Cortázar lleva 42 años muerto y sigue escribiendo mejor que la mayoría de los vivos
Cortázar lleva 42 años muerto y sigue escribiendo mejor que la mayoría de los vivos
El 12 de febrero de 1984, Julio Cortázar cerró los ojos en París y dejó al mundo con un problema enorme: nadie ha podido superarlo. Cuarenta y dos años después, seguimos leyendo Rayuela como si fuera un manual de instrucciones para desarmar la realidad, y sus cuentos siguen provocando más insomnio que cualquier serie de Netflix. Lo más irritante del asunto es que Cortázar no solo cambió la literatura latinoamericana: cambió la forma en que entendemos lo que significa leer.
Pensémoslo un momento. Estamos en 2026. Vivimos en la era del scroll infinito, de los videos de quince segundos, de la atención fragmentada hasta el absurdo. Y resulta que hay un argentino nacido en 1914 que ya había inventado la lectura no lineal antes de que existiera el hipertexto. Rayuela, publicada en 1963, te proponía algo que hoy haría palidecer a cualquier diseñador de experiencia de usuario: elegir tu propio camino por el libro, saltar de capítulo en capítulo, construir tu propia novela dentro de la novela. ¿Les suena familiar? Cortázar inventó la navegación web cuarenta años antes de que Tim Berners-Lee conectara su primer servidor.
Pero vayamos por partes, porque reducir a Cortázar a Rayuela es como reducir a los Beatles al álbum blanco. Sus cuentos son, posiblemente, lo más perfecto que se ha escrito en lengua castellana en el siglo XX. Y no lo digo con la solemnidad de un crítico literario fumando pipa en un sillón de cuero, sino con la convicción de alguien que ha leído «La noche boca arriba» a las tres de la madrugada y ha tenido que encender todas las luces de la casa. Ese cuento, donde un motociclista accidentado descubre que en realidad es un prisionero azteca a punto de ser sacrificado — o quizás es al revés, y esa es la genialidad —, sigue siendo una de las mejores trampas narrativas jamás construidas.
Las armas secretas y Blow-Up, esa colección que Antonioni convirtió en película en 1966, demostró algo que la literatura contemporánea todavía no termina de digerir: que lo fantástico no necesita dragones ni naves espaciales. Cortázar metía lo extraño en lo cotidiano con la naturalidad de quien mete azúcar en el café. Un hombre que vomita conejitos. Una casa que se va achicando misteriosamente. Una autopista donde el tráfico dura meses. Lo perturbador en Cortázar no viene de otro mundo: viene del nuestro, solo que él sabía mirar donde nosotros preferimos no hacerlo.
Y luego está 62/Modelo para armar, esa novela de 1968 que todo el mundo dice haber leído y casi nadie entiende del todo. Nació del capítulo 62 de Rayuela, como un hijo rebelde que se escapa de la casa paterna. Es una novela que funciona como un organismo vivo: los personajes no actúan por voluntad propia sino por impulsos colectivos, por una especie de marea subconsciente que los arrastra. Suena a ciencia ficción psicológica, pero Cortázar la escribió con la misma elegancia con la que preparaba su mate en aquel departamento parisino de la rue de Sèvres. Si la inteligencia artificial alguna vez escribe una novela decente, probablemente se parecerá a algo que Cortázar ya imaginó en este libro.
Lo que hace que su legado sea tan irritantemente vigente es que Cortázar nunca escribió para impresionar. Escribía para jugar. Y esa es una distinción fundamental que la literatura actual, tan obsesionada con la autoficción solemne y el trauma como moneda de cambio, parece haber olvidado. Cortázar se tomaba en serio el juego. Para él, la literatura era un mecanismo lúdico de conocimiento, no un ejercicio de vanidad autobiográfica. Cada cuento era un experimento, cada novela era una apuesta. Y casi siempre ganaba.
Hay algo profundamente subversivo en su actitud que resuena hoy más que nunca. En una época donde los algoritmos nos dicen qué leer, qué ver y qué pensar, Cortázar nos recuerda que el acto de leer debería ser un acto de libertad radical. Rayuela no te dice cómo leerla: te obliga a decidir. Y esa decisión, ese momento en que el lector deja de ser pasivo y se convierte en cómplice, es quizás la mayor revolución literaria del siglo XX. Más que el realismo mágico de García Márquez, más que el laberinto borgiano, lo que Cortázar propuso fue una democracia de la lectura.
Su influencia se filtra por todas partes, aunque no siempre se reconozca. Cada vez que un escritor juega con la estructura, cada vez que una novela gráfica rompe la secuencia lineal, cada vez que un videojuego narrativo ofrece múltiples finales, hay un eco de aquel argentino larguirucho de dos metros que caminaba por París con cara de asombro perpetuo. David Lynch ha dicho que sus películas buscan esa misma sensación de lo familiar vuelto extraño. Haruki Murakami reconoce la deuda abiertamente. Roberto Bolaño, que no le hacía reverencias a nadie, consideraba a Cortázar un maestro indiscutible.
Pero quizás lo más extraordinario de Cortázar es que sigue siendo peligroso. No en el sentido político, aunque también lo fue — su compromiso con las causas latinoamericanas le costó amistades y le ganó enemigos —, sino en el sentido literario. Leerlo a los veinte años puede arruinarte la vida de la mejor manera posible: te vuelve incapaz de conformarte con la mediocridad narrativa. Te enseña que un cuento puede ser un puñetazo en el estómago y una caricia en la mejilla al mismo tiempo. Te muestra que las palabras pueden hacer cosas que ni siquiera sabías que necesitabas.
Cuarenta y dos años. Es mucho tiempo y es nada. Cortázar murió de leucemia en París, apenas dos años después de que Mitterrand le concediera la nacionalidad francesa, y pocas semanas después de que su última esposa, Carol Dunlop, muriera de la misma enfermedad. Hay quienes dicen que se murió de tristeza más que de leucemia. Sea como sea, se fue dejando una obra que funciona como esas cajas chinas que tanto le gustaban: siempre hay otra capa por descubrir, otro significado escondido, otra puerta que no habías visto.
Si nunca lo has leído, te envidio. Tienes por delante el descubrimiento de un universo. Y si ya lo leíste, sabes perfectamente de qué hablo: esa sensación de que después de Cortázar, la realidad ya nunca vuelve a ser del todo confiable. Que detrás de cada puerta cerrada puede haber un tigre, detrás de cada autopista un mundo paralelo, y detrás de cada partida de rayuela, una pregunta que no tiene respuesta pero que vale la pena seguir haciéndose.
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