Artículo 6 feb, 10:12

Las últimas palabras de los grandes escritores: del genio absoluto al delirio más bizarro

¿Qué dirías si supieras que estas son tus últimas palabras? La mayoría de nosotros probablemente balbucearíamos algo sobre el amor o pediríamos perdón por aquella vez que mentimos sobre haber leído el Quijote completo. Pero los escritores, esos seres que han dedicado su vida a encontrar la palabra perfecta, tenían una presión extra: morir con estilo literario. Y vaya si algunos lo lograron... mientras otros fracasaron de manera espectacular.

Empecemos por el maestro del drama, Oscar Wilde. El irlandés más ingenioso que ha pisado este planeta eligió morir en una habitación de hotel en París, y sus supuestas últimas palabras fueron: "Este papel tapiz es espantoso, uno de los dos tendrá que irse". ¿Verdad o leyenda? Probablemente exagerado por sus biógrafos, pero admitamos que es exactamente lo que esperaríamos de Wilde. El hombre que escribió "El retrato de Dorian Gray" no iba a marcharse de este mundo quejándose del hospital o pidiendo agua. No señor, él necesitaba un último acto de rebeldía estética.

Pero si hablamos de salidas elegantes, nada supera a Goethe. El genio alemán, autor del "Fausto", pronunció su famoso "Mehr Licht!" (¡Más luz!) antes de apagar su propia bombilla existencial en 1832. Los académicos han debatido durante casi dos siglos si era una profunda metáfora sobre el conocimiento, el alma ascendiendo hacia la iluminación divina, o simplemente un anciano de 82 años quejándose de que la habitación estaba oscura. Personalmente, me inclino por la segunda opción, pero reconozco que la primera suena mejor en los libros de texto.

Ahora bien, no todos los escritores tuvieron finales tan cinematográficos. Henrik Ibsen, el padre del drama moderno, tuvo una despedida más bien prosaica. Cuando su enfermera comentó que parecía estar mejorando, el noruego gruñó: "¡Al contrario!" y murió. Hay que admirar la terquedad nórdica hasta el último aliento. Imagino que la enfermera aprendió una valiosa lección sobre el optimismo mal aplicado.

Leon Tolstói, el gigante ruso que nos regaló "Guerra y Paz" y "Anna Karenina", tuvo un final digno de sus propias novelas épicas. Huyó de su casa a los 82 años, abandonando a su esposa después de décadas de matrimonio tormentoso, y murió en una estación de tren en medio de ninguna parte. Sus últimas palabras registradas fueron algo así como: "Pero los campesinos... ¿cómo mueren los campesinos?". Típico de Tolstói: incluso moribundo, estaba preocupado por cuestiones sociales y probablemente escribiendo mentalmente otro ensayo de 500 páginas.

En el extremo opuesto del espectro tenemos a Edgar Allan Poe, cuya muerte en 1849 sigue siendo uno de los mayores misterios de la literatura. Fue encontrado delirando en las calles de Baltimore, vestido con ropa que no era suya, y pasó sus últimos días gritando el nombre "Reynolds" repetidamente. ¿Quién demonios era Reynolds? Nadie lo sabe. Algunos historiadores creen que se refería a un explorador polar, otros a un juez local, y los más creativos sugieren teorías de conspiración que involucran sociedades secretas. Lo único seguro es que Poe murió exactamente como vivió: rodeado de misterio, alcohol y preguntas sin respuesta.

Y hablando de muertes extrañas, no podemos ignorar a Ernest Hemingway. El macho alfa de las letras americanas, el hombre que cazaba leones y bebía daiquiris en Cuba, se despidió de este mundo con un acto de violencia autoinfligida que sus biógrafos han tratado de romantizar durante décadas. No dejó últimas palabras memorables, pero su vida entera fue una declaración: vivir intensamente, escribir con brevedad, y partir cuando él lo decidiera. Brutal, pero coherente con su filosofía.

Más poético fue el final de Emily Dickinson, la reclusa de Amherst que escribió casi 1800 poemas sin salir prácticamente de su habitación. Sus últimas palabras fueron: "Debo entrar, la niebla está subiendo". Para una mujer que pasó décadas mirando el mundo a través de su ventana, la imagen de finalmente cruzar el umbral hacia lo desconocido resulta devastadoramente perfecta. Si hubiera tenido un editor de Hollywood, no lo habría escrito mejor.

Pero mi favorito personal es Anton Chéjov. El médico y dramaturgo ruso, conociendo perfectamente su diagnóstico de tuberculosis, aceptó una copa de champán en su lecho de muerte, dijo "Hace mucho que no bebo champán", se la tomó, se giró hacia la pared y murió. Eso, señoras y señores, es saber hacer una salida. Sin drama innecesario, sin lamentos, solo un hombre disfrutando su última copa con la misma ironía sutil que caracterizaba sus obras.

Contrasta brutalmente con las últimas palabras de Pancho Villa, que aunque no era escritor, merece mención honorífica por gritar: "¡No dejen que esto termine así! ¡Díganles que dije algo!". La desesperación por dejar una frase memorable es tan humana, tan universal, que resulta casi conmovedora. Villa murió acribillado a balazos sin poder completar su epitafio, y esa incompletud dice más sobre la condición humana que cualquier frase pulida.

Al final, las últimas palabras de los escritores nos revelan algo fundamental: incluso aquellos que dominaron el lenguaje como nadie, que construyeron mundos enteros con párrafos, que hicieron llorar y reír a millones con sus páginas, enfrentaron la muerte tan desconcertados como el resto de nosotros. Algunos lo hicieron con gracia, otros con humor negro, algunos con confusión y otros en completo silencio. Pero todos, absolutamente todos, tuvieron que soltar la pluma eventualmente.

Y si algo nos enseñan estas historias, es que quizás deberíamos preocuparnos menos por nuestras últimas palabras y más por todas las que decimos mientras estamos vivos. Aunque admito que si me dan a elegir, prefiero irme como Chéjov: con una copa en la mano, una frase irónica en los labios, y la dignidad intacta. El papel tapiz puede esperar.

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