Article Feb 13, 02:59 AM

Mo Yan: el hombre que se puso de nombre «No hables» y no paró de hablar jamás

Imagínate que tus padres te dicen «cállate» tantas veces durante la infancia que decides convertirlo en tu identidad. Eso, más o menos, es lo que hizo Guan Moye, un chico de la China rural que adoptó el seudónimo Mo Yan —literalmente «no hables»— y luego procedió a escribir millones de palabras que sacudieron la literatura mundial. Hoy se cumplen 71 años de su nacimiento, y la paradoja sigue siendo deliciosa: el escritor que se bautizó con el silencio construyó una de las voces más estridentes, carnales y perturbadoras de la narrativa contemporánea.

Nació el 17 de febrero de 1955 en Gaomi, provincia de Shandong, un lugar que en el mapa parece un punto insignificante pero que en su literatura se convirtió en un universo tan vasto como el Macondo de García Márquez o el Yoknapatawpha de Faulkner. Y no es casualidad que mencione a estos dos, porque Mo Yan los devoró con la voracidad de alguien que creció pasando hambre —literalmente— durante la Gran Hambruna china. Mientras otros niños soñaban con juguetes, él soñaba con comida y con historias. Las historias ganaron.

Su infancia fue un catálogo de desgracias que haría palidecer a cualquier personaje de Dickens. Lo expulsaron de la escuela durante la Revolución Cultural, trabajó en una fábrica de algodón, pastoreó ganado y finalmente se alistó en el Ejército Popular de Liberación. Pero aquí viene lo interesante: mientras otros soldados limpiaban fusiles, Mo Yan limpiaba frases. Escribía compulsivamente, como si cada palabra fuera una pequeña venganza contra todos los años que le dijeron que se callara.

Y entonces llegó «Sorgo rojo» en 1986, y el mundo literario chino se cayó de la silla. La novela es una bestia salvaje: una saga familiar ambientada en Gaomi durante la invasión japonesa, donde el sorgo no es solo una planta sino un personaje más, testigo de amores brutales, guerras sangrientas y una vitalidad tan desbordante que te deja sin aliento. Zhang Yimou la adaptó al cine en 1987, ganó el Oso de Oro en Berlín, y de pronto el mundo occidental descubrió que en China había un tipo escribiendo con la intensidad de un volcán en plena erupción. Lo que hace especial a «Sorgo rojo» no es solo la historia, sino cómo está contada: con un realismo mágico que no imita al latinoamericano sino que nace de las entrañas de la tradición oral china, de esas historias de fantasmas y demonios que las abuelas contaban junto al fuego.

Pero si «Sorgo rojo» fue un puñetazo en la mesa, «La vida y la muerte me están desgastando» (2006) fue un terremoto filosófico disfrazado de comedia cósmica. La premisa es tan brillante que da rabia no haberla pensado antes: un terrateniente ejecutado injustamente durante la reforma agraria se reencarna sucesivamente en burro, buey, cerdo, perro y mono, observando medio siglo de historia china desde la perspectiva de cada animal. Es Kafka mezclado con budismo, es sátira política envuelta en piel de fábula, es una de las novelas más originales del siglo XXI. Mo Yan consigue algo casi imposible: hacerte reír a carcajadas mientras te cuenta una tragedia monumental. Cada reencarnación es un espejo deformante de la sociedad china, y cuando el protagonista es cerdo, alcanza momentos de una comicidad tan feroz que resulta casi insoportable.

«Rana» (2009) fue otro giro de tuerca. Aquí Mo Yan agarró el tema más espinoso de la China contemporánea —la política del hijo único— y lo convirtió en literatura sin anestesia. La protagonista es una comadrona rural que pasa de ser heroína por traer niños al mundo a ser instrumento del Estado para impedir que nazcan. Es una novela que duele, que incomoda, que obliga a mirar de frente una realidad que muchos preferirían ignorar. Y la escribió un ciudadano chino viviendo en China. Eso requiere algo más que talento: requiere agallas del tamaño de la Gran Muralla.

Y aquí llegamos al elefante en la habitación: el Nobel de 2012. Cuando la Academia Sueca anunció que Mo Yan ganaba el premio «por su realismo alucinatorio que fusiona cuentos populares, historia y contemporaneidad», el mundo literario se dividió en dos trincheras. Por un lado, quienes celebraban el reconocimiento a una obra monumental. Por otro, quienes lo acusaban de ser demasiado tibio con el gobierno chino, de no ser el disidente que esperaban. Salman Rushdie lo llamó «un aplauso al régimen». Herta Müller dijo que era una «catástrofe». El propio Mo Yan respondió con su ambigüedad característica, comparando la censura con los controles de seguridad en los aeropuertos: molestos pero necesarios.

¿Fue cobardía o pragmatismo? Esa es la pregunta que lleva más de una década generando debates acalorados. Lo cierto es que Mo Yan no es Solzhenitsyn ni pretende serlo. Su estrategia siempre fue otra: criticar desde dentro, usar la alegoría, la metáfora y el humor negro como bisturíes que cortan sin que la censura se dé cuenta del todo. En «La república del vino», un detective investiga un pueblo donde supuestamente cocinan y comen niños. Es una sátira tan brutal de la corrupción del Partido que uno se pregunta cómo demonios pasó el filtro de los censores. Probablemente porque estaban demasiado ocupados buscando críticas explícitas como para detectar las que venían envueltas en surrealismo.

Lo que nadie puede negar —ni sus admiradores más devotos ni sus críticos más feroces— es que Mo Yan inventó un lenguaje propio. Su prosa es un torrente que arrastra todo a su paso: olores, sabores, colores, sangre, tierra, excrementos y flores. No hay nada aséptico en su escritura. Leerlo es una experiencia sensorial completa, como meter la cara en un campo de sorgo después de la lluvia. Mezcla lo sublime con lo grotesco con una naturalidad que desconcierta a los lectores occidentales acostumbrados a que la «gran literatura» sea solemne y contenida.

Su influencia es más profunda de lo que parece a simple vista. Abrió la puerta para que una generación de escritores chinos se atreviera a explorar el pasado sin las restricciones del realismo socialista, demostró que se podía crear un realismo mágico auténticamente asiático sin copiar a los latinoamericanos, y —quizá lo más importante— le recordó al mundo que la literatura china no se detuvo en los poetas de la dinastía Tang. Autores como Yu Hua, Yan Lianke y Can Xue caminan por senderos que Mo Yan ayudó a desbrozar.

A sus 71 años, Mo Yan sigue siendo una contradicción ambulante: un hombre tímido que escribe con la furia de un huracán, un patriota que desnuda las miserias de su país, un premio Nobel que algunos consideran demasiado obediente y otros demasiado subversivo. Pero quizá esa sea exactamente la señal de un gran escritor: que nadie pueda meterlo en una caja.

Así que hoy, en el aniversario de su nacimiento, brindemos por el tipo que se puso de nombre «No hables» y nos dejó sin palabras. Porque al final, la mejor respuesta al silencio impuesto no es el grito: es la historia bien contada. Y Mo Yan, maldita sea, cuenta historias como pocos en este planeta.

1x
Loading comments...
Loading related items...

"All you do is sit down at a typewriter and bleed." — Ernest Hemingway