William S. Burroughs: El yonqui que le disparó a la literatura en la cabeza (y no falló)
Hace 112 años nació el hombre que convirtió la heroína en tinta y las pesadillas en best-sellers. William S. Burroughs no escribía libros: los vomitaba, los cortaba con tijeras y los pegaba de nuevo como un Frankenstein literario. Si alguna vez pensaste que la literatura era un asunto de señores con pipa y té de las cinco, este tipo llegó para demostrarte que también podía oler a sudor, paranoia y habitaciones de hotel baratas en Tánger.
Nacido el 5 de febrero de 1914 en St. Louis, Missouri, Burroughs era heredero de la fortuna de las máquinas de sumar Burroughs. Sí, leíste bien: el abuelo inventó la calculadora y el nieto se dedicó a calcular cuánta morfina cabía en una jeringa. La ironía es tan perfecta que parece ficción, pero con Burroughs nunca sabes dónde termina la realidad y empieza el delirio.
Estudió en Harvard, se codeó con la élite intelectual, y decidió que todo eso era tremendamente aburrido. Así que hizo lo que cualquier joven de buena familia haría: se mudó a Nueva York, se enganchó a la heroína y empezó a frecuentar criminales de poca monta. Conoció a Allen Ginsberg y Jack Kerouac, y juntos formaron el núcleo duro de la Generación Beat. Pero mientras Kerouac romantizaba la carretera y Ginsberg aullaba contra la maquinaria, Burroughs ya estaba en otro planeta, literalmente hablando de invasiones alienígenas y control mental.
"Junkie" (1953) fue su debut, una autobiografía apenas disfrazada sobre su vida como adicto. Lo escribió bajo el seudónimo de William Lee porque, seamos honestos, a nadie le convenía que lo asociaran con ese contenido en la América de Eisenhower. El libro es crudo, directo, sin moralejas ni redenciones. Burroughs no te cuenta que las drogas son malas; te muestra su rutina diaria y te deja que saques tus propias conclusiones. Spoiler: no son buenas.
Pero el verdadero terremoto llegó en 1959 con "Naked Lunch" ("El almuerzo desnudo"). Imagina que alguien metiera en una licuadora a Kafka, una película de serie B de ciencia ficción, pornografía surrealista y los peores viajes de abstinencia, y luego sirviera el resultado en un vaso sucio. Eso es "Naked Lunch". El libro fue prohibido en varios países y llevado a juicio por obscenidad en Estados Unidos. Norman Mailer lo defendió en el tribunal. La defensa ganó, y de paso se amplió la definición de lo que la literatura podía decir y mostrar.
Lo que hacía único a Burroughs no era solo el contenido, sino el método. Desarrolló junto al artista Brion Gysin la técnica del "cut-up": tomar textos, cortarlos literalmente con tijeras y reorganizarlos al azar. Suena a locura, y probablemente lo era, pero también era una forma de sabotear el control del lenguaje. Para Burroughs, las palabras eran un virus, una herramienta de manipulación. El cut-up era su forma de hackear el sistema.
"The Soft Machine" (1961), "The Ticket That Exploded" (1962) y "Nova Express" (1964) conforman su trilogía de Nova, donde llevó el cut-up al extremo. Son libros difíciles, alucinantes, que requieren que el lector abandone toda expectativa de narrativa convencional. No son para todos, y Burroughs lo sabía. "No me interesa entretener", dijo una vez. "Me interesa infectar".
Y hablando de cosas incómodas, hay que mencionar el elefante en la habitación: en 1951, en Ciudad de México, Burroughs mató a su esposa Joan Vollmer de un disparo en la cabeza durante un juego de "Guillermo Tell" mientras ambos estaban borrachos. Fue declarado homicidio imprudencial y pasó solo trece días en la cárcel. Burroughs cargó con esa culpa el resto de su vida y afirmó que ese evento lo convirtió en escritor, que un "espíritu maligno" había tomado posesión de él. No es una excusa, es una explicación horrible para un acto horrible, pero forma parte inseparable de su biografía.
Su influencia es difícil de exagerar. David Bowie usó el cut-up para escribir letras. Kurt Cobain lo consideraba un héroe. Patti Smith lo veneraba. Gus Van Sant adaptó partes de su obra. Steely Dan tomó su nombre de un consolador mencionado en "Naked Lunch". William Gibson ha reconocido que sin Burroughs no existiría el cyberpunk. El control corporativo, la vigilancia, la adicción como metáfora del capitalismo: todo eso estaba en Burroughs décadas antes de que se pusiera de moda.
Murió en 1997, a los 83 años, en Lawrence, Kansas, rodeado de gatos y todavía experimentando. Sus últimas palabras escritas en su diario fueron: "Love? What is it? Most natural painkiller what there is. LOVE". Del tipo que escribió sobre insectos gigantes copulando y ejecuciones orgásmicas, estas palabras finales resultan casi tiernas.
Burroughs no era un autor que pudieras recomendar a tu abuela, a menos que tu abuela fuera muy particular. Era incómodo, perturbador, a veces ilegible. Pero abrió puertas que nadie sabía que existían. Demostró que la literatura podía ser un acto de terrorismo lingüístico, una forma de resistencia contra todo lo que nos dicen que debemos pensar y sentir.
Así que hoy, 112 años después de su nacimiento, levantemos una copa por el viejo Bill. Por el yonqui de Harvard que le enseñó a la literatura a no tener miedo de sí misma. Por el hombre que demostró que a veces, para crear algo nuevo, hay que cortar lo viejo en pedazos y ver qué sale. El resultado puede ser un monstruo, pero al menos será un monstruo honesto.
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