, por opioides recetados sin control, por algoritmos que enganchan a adolescentes. La pregunta de Miller sigue ahí, clavada como una astilla bajo la uña: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger tu patrimonio? ¿Cuántos desconocidos pueden pagar el precio de tu bienestar antes de que te importe?

Y luego está «Las brujas de Salem» (1953), la obra maestra que Miller escribió mientras el senador McCarthy y su circo de caza de comunistas convertían Estados Unidos en un reality show del terror. Miller tomó los juicios por brujería de Salem en 1692 y los convirtió en un espejo tan pulido que quemaba. La histeria colectiva, las acusaciones sin pruebas, la destrucción de reputaciones por señalamiento público, la cobardía de quienes callan para no ser los próximos. Si alguien te dice que «Las brujas de Salem» es una obra sobre el siglo XVII, aléjate: esa persona no ha leído un hilo de Twitter en su vida.

Porque seamos honestos: vivimos en una era de cacerías permanentes. Cada semana alguien es señalado, juzgado y condenado en el tribunal de las redes sociales antes de que pueda siquiera defenderse. Las pruebas son opcionales, el arrepentimiento no existe y la turba siempre tiene razón. Miller lo vio venir. No porque fuera profeta, sino porque entendía algo fundamental sobre la naturaleza humana: el miedo es el combustible más eficiente para la obediencia, y la gente prefiere señalar al vecino antes que mirar su propio reflejo.

Lo que hacía a Miller verdaderamente peligroso —y uso la palabra con admiración— era su negativa a separar lo personal de lo político. Para él, cada decisión doméstica era un acto moral con consecuencias públicas. El padre que miente a su hijo, el marido que traiciona a su esposa, el empresario que firma el documento sabiendo que está mal: todos estos gestos privados construyen el tejido de una sociedad. No existe la inocencia por omisión. No vale decir «yo solo cumplía órdenes» ni «no sabía lo que pasaba». Miller te miraba desde el escenario y te decía: sí sabías, y elegiste mirar para otro lado.

Hubo, por supuesto, quienes intentaron destruirlo. En 1956, el Comité de Actividades Antiamericanas lo citó a declarar. Le pidieron nombres de compañeros que habían asistido a reuniones comunistas. Miller se negó. Fue condenado por desacato al Congreso, una condena que luego se anuló. Pero el gesto quedó grabado: en una época en que medio Hollywood delataba al otro medio para salvar su carrera, Arthur Miller dijo que no. Que su conciencia no estaba en venta. Que prefería ser Proctor en «Las brujas de Salem» —el hombre que muere antes que firmar una confesión falsa— a ser uno más de los acusadores.

También hay que hablar del elefante en la habitación: Marilyn Monroe. Se casaron en 1956, se divorciaron en 1961, y el mundo nunca entendió cómo el intelectual neoyorquino con gafas de pasta había conquistado a la mujer más deseada del planeta. Pero esa pregunta dice más sobre nosotros que sobre ellos. Miller vio en Monroe lo que pocos quisieron ver: una mujer inteligente, atormentada, atrapada en la imagen que el mundo le había impuesto. Escribió «Vidas rebeldes» (1961) para ella, su última película, una historia sobre personas que se resisten a ser domesticadas por un sistema que tritura lo auténtico. Monroe murió un año después. Miller nunca habló públicamente de su dolor, pero reescribió ese dolor en cada obra posterior.

Lo más provocador de Miller es que nunca ofreció soluciones. No era un predicador ni un político. Era un dramaturgo que hacía preguntas insoportables y luego se sentaba a observar cómo el público se retorcía en sus butacas. ¿Es posible ser bueno en un sistema diseñado para premiar la maldad? ¿Puede un hombre común ser un héroe trágico? ¿La verdad importa cuando decirla te destruye? Estas preguntas no tienen respuesta cómoda, y eso es exactamente lo que las hace inmortales.

Hoy, a veintiún años de su muerte, Arthur Miller no necesita homenajes póstumos ni sellos conmemorativos. Lo que necesita —lo que merece— es que dejemos de tratarlo como un clásico empolvado y empecemos a leerlo como lo que realmente es: un cronista furioso del presente. Cada vez que un trabajador es despedido por un algoritmo que no puede ver su rostro, Willy Loman muere otra vez. Cada vez que una corporación esconde un informe de daños, Joe Keller firma otro contrato. Cada vez que alguien es cancelado sin juicio justo, las niñas de Salem vuelven a gritar.

Miller escribió para el teatro, pero en realidad escribió para el insomnio. Para esas noches en las que te preguntas si estás viviendo la vida que elegiste o la que te vendieron. Si eso no es vigencia, no sé qué lo es. Y si después de leer esto sigues pensando que Arthur Miller es solo un nombre en un programa de literatura, te sugiero que busques «La muerte de un viajante», la leas de un tirón, y luego intentes dormir tranquilo. Spoiler: no podrás.

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