Una IA escribió un bestseller y tú sigues peleándote con la página en blanco
En 2023, una novela generada por inteligencia artificial llegó a la lista final de un premio literario en Japón. El autor, Rie Kudan, confesó que cerca del cinco por ciento de su texto ganador del prestigioso Premio Akutagawa fue escrito por ChatGPT. Mientras tanto, tú y yo seguíamos discutiendo si la coma iba antes o después del «pero». La pregunta ya no es si las máquinas pueden escribir. La pregunta, incómoda y filosa como un papel cortándote el dedo, es: ¿qué demonios vamos a hacer nosotros ahora?
Pero vamos por partes, que esto tiene más capas que una novela de Dostoyevski.
Primero, el contexto. En 2024, Amazon se inundó de libros generados por IA. Miles. Literalmente miles. Guías de viaje que inventaban restaurantes inexistentes, manuales de setas que confundían las comestibles con las venenosas (sí, alguien podría haber muerto por culpa de un algoritmo con delirios de micólogo), y novelas románticas producidas en serie con la velocidad de una fábrica de salchichas. La plataforma Kindle Direct Publishing tuvo que imponer límites: máximo tres libros por día por cuenta. ¿Tres libros por día? Balzac, que era una máquina humana alimentada a café y deudas, tardaba meses en terminar una novela. Y aquí estamos, poniendo límites porque hay quien publica tres antes del desayuno.
Ahora bien, antes de que te pongas a llorar sobre tu manuscrito inacabado, déjame contarte algo que quizá te consuele. O quizá no. En 1907, un tipo llamado Wallace Flint propuso las máquinas expendedoras de libros. La gente se horrorizó. «¡El fin de la literatura!», gritaron. Luego llegó la radio, y gritaron lo mismo. Después la televisión. Luego internet. Y después los ebooks. Cada vez, el mismo funeral. Y la literatura, terca como Hemingway frente a una botella de whisky, seguía respirando.
Pero esta vez es diferente. Y lo digo sin dramatismo barato: esta vez la máquina no distribuye el texto, lo crea. Es como si la imprenta de Gutenberg no solo hubiera copiado la Biblia, sino que hubiera escrito una versión alternativa donde Jonás se come a la ballena. Estamos ante un cambio de paradigma, y quien no lo vea está más ciego que Borges (que al menos tenía la excusa de la genialidad).
Los números asustan. Un estudio de la Universidad de Stanford reveló que lectores no pudieron distinguir consistentemente entre poesía escrita por humanos y poesía generada por GPT-4. Repito: poesía. Ese supuesto último bastión del alma humana, ese territorio sagrado donde se suponía que las máquinas jamás entrarían porque carecen de corazón roto, de noches de insomnio, de esa exquisita capacidad de sufrir que alimenta los sonetos. Pues resulta que un algoritmo entrenado con millones de textos puede simular el sufrimiento lo bastante bien como para engañar a un jurado.
¿Y sabes qué es lo verdaderamente perturbador? Que no importa si la IA «siente» o no. Importa si el lector siente al leerla. Y cada vez más lectores sienten. El debate filosófico sobre la consciencia artificial es fascinante para una cena con amigos pretenciosos, pero el mercado editorial no opera con filosofía. Opera con ventas. Y las ventas no preguntan quién escribió el libro.
Aquí es donde muchos escritores adoptan la postura del avestruz intelectual: «La IA nunca podrá reemplazar la creatividad humana». Claro, claro. Lo mismo decían los copistas medievales sobre la imprenta. Lo mismo decían los cocheros sobre el automóvil. Lo mismo decían los operadores de centralita sobre el teléfono automático. La historia es un cementerio de profesiones que se creían irremplazables.
Pero —y aquí viene el giro, porque todo buen artículo necesita uno— la IA tiene un problema fundamental que nadie menciona lo suficiente. No tiene nada que decir. Puede decirlo todo de maneras infinitas, con una elocuencia que haría llorar a Cervantes, pero no tiene una maldita cosa propia que comunicar. Es un loro con un vocabulario de toda la humanidad. Impresionante, sin duda. Pero sigue siendo un loro. Cuando Kafka escribió «La metamorfosis», no estaba ejecutando un algoritmo de probabilidad lingüística. Estaba vomitando su terror existencial ante un padre tiránico y un mundo absurdo. Cuando García Márquez escribió «Cien años de soledad», canalizaba siglos de soledad latinoamericana real, vivida, sudada.
La IA puede imitar el estilo de García Márquez. Ya lo hace, y bastante bien. Pero no puede haber crecido en Aracataca. No puede haber sentido el calor húmedo del Caribe mientras escuchaba las historias de su abuela. No puede haber pasado hambre en París mientras escribía cuentos que nadie quería publicar. Y esa diferencia, esa maldita y hermosa diferencia, es lo que separa un texto competente de una obra maestra.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos rendimos? ¿Tiramos el portátil por la ventana y nos dedicamos a la fontanería? No. Hacemos lo que los escritores siempre han hecho frente a la adversidad: adaptarnos, evolucionar y seguir escribiendo como si nos fuera la vida en ello. Porque nos va la vida en ello.
El futuro de la escritura no es humanos contra máquinas. Es humanos con máquinas. Los escritores que sobrevivan —y prosperarán muchos, no te preocupes— serán aquellos que usen la IA como herramienta sin convertirse en sus sirvientes. Que la usen para investigar, para superar bloqueos, para generar borradores que luego amasen con sus manos humanas llenas de cicatrices y experiencia. La IA es el pincel más sofisticado jamás creado. Pero un pincel sin pintor solo mancha el lienzo.
Hay algo que ningún algoritmo podrá quitarte jamás: tu historia. No la que escribes, sino la que eres. Tu divorcio, tu infancia rota, esa vez que te perdiste en Lisboa y terminaste llorando en un bar de fado sin saber por qué. Eso es tuyo. Y eso es lo que hace que tu escritura sea insustituible. No tu gramática perfecta (la IA la tiene mejor). No tu vocabulario amplio (la IA conoce todas las palabras). Sino tu caos interior, tu desorden emocional, tu humanidad imperfecta y gloriosa.
Así que la próxima vez que leas que una red neuronal escribió un bestseller, no entres en pánico. Siéntate, abre tu documento en blanco, y escribe algo que solo tú puedas escribir. Algo que huela a ti, que sangre como tú sangras, que se ría con tu risa rota. Porque al final del día, los lectores no buscan textos perfectos. Buscan textos verdaderos. Y la verdad, querido escritor humano, sigue siendo tu monopolio. Al menos por ahora.
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