Tu primer borrador es basura — y los genios de la literatura lo sabían mejor que tú
Tu primer borrador es basura — y los genios de la literatura lo sabían mejor que tú
Hemingway lo dijo sin filtros: «El primer borrador de cualquier cosa es una mierda». Y no lo decía como consuelo barato para escritores mediocres. Lo decía porque él, el Nobel de Literatura, el tipo que redefinió la prosa del siglo XX, tiraba a la basura páginas enteras antes del desayuno. Si crees que tu primer borrador debería ser brillante, tengo malas noticias: estás confundiendo escribir con editar, y eso te está destruyendo como escritor.
Pero espera, que la cosa se pone peor. Porque el problema no es solo que tu borrador sea malo. El problema es que tú crees que no debería serlo. Ahí está la trampa mortal. Esa vocecita interior que te dice «si fueras un escritor de verdad, las palabras fluirían perfectas desde el principio» es, con todo respeto, la mayor mentira que te han vendido. Y te la tragaste entera.
Hablemos de datos concretos. Tolstói reescribió «Guerra y Paz» siete veces. Siete. Su esposa, Sofía, copió a mano el manuscrito completo al menos ocho veces, porque en la Rusia de 1860 no existía el Ctrl+C. Estamos hablando de más de 1.200 páginas copiadas a mano, una y otra vez, mientras Tolstói tachaba párrafos enteros y garabateaba nuevos en los márgenes. ¿Crees que el primer borrador de una de las mejores novelas de la historia era bueno? Era un desastre con potencial, que es exactamente lo que debería ser un primer borrador.
Y no fue solo Tolstói. Dostoievski escribió cinco versiones completas de «Los demonios» antes de quedarse con la que conocemos. Nabokov componía en fichas de cartón que reordenaba obsesivamente, como un jugador de póker reorganizando su mano. Raymond Carver entregaba cuentos que su editor, Gordon Lish, recortaba hasta dejarlos en la mitad. La mitad. Imagina escribir diez páginas y que alguien te diga: «Las cinco primeras sobran». Eso no es crueldad, es edición.
Aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: el primer borrador no es escritura. Es excavación. Estás cavando en la tierra buscando algo que ni siquiera sabes qué forma tiene. A veces sacas una piedra. A veces sacas barro. Y muy de vez en cuando, entre todo ese barro, aparece algo que brilla. Pero si dejas de cavar porque el barro te parece feo, nunca llegarás al oro.
Stephen King, que ha publicado más de sesenta novelas, lo explica con una metáfora perfecta en «Mientras escribo»: el primer borrador es como desenterrar un fósil. No sabes qué criatura es. Solo cavas. El segundo borrador es cuando limpias los huesos con un pincel fino. Y el tercero es cuando montas el esqueleto en el museo. Si intentas montar el esqueleto mientras todavía estás cavando, vas a romper los huesos. Así de simple.
El verdadero veneno moderno tiene nombre: la pantalla en blanco del procesador de texto. En la era de la máquina de escribir, los escritores no podían releer obsesivamente cada párrafo. Tecleaban, pasaban la página, seguían adelante. Hoy, el cursor parpadeante te hipnotiza. Vuelves al párrafo anterior. Lo relees. Lo corriges. Lo vuelves a corregir. Y antes de que te des cuenta, llevas tres horas editando la primera página y no has escrito la segunda. Eso no es perfeccionismo. Es parálisis disfrazada de estándar alto.
Jack Kerouac escribió «En el camino» en tres semanas, alimentado por café y benzedrina, en un rollo continuo de papel para teletipo para no tener que detenerse a cambiar hojas. ¿Era buen primer borrador? Era caótico, desbordante, lleno de repeticiones y pasajes que no iban a ningún lado. Pero tenía vida. Tenía pulso. La energía salvaje de ese primer borrador es lo que hace que el libro, incluso después de la edición, siga vibrando sesenta años después. Si Kerouac se hubiera detenido a pulir cada frase, jamás habría terminado la primera página.
Ahora, seamos honestos sobre algo incómodo: la resistencia a aceptar un borrador imperfecto no es un problema técnico. Es un problema emocional. Es ego. Es el miedo a que, si lo que sale de tu cabeza no es inmediatamente genial, entonces tal vez no eres escritor. Tal vez eres un farsante. Tal vez deberías dedicarte a otra cosa. Ese miedo tiene un nombre clínico — se llama síndrome del impostor — y ha paralizado a más escritores que todas las crisis económicas juntas.
La solución es brutalmente simple, aunque no fácil: escribe mal a propósito. No «permite que salga imperfecto». Escribe mal. Deliberadamente. Anne Lamott, en su brillante libro «Bird by Bird», lo llama «los borradores de mierda» (shitty first drafts) y lo convierte en mandamiento: tienes permiso para escribir la peor basura del mundo, siempre y cuando la escribas. Porque un borrador malo se puede arreglar. Una página en blanco no se puede arreglar.
Piénsalo así: ¿alguna vez has visto a un escultor quejarse de que el bloque de mármol no tiene forma de David? No. El escultor sabe que su trabajo es quitar lo que sobra. Tu primer borrador es el bloque de mármol. Tosco, pesado, sin forma aparente. Pero todo lo que necesitas está dentro. Solo tienes que tener el coraje de empezar a golpear con el cincel.
Y aquí está el secreto que los escritores profesionales conocen y los amateurs ignoran: la edición es donde ocurre la magia. El primer borrador es trabajo. La edición es arte. Cuando vuelves a tu texto con ojos frescos — idealmente después de dejarlo reposar unos días, como sugería Horacio hace dos mil años con su consejo de «guardar el manuscrito nueve años» (tampoco hay que pasarse) — empiezas a ver las costuras, los hilos sueltos, las frases que creías brillantes a las tres de la mañana y que a la luz del día resultan ser pretenciosas o vacías. Y entonces cortas, reescribes, reorganizas. Eso es escribir.
Así que la próxima vez que te sientes frente a la pantalla y sientas la tentación de borrar todo porque no suena como García Márquez en su mejor momento, recuerda esto: García Márquez pasó dieciocho meses encerrado escribiendo «Cien años de soledad», fumando sesenta cigarrillos al día, y cuando terminó, su esposa Mercedes había empeñado el coche, la batidora y el calentador para pagar las cuentas. No salió perfecto del primer intento. Salió terminado. Y después lo mejoró.
Tu primer borrador es basura. Felicidades. Eso significa que estás escribiendo. Y un escritor que escribe basura está infinitamente más cerca de publicar algo extraordinario que un perfeccionista con la página en blanco. Ahora cierra este artículo, abre tu documento, y escribe la peor frase que se te ocurra. La segunda será mejor. La tercera, mejor aún. Y para cuando llegues a la página cincuenta, tendrás algo que merece ser editado. Que es, al final, todo lo que necesitas.
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