文章 02月13日 17:10

Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros (y esa era la idea)

Umberto Eco murió hace 10 años y seguimos sin entender sus libros (y esa era la idea)

Hace exactamente una década, el 19 de febrero de 2016, se apagó el cerebro más laberíntico que haya producido Italia desde Leonardo da Vinci. Umberto Eco se fue dejándonos una biblioteca de 50.000 volúmenes, una legión de lectores que fingen haber terminado El péndulo de Foucault, y la incómoda sospecha de que sabía más sobre el siglo XXI que todos los gurús de Silicon Valley juntos. Lo que nadie esperaba es que diez años después sus novelas funcionaran mejor como manual de supervivencia que como ficción.

Empecemos por la verdad incómoda: la mayoría de la gente que dice haber leído El nombre de la rosa abandonó en la página 80, justo cuando Eco decide que necesitas un curso acelerado de teología medieval antes de llegar al primer cadáver. Y eso, amigos, no es un defecto. Es una declaración de guerra contra la cultura del atajo. En un mundo donde consumimos información en píldoras de 280 caracteres, Eco te obligaba a ganarte cada revelación. Te exigía esfuerzo. Te trataba como un adulto. Qué concepto tan radical.

Pero aquí viene lo verdaderamente perturbador. El nombre de la rosa, publicada en 1980, cuenta la historia de una abadía donde se asesina para controlar el acceso al conocimiento. Un libro —el segundo tomo de la Poética de Aristóteles sobre la comedia— es considerado tan peligroso que un monje ciego decide que es mejor envenenar a quien lo lea que permitir que la risa se convierta en herramienta filosófica. Sustitúyase «libro sobre la risa» por «inteligencia artificial» o «acceso libre a la información» y díganme que no estamos viviendo exactamente la misma discusión. Jorge de Burgos habría sido un magnífico CEO de cualquier corporación tecnológica actual.

Y luego está El péndulo de Foucault, publicada en 1988, que es básicamente la profecía más precisa sobre internet que se haya escrito jamás. Tres editores aburridos deciden inventar una conspiración conectando datos aleatorios —templarios, masones, alquimistas— y descubren, horrorizados, que la gente se la cree. Que una vez lanzas una narrativa al mundo, cobra vida propia. Eco escribió esto treinta años antes de QAnon, antes de los antivacunas virales, antes de que tu tío compartiera en el grupo de WhatsApp familiar que los illuminati controlan el precio del aguacate. El péndulo de Foucault no es una novela: es el manual de instrucciones de la posverdad.

Lo que hacía a Eco diferente de cualquier otro novelista —y aquí viene la parte que a muchos escritores les fastidia admitir— es que era un intelectual de verdad metido a narrador, no un narrador que se las daba de intelectual. Antes de escribir ficción, ya era uno de los semiólogos más importantes del planeta. Su tratado sobre semiótica de 1976 cambió cómo entendemos los signos, los símbolos, la comunicación misma. Cuando decidió escribir novelas a los 48 años, no fue por capricho: fue porque descubrió que la ficción podía hacer lo que el ensayo académico no conseguía. Podía hacer que sintieras una idea, no solo que la entendieras.

Hay un detalle que siempre me ha parecido revelador. Eco tenía aquella famosa biblioteca de 50.000 libros y cuando algún visitante le preguntaba si los había leído todos, respondía: «No, estos son los que me faltan por leer». No era falsa modestia. Era una declaración epistemológica disfrazada de broma. Lo que no sabes es más importante que lo que sabes. La ignorancia consciente es el verdadero motor del conocimiento. En la era de Google, donde todos creemos saberlo todo porque podemos buscarlo en tres segundos, esa lección duele especialmente.

Su última novela, Número cero, publicada apenas un año antes de su muerte, atacaba directamente la fabricación de noticias falsas. La trama gira en torno a un periódico diseñado no para informar, sino para chantajear y manipular. Eco la escribió en 2015. Un año después, «fake news» se convertiría en la expresión del año. A veces uno se pregunta si el tipo simplemente era más listo que todos nosotros o si tenía algún tipo de acceso privilegiado al futuro.

Pero reducir a Eco a profeta sería caer en exactamente el tipo de simplificación que él detestaba. Lo que realmente nos dejó fue algo más valioso: un método. Sus novelas enseñan a pensar críticamente sin que te des cuenta de que estás aprendiendo. Mientras sigues las pistas de Guillermo de Baskerville en la abadía, estás absorbiendo lógica deductiva, escepticismo, y la diferencia entre correlación y causalidad. Mientras te pierdes en las conspiraciones del Péndulo, estás aprendiendo a reconocer el patrón exacto que usan los charlatanes para venderte cualquier cosa, desde criptomonedas milagrosas hasta dietas cuánticas.

Hay algo casi cruel en su vigencia. Cada año que pasa, Eco se vuelve más relevante. Cada nueva oleada de desinformación, cada teoría conspirativa que se viraliza, cada debate sobre quién controla el conocimiento y quién decide qué podemos leer, pensar o cuestionar, convierte sus novelas en algo menos parecido a la ficción y más parecido a un diagnóstico clínico de nuestra civilización.

La tentación, claro, es convertirlo en santo laico de la razón. Pero eso también sería traicionarlo. Eco era divertido. Era irónico. Coleccionaba libros sobre teorías falsas no por arrogancia sino por genuina fascinación con la capacidad humana de inventar disparates maravillosos. Entendía que la estupidez y la genialidad comparten el mismo origen: la imaginación desbordada. La diferencia, solía sugerir, es que el genio sabe que está especulando y el idiota cree que ha descubierto la verdad.

Diez años después de su muerte, el mejor homenaje que podemos hacerle no es releerlo —aunque deberían, y esta vez intenten pasar de la página 80—. Es aplicar lo que nos enseñó: desconfiar de las narrativas demasiado perfectas, abrazar la complejidad, y recordar que la biblioteca más valiosa no es la de los libros que has leído, sino la de los que te recuerdan todo lo que aún no sabes. En un mundo que premia las respuestas rápidas, Eco apostó por las preguntas lentas. Y ganó.

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"写作就是思考。写得好就是清晰地思考。" — 艾萨克·阿西莫夫