Los escritores eligen gatos y no perros: la razón es más oscura de lo que crees
Los escritores eligen gatos y no perros: la razón es más oscura de lo que crees
Hemingway tenía más de sesenta gatos. Bulgákov le dedicó un personaje inmortal a uno. Poe escribió un cuento entero sobre el terror que le provocaban. Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué casi ningún gran escritor de la historia fue un devoto perruno? La respuesta no tiene nada que ver con el cariño y todo que ver con el narcisismo, la soledad y ese extraño pacto de no agresión que solo un felino puede ofrecer a quien vive encerrado inventando mundos.
Empecemos por lo obvio: escribir es un acto profundamente antisocial. Te sientas solo en una habitación durante horas, a veces días, hablando con gente que no existe. Un perro, con su entusiasmo incondicional, sus paseos obligatorios y su necesidad constante de aprobación, es básicamente un niño pequeño con pelo. Un gato, en cambio, entra en tu despacho, se echa en un rincón, te mira con una indiferencia que roza el desprecio filosófico y se queda ahí. No te pide nada. No te juzga. Bueno, sí te juzga, pero en silencio, que es exactamente lo que necesita alguien que está intentando terminar el tercer acto de una novela.
Charles Bukowski, ese borracho genial de Los Ángeles, tenía un gato negro que aparece en varios de sus poemas. Bukowski, que odiaba a casi todo el mundo, escribió sobre su gato con una ternura que jamás dedicó a ningún ser humano. En un poema confesó que su gato era mejor compañía que cualquier mujer que hubiera conocido. Viniendo de Bukowski, eso es prácticamente una declaración de amor eterno. ¿Se imaginan a Bukowski sacando a pasear a un golden retriever por Venice Beach? Exacto. No funciona. La imagen se rompe sola.
Pero el caso más espectacular es sin duda el de Ernest Hemingway. Su casa en Key West, Florida, sigue siendo hoy un santuario felino. Los descendientes de sus gatos originales — muchos de ellos polidáctilos, con seis dedos en las patas — vagan por la propiedad como pequeños aristócratas peludos. Hemingway, el hombre que cazaba leones en África, que bebía daiquirís como si fueran agua y que se metía en guerras civiles ajenas por diversión, encontraba su paz con un gato en el regazo. Hay algo tremendamente revelador en eso. El tipo más macho de la literatura americana necesitaba la compañía de un animal que básicamente dice "me da igual que existas" con cada parpadeo lento.
Y luego está Mijaíl Bulgákov, que en "El maestro y Margarita" creó a Behemoth, un gato negro gigante que camina en dos patas, bebe vodka, dispara una pistola y es, probablemente, el personaje más carismático de toda la literatura rusa del siglo XX. Bulgákov no eligió un perro para acompañar al diablo en su visita a Moscú. Eligió un gato. Porque el gato tiene esa cualidad diabólica, esa elegancia amoral que ningún perro podría replicar. Un perro leal acompañando a Satán sería una contradicción narrativa. Un gato a su lado es casi redundante.
Edgar Allan Poe, por su parte, le tenía un terror reverencial a los felinos. Su cuento "El gato negro" de 1843 es una de las piezas más perturbadoras del horror gótico, y sin embargo, Poe convivió con un gato de carey llamado Catterina que, según cuentan, se sentaba en su hombro mientras escribía. Hay algo deliciosamente retorcido en que el maestro del horror escribiera sobre gatos demoníacos mientras uno de carne y hueso le ronroneaba al oído. Como si el propio animal le dictara las pesadillas.
Patricia Highsmith, la reina del suspense psicológico y creadora de Tom Ripley, llegó a tener más de trescientos caracoles como mascotas — sí, caracoles —, pero también era una ferviente amante de los gatos. Highsmith, que tenía problemas para conectar con seres humanos y cuyas relaciones personales eran un desastre legendario, encontraba en los gatos esa distancia emocional que le resultaba cómoda. No es casualidad. Los escritores que mejor retratan la psicología humana son, con frecuencia, los peores en las relaciones humanas. Y el gato es el animal perfecto para quien quiere compañía sin compromiso.
Ahora bien, seamos justos. Hay escritores perrunos. John Steinbeck viajó por Estados Unidos con su caniche Charley y escribió un libro entero sobre ello. Stephen King tiene corgis. Jack London, obviamente, adoraba a los perros y les dedicó obras maestras como "Colmillo Blanco" y "La llamada de lo salvaje". Pero fíjense en algo: London escribía sobre perros en la naturaleza salvaje, no sobre perros echados junto a una máquina de escribir. Steinbeck necesitó sacar al perro de la casa para escribir sobre él. Los escritores gatunos, en cambio, escriben con el gato encima del manuscrito. Literalmente encima. Cualquiera que haya tenido un gato y un teclado sabe de lo que hablo.
La explicación psicológica es casi embarazosamente simple. Los escritores son, en su mayoría, introvertidos con delirios de grandeza. Necesitan soledad para crear, pero también necesitan sentir que alguien los observa, que hay un testigo silencioso de su genio. El perro te adora hagas lo que hagas: podrías escribir la peor novela de la historia y tu perro seguiría moviendo la cola. El gato, en cambio, te mira desde la estantería con esos ojos que dicen "¿eso es lo mejor que puedes hacer?". Y eso, por extraño que parezca, es exactamente lo que un escritor necesita. No adulación incondicional, sino un crítico silencioso que le recuerde que podría hacerlo mejor.
Hay también una cuestión práctica que nadie menciona. Los gatos son animales nocturnos. Los escritores, históricamente, también. Fitzgerald escribía de madrugada. Kafka era un insomne crónico. Dostoievski trabajaba hasta el amanecer para cumplir plazos imposibles. ¿Qué animal te acompaña a las tres de la mañana sin quejarse? El gato, que a esa hora está en su elemento, cazando sombras o simplemente sentado en el escritorio con esa mirada de "ah, ¿tú también estás despierto? Interesante". Un perro a las tres de la mañana ronca en su cama. El gato a las tres de la mañana es tu cómplice.
Quizás la verdadera razón sea aún más simple y más incómoda. Los escritores aman a los gatos porque se reconocen en ellos. Ambos son criaturas territoriales, caprichosas, que alternan entre la necesidad desesperada de atención y el rechazo absoluto del contacto humano. Ambos tienen horarios absurdos, hábitos inexplicables y una tendencia a mirar por la ventana durante horas sin hacer aparentemente nada productivo. Ambos pueden pasar de la indiferencia total al arrebato más intenso en cuestión de segundos.
Así que la próxima vez que veas a un escritor con un gato, no pienses que es una casualidad ni una elección estética. Es un espejo. Es el único animal que refleja con honestidad lo que significa dedicar tu vida a un oficio solitario, ingrato y maravilloso. Los perros son para la gente que quiere ser amada. Los gatos son para la gente que quiere ser entendida. Y los escritores, aunque jamás lo admitan en voz alta, lo que realmente buscan no es un lector, sino alguien que los entienda sin necesidad de leerlos. Exactamente lo que hace un gato cada vez que parpadea despacio en tu dirección.
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