Artículo 13 feb, 04:05

Salinger dejó de publicar por envidia — y no era la suya

Hay un momento en la vida de todo escritor en el que descubre que alguien de su misma edad, con menos talento (según su criterio, claro), acaba de firmar un contrato millonario. Y entonces ocurre algo químico: el estómago se encoge, la mandíbula se tensa y una vocecita interior susurra «eso debería ser mío». Bienvenido a la envidia literaria, el sentimiento más universal y menos confesado del gremio.

No estás solo. Tolstói envidiaba a Chéjov. Hemingway odiaba a Faulkner. Y Truman Capote dijo de Jack Kerouac que aquello «no era escribir, era mecanografía». La envidia entre escritores es tan antigua como la propia literatura, y sin embargo seguimos fingiendo que no existe. Como si admitirla fuera peor que sentirla.

Pero hablemos claro: la envidia no es un defecto de carácter. Es una emoción. Una señal. Un GPS emocional que te dice exactamente qué deseas y no tienes. El problema no es sentirla, sino lo que haces con ella. Porque hay dos tipos de envidia: la que te paraliza y la que te empuja a escribir la mejor página de tu vida.

Veamos la historia. En 1851, Herman Melville publicó Moby Dick. Fue un fracaso comercial estrepitoso. Mientras tanto, su contemporáneo Nathaniel Hawthorne arrasaba con La letra escarlata. Melville le escribía cartas febriles, mezcla de admiración y desesperación. En una de ellas prácticamente le confiesa que la sombra de su éxito lo persigue. ¿Y qué hizo Melville? Siguió escribiendo. Murió en la oscuridad, sí, pero dejó una obra maestra que Hawthorne jamás igualó. La envidia no lo mató. Lo que casi lo destruye fue la comparación constante.

Y aquí está la trampa mortal: compararse. Las redes sociales han convertido la envidia del escritor en un deporte de alto rendimiento. Antes, para enterarte del éxito ajeno, tenías que ir a una librería o leer una reseña. Ahora Instagram te lo sirve en bandeja cada mañana: fotos con el libro recién impreso, capturas de pantalla de rankings de Amazon, stories desde ferias del libro internacionales. Todo el mundo parece estar triunfando excepto tú, que llevas tres meses atascado en el capítulo siete.

Pero aquí viene el dato que nadie te cuenta: ese autor que envidias probablemente envidia a otro. Es una cadena infinita. Gore Vidal, que no era precisamente un alma cándida, lo resumió con una honestidad brutal: «Cada vez que un amigo tiene éxito, algo en mí muere un poco». Si Gore Vidal, con su mansión en Ravello y sus decenas de novelas publicadas, sentía eso, ¿qué esperamos los demás mortales?

El verdadero peligro de la envidia no es la emoción en sí, sino sus tres hijos bastardos: la procrastinación, el cinismo y el abandono. La procrastinación aparece cuando piensas «para qué voy a escribir si nunca seré tan bueno como fulano». El cinismo llega cuando empiezas a menospreciar todo éxito ajeno como producto de contactos, suerte o marketing. Y el abandono es el acto final: cerrar el documento, guardar el cuaderno y declarar que la literatura está muerta. Los tres son mecanismos de defensa. Y los tres son mentira.

Entonces, ¿cómo se convive con este monstruo verde sin que te devore? Primer paso: admítelo. Dilo en voz alta si hace falta. «Envidio a ese escritor porque tiene lo que yo quiero.» No pasa nada. No te vas a convertir en Salieri por reconocerlo. De hecho, Salieri probablemente habría sido más feliz si hubiera dejado de obsesionarse con Mozart y hubiera disfrutado de su propia carrera, que no era nada despreciable.

Segundo paso: convierte la envidia en información. Si envidias a alguien que escribe thriller y tú escribes poesía, quizá no envidias su género, sino su visibilidad. Si envidias a alguien que publica cada año, quizá lo que deseas es más disciplina. La envidia es un espejo incómodo pero preciso. Úsalo.

Tercer paso, y este es el más difícil: vuelve a tu escritorio. No al de Twitter, no al de Instagram. Al tuyo. Al real. Donde están tus palabras, tu historia, tu voz. Porque la única cura permanente para la envidia literaria es escribir. No escribir mejor que nadie, sino escribir lo tuyo. Elena Ferrante publicó su primera novela a los cuarenta y pocos y rechazó toda aparición pública. No compite con nadie porque no está en la carrera. Y sin embargo, ahí está, siendo una de las autoras más leídas del siglo XXI.

Hay una anécdota maravillosa sobre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Fueron amigos íntimos durante años. Compartían manuscritos, se criticaban mutuamente, se admiraban. Hasta que dejaron de hablarse en 1976, tras un puñetazo legendario en un cine de Ciudad de México. Las razones exactas siguen siendo motivo de debate, pero lo que nadie discute es que la tensión entre ellos, esa mezcla de admiración y rivalidad, produjo algunas de las mejores novelas del siglo XX. La envidia, bien canalizada, puede ser combustible de alta calidad.

Pero ojo: combustible, no destino. Si la envidia se convierte en lo único que sientes cuando lees o cuando piensas en literatura, entonces ya no es una emoción, es una enfermedad. Y como toda enfermedad, necesita tratamiento. A veces ese tratamiento es un descanso de las redes sociales. A veces es leer autores muertos, que ya no pueden amenazarte con su éxito. A veces es simplemente hablar con otro escritor y descubrir que él también envidia a alguien.

Al final, la literatura no es una competición con un solo podio. No es una carrera de cien metros donde el primero gana y los demás pierden. Es más bien un bosque infinito donde cada árbol crece a su ritmo, con su forma, hacia su propia porción de luz. Suena cursi, lo sé. Pero es verdad.

Así que la próxima vez que sientas esa punzada al ver que otro escritor publica, gana un premio o firma autógrafos en una feria, respira. Siente la envidia. Reconócela. Y luego haz lo único que puede transformarla en algo útil: abre tu documento, pon los dedos sobre el teclado y escribe. Porque mientras estés escribiendo, la envidia no puede tocarte. Es la única armadura que funciona.

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"Una palabra tras una palabra tras una palabra es poder." — Margaret Atwood