Heinrich Heine: el poeta que Alemania quiso borrar y que hoy nos sigue escupiendo verdades
Heinrich Heine: el poeta que Alemania quiso borrar y que hoy nos sigue escupiendo verdades
Hace 170 años moría en París un hombre al que su propio país intentó cancelar antes de que existiera la palabra. Heinrich Heine, el poeta más incómodo de la lengua alemana, el tipo que convirtió el sarcasmo en arte mayor y que profetizó con escalofriante precisión que donde se queman libros se terminará quemando personas. Hoy, en un mundo donde los populismos resurgen con sonrisa de teleevangelista, sus versos siguen siendo dinamita envuelta en papel de seda.
Pero empecemos por el principio, que con Heine siempre es un buen lugar para tropezar. Nació en Düsseldorf en 1797, judío en una Alemania que todavía no sabía cuánto odiaría a los judíos, y desde muy joven demostró un talento extraordinario para dos cosas: escribir versos que te arrancaban el corazón y hacer comentarios que te arrancaban la sonrisa incómoda. Era, digamos, el Oscar Wilde alemán, pero con más rabia política y menos dandismo de salón.
Su «Libro de canciones» (Buch der Lieder), publicado en 1827, es una de esas obras que cambian las reglas del juego. Imagínate el panorama: la poesía romántica alemana estaba llena de bosques brumosos, doncellas etéreas y suspiros que duraban estrofas enteras. Y llega Heine, y sí, escribe sobre amor no correspondido y paisajes melancólicos, pero de repente, en el último verso, te mete un giro irónico que te deja con la boca abierta. Es como si alguien estuviera tocando una balada preciosa al piano y de pronto metiera un acorde disonante a propósito. Ese acorde era Heine diciendo: «Oye, que esto de sufrir por amor también tiene su lado ridículo». Schubert, Schumann y Brahms musicalizaron sus poemas. No está mal para un tipo al que la academia oficial miraba con desconfianza.
Pero donde Heine se convierte en una figura verdaderamente peligrosa —y por tanto verdaderamente necesaria— es en «Alemania: un cuento de invierno» (Deutschland. Ein Wintermärchen), publicado en 1844. Esto no es poesía de salón. Esto es un misil crucero disfrazado de poema narrativo. Heine regresa a Alemania tras años de exilio en París y lo que encuentra le provoca una mezcla de nostalgia y náusea. El nacionalismo ramplón, la censura, la autocomplacencia prusiana, el militarismo disfrazado de tradición: todo pasa por su picadora de carne literaria. Y lo hace con una gracia que duele. Porque Heine no era un panfletario aburrido; era un cirujano con bisturí de oro.
Aquí viene lo que a mí me pone los pelos de punta. En su obra «Almansor» (1821), Heine escribió una frase que se ha convertido en una de las más citadas de la historia: «Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen» — «Donde se queman libros, se termina quemando personas». Lo escribió en 1821. Un siglo y pico después, los nazis quemaron sus libros en las plazas públicas de Alemania. Y luego quemaron personas. La profecía se cumplió con una literalidad que hiela la sangre. Los nazis, por cierto, no pudieron borrar completamente a Heine: su poema «Die Lorelei» era tan popular que lo mantuvieron en los libros escolares, pero atribuido a «autor desconocido». La ironía es tan perfecta que parece ficción.
Heine pasó los últimos ocho años de su vida postrado en lo que él mismo llamó su «colchón-tumba» (Matratzengruft), paralizado por una enfermedad que probablemente era esclerosis lateral amiotrófica o sífilis avanzada —los médicos del XIX no eran precisamente House—. Y desde esa cama, siguió escribiendo con una lucidez y un veneno que haría palidecer a cualquier tuitero contemporáneo. Perdió la movilidad, pero no la lengua. Ni la pluma.
Lo fascinante de Heine es que no encaja en ninguna caja cómoda. Los románticos lo consideraban demasiado cínico. Los revolucionarios lo encontraban demasiado esteticista. Los judíos ortodoxos no le perdonaban su conversión al protestantismo (que él mismo describió como «el boleto de entrada a la cultura europea», con un cinismo que revela más dolor que frivolidad). Los alemanes nacionalistas lo odiaban por criticar a Alemania desde París. Y los franceses... bueno, los franceses lo adoptaron a medias, como hacen con todo lo que no es francés.
Y aquí es donde quiero llegar: ¿por qué importa Heine hoy, en 2026? Porque vivimos en una época que él reconocería al instante. El auge de los nacionalismos identitarios, la censura disfrazada de corrección, los líderes que apelan a una grandeza pasada que nunca existió, la quema simbólica de ideas incómodas en las hogueras digitales. Heine escribió contra todo eso hace casi doscientos años, y sus textos no han envejecido ni un minuto. Cuando leo «Alemania: un cuento de invierno» y encuentro versos que describen a políticos inflando el pecho con patriotismo vacío mientras el pueblo pasa hambre, no necesito cambiar ni una palabra para que suene a titular de hoy.
Hay algo más que hace a Heine indispensable: demostró que la inteligencia y la emoción no son enemigas. Puedes escribir un poema que te haga llorar y, en el verso siguiente, uno que te haga reír de tu propia lágrima. Esa doble visión, esa capacidad de sentir profundamente y al mismo tiempo observar con distancia irónica, es quizá el regalo más valioso que nos dejó. En un mundo que nos pide elegir bando constantemente —emoción o razón, compromiso o distancia, seriedad o humor—, Heine nos recuerda que las personas interesantes son las que se niegan a elegir.
Su influencia es un río subterráneo que alimenta fuentes inesperadas. Sin Heine no se entiende a Nietzsche (que lo admiraba profundamente), ni a Karl Kraus, ni a gran parte del cabaret político alemán del siglo XX. Su forma de mezclar lo lírico con lo satírico anticipó todo, desde la canción protesta hasta el stand-up comedy intelectual. Cuando un comediante actual desmonta el discurso de un político con un chiste perfectamente construido, está haciendo, sin saberlo, algo muy heiniano.
Así que hoy, 170 años después de que aquel hombre agotado cerrara los ojos en su apartamento parisino de la Avenue Matignon, vale la pena levantar una copa —él habría preferido vino francés, por supuesto— por el poeta que nos enseñó que la mejor forma de combatir la estupidez es con una carcajada bien afilada. Y que la mejor forma de amar a tu país es no dejarle pasar ni una. Heinrich Heine no descansa en paz. Descansa en ironía. Y eso, créanme, es mucho más útil.
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