Toni Morrison: la mujer que obligó a América a mirarse en el espejo y no le gustó lo que vio
Hay escritores que te entretienen, escritores que te enseñan y escritores que te agarran del cuello y te obligan a mirar lo que preferirías ignorar. Toni Morrison pertenecía a esta última categoría, y lo hacía con una prosa tan hermosa que dolía. Hoy se cumplen 95 años de su nacimiento, y el mundo literario sigue sin recuperarse del todo de su impacto.
Porque Morrison no escribía novelas: construía bombas de relojería envueltas en seda. Cada página de «Beloved» o «The Bluest Eye» era un acto de resistencia disfrazado de literatura. Y eso, en la América de los años sesenta y setenta, era más peligroso que cualquier discurso político.
Chloe Ardelia Wofford nació en 1931 en Lorain, Ohio, una ciudad siderúrgica donde la segregación racial no necesitaba carteles porque estaba cosida en el tejido mismo de la vida cotidiana. Su padre, George Wofford, soldaba acero durante el día y desconfiaba de los blancos durante la noche. No sin razón: de niño había presenciado dos linchamientos. Su madre, Ramah, cantaba en el coro de la iglesia y le contaba historias de fantasmas con la misma naturalidad con la que le servía la cena. De ahí, precisamente de ahí, sale el realismo mágico de Morrison. No de García Márquez, como tantos críticos perezosos han repetido. De la cocina de su madre.
La joven Chloe estudió en Howard University y luego en Cornell, donde escribió una tesis sobre Virginia Woolf y Faulkner. Aquí hay que detenerse un momento: una mujer negra en los años cincuenta, diseccionando a dos de los escritores más blancos y privilegiados de la literatura occidental. Morrison no solo los entendía mejor que muchos de sus admiradores, sino que los superó. Tomó las técnicas narrativas de Faulkner —los saltos temporales, las voces múltiples, la obsesión con el pasado que devora el presente— y las convirtió en algo completamente nuevo. Algo que Faulkner, con todo su genio, jamás podría haber escrito, porque le faltaba la experiencia de ser «el otro» en su propio país.
Después de un matrimonio fallido con el arquitecto jamaicano Harold Morrison —del que conservó el apellido porque, como ella misma confesó con su humor afilado, «ya había publicado con ese nombre y me daba pereza cambiarlo»— se mudó a Nueva York y comenzó a trabajar como editora en Random House. Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante. Porque Morrison no solo escribió algunas de las mejores novelas del siglo XX: también editó a Toni Cade Bambara, a Gayl Jones, a Angela Davis. Básicamente, construyó con sus propias manos el canon de la literatura afroamericana contemporánea mientras escribía el suyo.
Su primera novela, «The Bluest Eye» (1970), cuenta la historia de Pecola Breedlove, una niña negra que reza cada noche para despertar con los ojos azules. Si esto no te parte el alma, revisa tu pulso. Morrison tenía 39 años cuando la publicó, una edad en la que muchos escritores ya han quemado su mejor material. Ella apenas estaba calentando. El libro fue un fracaso comercial inicial —porque la América de 1970 no estaba lista para mirarse en ese espejo— pero plantó una semilla que germinaría en un bosque entero.
«Song of Solomon» (1977) le trajo el reconocimiento masivo. La historia de Milkman Dead —sí, se llama así, porque Morrison elegía nombres como quien lanza cuchillos: con precisión y la intención de clavarse— es una odisea que mezcla la búsqueda de identidad con el vuelo literal. Porque en el universo de Morrison, los hombres negros pueden volar. No como metáfora cursi de superación personal, sino como acto de liberación ancestral, enraizado en la mitología de los esclavos que creían que sus antepasados africanos habían volado de regreso a casa. La novela ganó el National Book Critics Circle Award y puso a Morrison en el radar del Nobel.
Pero fue «Beloved» (1987) la que lo cambió todo. Basada en la historia real de Margaret Garner, una esclava fugitiva que mató a su propia hija antes que permitir que fuera devuelta a la esclavitud, «Beloved» es probablemente la novela más devastadora escrita en inglés en el último medio siglo. Morrison no te cuenta la esclavitud desde la distancia segura del historiador: te la mete en los huesos. El fantasma de la niña asesinada regresa, literalmente, y se instala en la casa como un trauma que se niega a ser olvidado. Porque eso es lo que hace el trauma: vuelve. Siempre vuelve.
Cuando «Beloved» no ganó el National Book Award en 1987, cuarenta y ocho escritores y críticos negros —entre ellos Maya Angelou y Amiri Baraka— firmaron una carta abierta protestando. Fue un escándalo mayúsculo. Al año siguiente, Morrison ganó el Pulitzer. En 1993, el Nobel. Se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibir ese premio, y en su discurso de aceptación pronunció una frase que debería estar grabada en la puerta de todas las facultades de letras del mundo: «Morimos. Ese puede ser el sentido de la vida. Pero hacemos lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas».
Lo que más fastidia a ciertos sectores de la crítica —y aquí viene la parte provocadora— es que Morrison se negó rotundamente a escribir para la mirada blanca. Cuando un periodista le preguntó por qué no había personajes blancos principales en sus novelas, ella respondió: «¿Alguna vez le has preguntado eso a Tolstói? ¿Alguna vez le has preguntado por qué no tiene personajes negros?». Esa respuesta es una clase magistral de retórica en treinta palabras. Morrison entendió algo fundamental: la literatura «universal» siempre había sido, en realidad, literatura blanca que se autoproclamaba universal. Ella escribió literatura negra y exigió que el mundo la reconociera como igualmente universal.
Sus libros siguen siendo de los más censurados en las bibliotecas escolares de Estados Unidos. «The Bluest Eye» y «Beloved» aparecen regularmente en las listas de libros que ciertos padres y legisladores quieren eliminar de los planes de estudio. Lo cual, si lo piensas bien, es el mayor homenaje que se le puede hacer a un escritor. Que tu obra siga incomodando a los poderosos cuarenta y cincuenta años después de publicada significa que diste en el blanco.
Toni Morrison murió el 5 de agosto de 2019, a los 88 años. Dejó once novelas, varios ensayos, libros infantiles, un libreto de ópera y una generación entera de escritores que existen porque ella abrió la puerta. Escritoras como Jesmyn Ward, Chimamanda Ngozi Adichie o Colson Whitehead han reconocido explícitamente su deuda con Morrison.
A 95 años de su nacimiento, la pregunta no es si Morrison sigue siendo relevante —eso es obvio para cualquiera que abra un periódico— sino si hemos aprendido algo de lo que intentó enseñarnos. Ella nos dejó un espejo. Depende de nosotros tener el coraje de mirarnos en él sin apartar la vista.
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