Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?
Hemingway bebía para escribir, Poe moría por beber: ¿el alcohol crea genios o los destruye?
Cinco de los siete premios Nobel de literatura estadounidenses fueron alcohólicos. Cinco de siete. Repite esa cifra mientras te sirves tu café matutino y piensas en lo romántico que suena escribir una novela con una botella de whisky al lado. Porque esa imagen —el escritor torturado, el vaso medio vacío, las cuartillas manchadas de bourbon— es probablemente la mentira más glamurosa que nos ha vendido la historia de la literatura. Y como toda buena mentira, tiene un fondo de verdad incómodo.
Empecemos por el abuelo de todos los borrachos literarios: Edgar Allan Poe. El hombre que inventó el cuento de terror moderno, el relato detectivesco y medio género de ciencia ficción fue encontrado delirando en una cuneta de Baltimore en octubre de 1849, vestido con ropa que no era suya. Murió cuatro días después. Tenía cuarenta años. Durante décadas, la narrativa oficial fue que el alcohol lo mató, y generaciones de profesores de literatura suspiraron con melancolía al contarlo, como si la ginebra fuera el precio justo por escribir «El cuervo». Lo que nadie menciona es que Poe era intolerante al alcohol —un solo vaso lo dejaba fuera de combate— y que sus mejores obras las escribió en periodos de sobriedad forzada. El alcohol no alimentó su genio; simplemente lo persiguió hasta matarlo.
Pero si hablamos de romanticismo etílico, nadie supera a Ernest Hemingway. «Escribe borracho, edita sobrio», le atribuyen, aunque probablemente nunca lo dijo. Lo que sí dijo fue: «Un hombre inteligente a veces se ve obligado a emborracharse para pasar el tiempo con tontos». Hemingway bebía daiquirís en La Habana, mojitos en el Floridita, vino en Pamplona y whisky en todas partes. Su prosa era limpia, directa, brutal. ¿Era así por el alcohol? No. Era así porque Hemingway reescribía cada página entre treinta y cuarenta veces, perfectamente sobrio por las mañanas. El alcohol era su compañero de noche, no su musa de día. Y al final, cuando la depresión, las lesiones cerebrales y el alcoholismo convergieron, Hemingway no escribió su obra maestra definitiva: se pegó un tiro con su escopeta favorita. Tenía sesenta y un años.
La lista de escritores alcohólicos es tan larga que parece un chiste cruel del destino. William Faulkner se presentaba borracho a recibir el Nobel. F. Scott Fitzgerald escribió «El gran Gatsby» entre resacas monumentales y murió a los cuarenta y cuatro, convencido de que era un fracasado. Dorothy Parker, una de las mentes más afiladas del siglo XX, resumió su relación con la bebida así: «Me gusta tomar un martini, dos como mucho. Después de tres estoy debajo de la mesa. Después de cuatro, debajo del anfitrión». Brillante. Y devastador, porque Parker intentó suicidarse varias veces y pasó sus últimos años sola, olvidada, bebiendo en una habitación de hotel.
Ahora crucemos el Atlántico. En Rusia, donde el vodka es prácticamente un género literario en sí mismo, Serguéi Yesenin se colgó a los treinta años tras escribir su último poema con su propia sangre. Venedikt Eroféiev escribió «Moscú-Petushkí», la novela más genial sobre el alcoholismo jamás escrita, y murió de cáncer de garganta a los cincuenta y dos, borracho hasta el final. Y Antón Chéjov, que era médico y sabía exactamente lo que el alcohol hacía al cuerpo humano, seguía prescribiendo cerveza a sus pacientes mientras él mismo tosía sangre por la tuberculosis. Al menos Chéjov tenía la excusa de vivir en el siglo XIX, cuando la medicina era básicamente «ponle sanguijuelas y reza».
Pero aquí viene la pregunta incómoda que nadie quiere hacerse: ¿y los escritores sobrios? Porque resulta que la lista es igual de impresionante. Tolstói dejó el alcohol y después escribió «Anna Karénina» y «Guerra y paz». Jane Austen no bebía y creó personajes más complejos que la mayoría de los novelistas borrachos combinados. Gabriel García Márquez escribió «Cien años de soledad» alimentado por café y cigarrillos, no por aguardiente. Haruki Murakami corre maratones y se acuesta a las nueve de la noche. Stephen King estuvo tan borracho durante los años ochenta que no recuerda haber escrito «Cujo» —una novela entera borrada de su memoria— y cuando se rehabilitó, no dejó de escribir: escribió mejor. «Misery» y «Needful Things» llegaron después de la sobriedad.
El caso de King es particularmente revelador. En su autobiografía «Mientras escribo», cuenta que su familia le hizo una intervención vaciando su papelera sobre la mesa: latas de cerveza, botellas de jarabe para la tos, bolsas de cocaína, colillas. King miró la basura de su propia adicción y pensó: «Tienen razón, pero si me rehabilito, no podré volver a escribir». Se rehabilitó. Escribió treinta libros más. La idea de que necesitaba sustancias para crear era, literalmente, la voz de la adicción disfrazada de musa.
Y ese es el verdadero meollo del asunto. El alcohol no crea talento. Nunca lo ha hecho. Lo que hace es dos cosas: primero, desinhibir, lo cual puede confundirse fácilmente con inspiración. Cuando estás un poco borracho, las ideas fluyen sin filtro, te sientes audaz, brillante. Pero al día siguiente relees lo que escribiste y, en la mayoría de los casos, es basura pretenciosa. Segundo, el alcohol alivia temporalmente la ansiedad, la depresión y el síndrome del impostor que acompaña a casi todo escritor. No es que los escritores beban para escribir; es que beben para soportar el peso psicológico de ser escritores.
La neurociencia moderna lo confirma sin piedad. El alcohol reduce la actividad del córtex prefrontal, la parte del cerebro responsable del pensamiento complejo, la planificación y la autocrítica constructiva. Es decir, exactamente las herramientas que necesitas para escribir bien. Beber para escribir es como ponerse guantes de boxeo para tocar el piano: puedes golpear las teclas, pero no vas a interpretar a Chopin.
Entonces, ¿por qué persiste el mito? Porque es cómodo. Para los lectores, romantiza el sufrimiento del artista y convierte la adicción en una narrativa épica. Para los escritores aspirantes, ofrece una excusa perfecta: «No escribo porque no sufro lo suficiente, no bebo lo suficiente, no estoy lo bastante maldito». Y para la industria editorial, los escritores borrachos venden biografías. Nadie compra un libro titulado «Cómo escribí mi obra maestra durmiendo ocho horas y bebiendo agua con limón».
Pero la verdad es más simple y más dura que cualquier mito romántico. Los grandes escritores alcohólicos fueron grandes a pesar del alcohol, no gracias a él. Cada botella que abrieron no les regaló una página genial; les robó años de vida, novelas que nunca escribieron, familias que destruyeron. Faulkner podría haber escrito diez novelas más. Fitzgerald podría haber superado «Gatsby». Poe podría haber inventado tres géneros literarios adicionales.
Así que la próxima vez que veas esa imagen idílica del escritor con su whisky junto a la máquina de escribir, recuerda esto: no estás viendo a un genio en su elemento. Estás viendo a alguien que lucha contra dos demonios simultáneos —la página en blanco y la botella— y que, con suerte, solo perderá contra uno de ellos. La verdadera valentía literaria no está en beber hasta que las palabras fluyan. Está en sentarse sobrio, aterrado, frente a esa página vacía, y escribir de todas formas.
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