Jules Verne inventó el futuro desde un escritorio: 198 años del hombre que nos hizo llegar tarde
Imagina a un tipo en el siglo XIX, sentado en un despacho de Amiens, sin Google, sin Wikipedia, sin haber pisado jamás un submarino, que describe con precisión escalofriante cómo sería viajar bajo el océano, dar la vuelta al mundo en tiempo récord o descender al corazón mismo del planeta. Ahora imagina que la NASA, cien años después, consulta sus novelas antes de lanzar un cohete. No es ciencia ficción. Es Jules Verne, y hoy cumpliría 198 años. Y nosotros seguimos intentando alcanzarlo.
Nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, Francia, en una familia de abogados que esperaba de él exactamente eso: que fuera abogado. Su padre, Pierre Verne, tenía un plan perfecto para su hijo mayor. Jules tenía otro. A los once años, según la leyenda familiar, intentó embarcarse como grumete en un navío con destino a las Indias. Su padre lo interceptó a tiempo y el chico recibió una paliza memorable. «Solo viajaré en mi imaginación», prometió Jules entre lágrimas. Fue la promesa más productiva de la historia de la literatura.
Porque ese niño castigado se convirtió en el autor más traducido de la lengua francesa y el segundo más traducido del mundo, solo por detrás de Agatha Christie. Escribió más de sesenta novelas dentro de su serie «Viajes extraordinarios», y lo hizo con una disciplina que haría llorar a cualquier escritor contemporáneo: se levantaba a las cinco de la mañana, escribía hasta mediodía, y por las tardes devoraba revistas científicas, informes geográficos y relatos de exploradores. Era, básicamente, un algoritmo humano de procesamiento de información disfrazado de novelista con bigote.
Pero lo verdaderamente perturbador de Verne no es cuánto escribió, sino cuánto acertó. En «Veinte mil leguas de viaje submarino» (1870), describió el Nautilus, un submarino eléctrico capaz de recorrer los océanos en completa autonomía. Cuando lo escribió, los submarinos eran poco más que ataúdes con hélice. En «De la Tierra a la Luna» (1865), lanzó una cápsula tripulada desde Florida —sí, Florida, como Cabo Cañaveral— que orbitaba la Luna y regresaba cayendo al Océano Pacífico. Un siglo después, el Apolo 8 hizo exactamente eso. La coincidencia geográfica es tan precisa que da escalofríos. O risa nerviosa.
Y luego está «La vuelta al mundo en ochenta días» (1872), que no predice tecnología sino algo más sutil: la obsesión moderna con la eficiencia y el tiempo. Phileas Fogg es el primer personaje literario que vive esclavo del reloj, que optimiza cada minuto, que convierte el viaje en logística pura. Es, si lo piensas, el primer CEO de la literatura. Un hombre que no viaja para descubrir, sino para demostrar que se puede. Suena familiar, ¿verdad? Elon Musk con levita y sombrero de copa.
Lo que pocos saben es que Verne no era un científico. Era un obseso de la documentación. Mantenía un archivo de más de veinte mil fichas con datos extraídos de publicaciones científicas. Su editor, Pierre-Jules Hetzel, fue fundamental: lo obligaba a reescribir, a suavizar sus finales más oscuros, a hacer sus personajes más humanos. El Verne original era más sombrío de lo que creemos. En su versión inicial de «Veinte mil leguas», el capitán Nemo era un noble polaco cuya familia había sido asesinada por los rusos. Hetzel, temiendo problemas diplomáticos, lo obligó a dejarlo en misterio. La censura editorial, curiosamente, mejoró al personaje.
«Viaje al centro de la Tierra» (1864) es quizás su novela más descaradamente imposible desde el punto de vista científico, y sin embargo es la que mejor captura su espíritu. Porque Verne nunca pretendió ser riguroso: pretendió ser irresistible. El profesor Lidenbrock, su protagonista, es un científico impaciente, gruñón, brillante y completamente temerario. Es el antepasado directo de Indiana Jones, de todo explorador de ficción que antepone la curiosidad al sentido común. Verne entendió algo que muchos escritores olvidan: la ciencia sin aventura aburre, y la aventura sin ciencia es fantasía vacía.
Su vida personal fue menos épica que sus novelas, y eso también es revelador. Se casó con una viuda con dos hijas, tuvo un hijo que le dio más problemas que el Nautilus, y en 1886 recibió un disparo de su sobrino Gaston, que le dejó una cojera permanente. Sí, el hombre que imaginó viajes al espacio fue tiroteado por un familiar con problemas mentales en la puerta de su propia casa en Amiens. La realidad, como siempre, tiene peor guionista que la ficción.
Tras el disparo, su escritura se oscureció notablemente. Las novelas tardías de Verne —«El castillo de los Cárpatos», «El secreto de Wilhelm Storitz»— son más pesimistas, más críticas con el progreso tecnológico. El hombre que había celebrado la ciencia empezó a temerla. «París en el siglo XX», una novela escrita en 1863 pero publicada póstumamente en 1994, describe una ciudad dominada por la tecnología donde la cultura ha muerto y los poetas se mueren de hambre. Hetzel rechazó publicarla porque le pareció demasiado deprimente. Ciento treinta años después, suena como un artículo de opinión del New York Times.
La influencia de Verne en la literatura es un mapa sin bordes. H.G. Wells, aunque lo negara, le debe medio oficio. Ray Bradbury confesó que Verne fue su primera adicción lectora. Toda la ciencia ficción del siglo XX tiene su ADN. Pero su legado trasciende lo literario: ingenieros, científicos y exploradores reales han citado a Verne como inspiración. Simon Lake, inventor del submarino moderno, dedicó su autobiografía a Verne. Yuri Gagarin mencionó a Verne en entrevistas. Cuando la ficción inspira la realidad hasta ese punto, deja de ser ficción: se convierte en profecía con derechos de autor.
Hoy Jules Verne cumpliría 198 años, y la mejor forma de celebrarlo no es releerlo con nostalgia, sino con asombro. Porque en una época sin electricidad, sin aviones, sin internet, un hombre con fichas de cartón y una imaginación sin límites dibujó el mundo en el que ahora vivimos. Y lo hizo entreteniendo, que es el pecado imperdonable que la academia nunca le perdonó del todo. Verne no ganó el Nobel. No fue tomado en serio por los críticos de su tiempo. Pero aquí estamos, 198 años después, hablando de él. De los críticos que lo despreciaron, nadie recuerda ni el nombre. La venganza más elegante es la permanencia.
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