Cómo escribir escenas de sexo sin parecer un completo idiota
Cómo escribir escenas de sexo sin parecer un completo idiota
Cada año, la Universidad de Cambridge entrega el premio Bad Sex in Fiction Award al peor pasaje erótico publicado en lengua inglesa. Ganadores: escritores consagrados, bestsellers, tipos con doctorado. Morrissey lo ganó en 2015 con una escena donde comparaba el orgasmo con «un bombardero en picado». Ben Okri, Premio Booker, describió unos genitales como «una extraña flor marina». Si ellos la cagan, imagínate tú. Pero tranquilo, porque escribir una buena escena de sexo no requiere talento sobrenatural. Solo requiere no cometer los mismos errores estúpidos que llevan décadas repitiéndose.
El primer mandamiento es simple: no uses metáforas ridículas. Lo digo en serio. Nada de «su virilidad palpitante», nada de «la cueva húmeda de su deseo», nada de «espadas» ni «vainas» ni «volcanes en erupción». Cada vez que escribes una metáfora así, en algún lugar del mundo un editor literario se arranca un mechón de pelo. Las metáforas floridas son el error número uno porque delatan al escritor que tiene vergüenza de lo que está escribiendo. Y si tú tienes vergüenza, el lector la huele a kilómetros. Gabriel García Márquez, en «El amor en los tiempos del cólera», escribía sobre sexo con la misma naturalidad con la que describía un almuerzo. Sin aspavientos. Sin eufemismos barrocos. Esa es la clave.
Segundo mandamiento: una escena de sexo es una escena de personajes. No es pornografía. No es un manual de anatomía. Es el momento donde dos personas se muestran vulnerables, donde las máscaras se caen — o se refuerzan. Ian McEwan lo entendió perfectamente en «En la playa de Chesil». Toda la novela gira alrededor de una noche de bodas desastrosa. La escena no es explícita, pero es devastadora, porque lo que importa no es qué hacen los cuerpos sino qué piensan, qué temen, qué esperan esos dos seres humanos desnudos el uno frente al otro. Si tu escena de sexo se puede reemplazar por cualquier otra escena de sexo sin que cambie nada en la trama, bórrala. No sirve.
Tercer mandamiento — y aquí viene lo práctico: decide cuánto mostrar antes de escribir una sola palabra. Existen tres niveles y los tres son perfectamente válidos. El primero es la puerta cerrada: los personajes se besan, fundido a negro, siguiente capítulo. Funciona si el sexo no es central para tu historia. Lo usaba Hemingway y nadie le llamó cobarde. El segundo es la sugerencia sensorial: describes sensaciones, fragmentos, temperatura de la piel, respiración, sin entrar en mecánica explícita. Es lo que hacía Anaïs Nin en sus mejores páginas, antes de que sus editores le pidieran ser más burda. El tercero es la escena explícita, sin censura, que requiere la mayor habilidad técnica. Henry Miller lo intentó. A veces lo logró. Otras veces escribió cosas que hoy provocan risa involuntaria. Elige tu nivel y mantente ahí. Lo peor es empezar siendo sutil y de repente soltar un término anatómico que rompe el tono como un martillazo.
Cuarto mandamiento: usa los cinco sentidos, pero no los cinco al mismo tiempo. Un error frecuente es la escena de sexo que parece un inventario sensorial: «olía a jazmín, sabía a miel, su piel era de seda, gemía como un violín, y todo era de color púrpura». Eso no es erotismo, es una lista de la compra. Elige uno o dos sentidos dominantes y apóyate en ellos. Marguerite Duras, en «El amante», apostó casi todo al tacto y a la temperatura del aire en aquella habitación de Saigón. El resultado es una de las escenas más eróticas de la literatura del siglo XX, y apenas describe nada explícito.
Quinto mandamiento: el ritmo de la prosa importa tanto como el contenido. Las frases largas ralentizan, crean anticipación, tensión, ese momento en que todo se suspende. Las frases cortas aceleran. Golpean. Así. Un buen escritor alterna ambas como un músico controla el tempo. Milan Kundera era un maestro en esto: en «La insoportable levedad del ser», las escenas íntimas oscilan entre reflexión filosófica lenta y momentos de una brevedad casi brutal. Ese contraste es lo que genera impacto.
Sexto mandamiento: permite que las cosas salgan mal. En la vida real, el sexo es torpe, incómodo, a veces ridículo. Los codos estorban. Alguien se da un golpe con la cabecera. La cremallera se atasca. Si tus personajes tienen relaciones sexuales perfectas y coreografiadas como un ballet, estás escribiendo fantasía, no ficción. Philip Roth construyó media carrera sobre el sexo imperfecto, vergonzoso, desesperado. Y funcionaba porque era reconocible. El lector leía aquello y pensaba: «Dios mío, a mí también me ha pasado». Esa conexión vale más que mil descripciones de cuerpos perfectos bañados por la luz de la luna.
Séptimo mandamiento: después importa tanto como durante. Los escritores novatos terminan la escena de sexo y cortan a la siguiente mañana o al siguiente capítulo, como si una vez que los cuerpos se separan no quedara nada que contar. Error. Lo que pasa después — el silencio, la conversación torpe, el arrepentimiento, la ternura inesperada, el hambre súbita — define a los personajes tanto como el acto mismo. Haruki Murakami lo hace magníficamente: sus personajes post-coitales cocinan pasta, fuman, dicen cosas absurdas. Y esos momentos se quedan grabados en la memoria del lector más que cualquier descripción física.
Octavo mandamiento: lee buenas escenas de sexo antes de escribir las tuyas. Parece obvio, pero la mayoría de escritores que fracasan en este terreno no han estudiado cómo lo hacen los que triunfan. Lee a Jeanette Winterson en «Escrito en el cuerpo». Lee a James Baldwin en «El cuarto de Giovanni». Lee a Almudena Grandes en «Las edades de Lulú». No para copiarlos, sino para entender que no existe una única forma correcta: existe la forma que encaja con tu voz, tu historia y tus personajes.
Y el mandamiento final, el más importante de todos: si la escena no es necesaria, no la escribas. No metas sexo porque «toca», porque llevas cien páginas sin acción, porque crees que vende. El lector nota cuando una escena de sexo está ahí por obligación, igual que nota cuando un beso en una película existe solo para justificar el póster. Si no avanza la trama, si no revela algo nuevo sobre los personajes, si no cambia la dinámica entre ellos, es relleno. Y el relleno erótico es el peor tipo de relleno, porque además de aburrido, resulta incómodo.
Así que la próxima vez que llegues a ese punto de tu novela donde dos personajes van a terminar en la cama, respira. No entres en pánico. Recuerda que no necesitas ser Nabokov ni Henry Miller. Solo necesitas ser honesto, ser específico y, sobre todo, respetar a tus personajes lo suficiente como para no convertirlos en muñecos de plástico articulados. Escribe la escena que tu historia necesita, con las palabras que tu voz permite, y tendrás algo que ningún premio al peor sexo literario podrá tocar.
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