Artículo 13 feb, 07:34

André Gide: el Nobel que confesó sus pecados y el mundo le aplaudió de pie

Hace 75 años murió André Gide, y el mundo literario respiró aliviado. No porque fuera malo —era brillante—, sino porque su mera existencia era un reproche viviente a la hipocresía burguesa. Imagínate a un tipo que en 1902 publica una novela donde el protagonista básicamente dice «la moral me importa un comino» y, en vez de acabar en la hoguera, termina ganando el Nobel. Eso fue Gide: el hombre que convirtió la sinceridad radical en arte y, de paso, hizo temblar los cimientos de la literatura francesa.

Pero vamos por partes, porque la historia de Gide es demasiado jugosa para contarla de corrido.

André Gide nació en 1869 en París, hijo de un jurista protestante y una madre tan devota que hacía parecer relajado a un monje trapense. Creció entre Biblias y prohibiciones, lo cual —cualquier psicólogo te lo confirmará— es la receta perfecta para criar a un futuro rebelde. Y vaya si lo fue. Su primera gran bomba literaria, «El inmoralista» (1902), cuenta la historia de Michel, un hombre que tras recuperarse de una enfermedad grave decide que las reglas sociales son cadenas inventadas por cobardes. ¿Te suena? Hoy lo llamaríamos «crisis existencial posmoderna». Gide lo escribió cuando Nietzsche todavía era lectura de vanguardia y Freud apenas empezaba a hablar de represión.

Lo fascinante de «El inmoralista» no es que el protagonista se libere —eso lo hace cualquier novela de autoayuda moderna—, sino que Gide no lo juzga ni lo celebra. Simplemente lo muestra. Y ahí está el truco que lo hace relevante 124 años después: en una época donde todo el mundo te dice qué pensar sobre cada tema, Gide te presenta el dilema y te deja solo con él. Como un bartender que te sirve un whisky doble y se va sin decir palabra.

Pero si «El inmoralista» fue la granada, «Los monederos falsos» (1925) fue el misil nuclear. Hablamos de la primera novela verdaderamente metaficcional de la literatura francesa. Un escritor que escribe sobre un escritor que está escribiendo una novela llamada «Los monederos falsos». Sí, suena a algo que haría Charlie Kaufman después de tres cafés, pero Gide lo hizo medio siglo antes. La novela es un laberinto de espejos donde nadie es auténtico, todos falsifican —emociones, dinero, identidades— y la única verdad es que la verdad no existe. ¿Netflix? ¿Redes sociales? ¿Deepfakes? Gide ya te había avisado en 1925 de que vivíamos en un mundo de moneda falsa.

Y luego está «La puerta estrecha» (1909), que es quizás su obra más dolorosamente hermosa. La historia de Alissa, una joven que renuncia al amor terrenal por una pureza espiritual imposible, es el retrato más demoledor que se ha escrito sobre cómo la religión mal entendida puede destruir la felicidad humana. Gide, criado en ese protestantismo asfixiante, sabía de lo que hablaba. No atacaba la fe —era demasiado inteligente para eso—, atacaba la cobardía disfrazada de virtud. Alissa no elige a Dios; elige el miedo. Y Gide te lo hace ver con una delicadeza que te rompe el corazón.

Ahora bien, hablemos del elefante en la habitación: la sexualidad de Gide. En 1924 publicó «Corydon», un diálogo socrático en defensa de la homosexualidad. En 1924. Cuando Oscar Wilde llevaba apenas 24 años muerto tras ser destruido por la misma confesión. Gide no solo salió del armario; lo hizo con un ensayo filosófico y una bibliografía. Eso requiere un par de cosas que no se pueden mencionar en un artículo familiar, pero que riman con «valentía descomunal».

Su autobiografía «Si la semilla no muere» (1926) fue todavía más lejos: relató sin tapujos sus experiencias homosexuales en el norte de África, su matrimonio con su prima Madeleine —un matrimonio que nunca se consumó— y su lucha interna entre el deseo y la culpa protestante. Hoy, cuando celebramos la autoficción como si la hubiera inventado Knausgård, deberíamos recordar que Gide estaba desnudando su alma en papel cuando nuestros bisabuelos todavía consideraban escandaloso mostrar un tobillo.

Pero hay algo más profundo en el legado de Gide que trasciende su valentía personal. Fue el gran editor de su generación: cofundó la Nouvelle Revue Française, la revista literaria más influyente del siglo XX, y desde ahí moldeó el gusto literario francés durante décadas. Rechazó el manuscrito de Proust —sí, «En busca del tiempo perdido»—, lo cual demuestra que hasta los genios meten la pata. Pero también publicó a Claudel, a Valéry, a Saint-Exupéry. Sin Gide como editor, la literatura francesa del siglo XX tendría un paisaje muy diferente.

Su relación con la política también merece una mención. En los años treinta viajó a la Unión Soviética como simpatizante comunista y volvió horrorizado. Su «Regreso de la URSS» (1936) fue uno de los primeros testimonios de un intelectual occidental desencantado con el estalinismo, años antes de que Orwell escribiera «1984». Le llovieron críticas de izquierda y derecha —la izquierda lo llamó traidor, la derecha nunca le perdonó haber sido comunista—. Gide se encogió de hombros y siguió escribiendo. Porque eso es lo que hacen los escritores de verdad: eligen la honestidad sobre la comodidad.

El Nobel le llegó en 1947, tres años antes de su muerte. El comité lo premió por «su obra extensa y artísticamente significativa, en la que los problemas y condiciones humanas han sido presentados con un intrépido amor a la verdad y una aguda penetración psicológica». Traducción: le dieron el premio por ser incapaz de mentir, incluso cuando mentir hubiera sido mucho más cómodo.

Gide murió el 19 de febrero de 1951, a los 81 años. La Iglesia católica puso toda su obra en el Índice de Libros Prohibidos. Él probablemente se habría reído. Después de todo, ¿qué mejor epitafio para un escritor que haber sido prohibido por decir la verdad?

Setenta y cinco años después, su legado no es solo literario. Es ético. En un mundo donde todos fabricamos versiones editadas de nosotros mismos para Instagram, donde la autenticidad se ha convertido en otra marca comercial, Gide nos recuerda que ser sincero no es una estrategia de marketing: es un acto de coraje. Sus monederos falsos siguen circulando, su puerta estrecha sigue cerrada para los cobardes, y su inmoralista sigue haciéndonos la pregunta más incómoda de todas: ¿vives tu vida o la vida que otros esperan de ti?

La respuesta, como siempre con Gide, te la tienes que dar tú solo.

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"Todo lo que haces es sentarte y sangrar." — Ernest Hemingway