Article Feb 8, 06:05 PM

Dostoievski murió hace 145 años y sigue sabiendo más de ti que tu psicólogo

Dostoievski murió hace 145 años y sigue sabiendo más de ti que tu psicólogo

El 9 de febrero de 1881, Fiódor Dostoievski exhaló su último aliento en San Petersburgo. Tenía 59 años, una epilepsia que lo torturaba desde la juventud y una ludopatía que lo había arruinado varias veces. Murió pobre, agotado y convencido de que la humanidad era un desastre hermoso. Lo irónico es que, 145 años después, seguimos dándole la razón.

Si hoy abriera una cuenta en cualquier red social, Dostoievski no necesitaría ni una semana para entender el algoritmo. Porque él ya conocía el algoritmo original: el del alma humana. Ese mecanismo absurdo que nos hace desear lo que nos destruye, odiar lo que nos salva y justificar cualquier atrocidad con un discurso lo bastante elaborado. Raskólnikov no necesitaba TikTok para construirse una narrativa donde asesinar a una anciana era un acto de justicia filosófica. Le bastaba con su propia cabeza.

Y ahí está la primera bofetada que Dostoievski nos da desde la tumba: «Crimen y castigo» no es una novela sobre un asesino. Es una novela sobre ti. Sobre esa vocecita que todos llevamos dentro y que nos susurra que somos especiales, que las reglas son para los demás, que nuestras razones son más profundas que las del vecino. Raskólnikov divide a la humanidad en personas ordinarias y extraordinarias, y por supuesto se coloca entre las segundas. ¿Te suena? Abre LinkedIn un martes cualquiera y encontrarás a doscientos Raskólnikov publicando sobre su "mentalidad de líder".

Pero Dostoievski no se conformaba con un solo diagnóstico. En «El idiota», decidió hacer el experimento contrario: ¿qué pasaría si soltáramos a una persona genuinamente buena en medio de la sociedad rusa del siglo XIX? El príncipe Myshkin es compasivo, honesto, incapaz de malicia. ¿Y qué le pasa? Lo destrozan. No con violencia, sino con algo peor: con la incredulidad. Nadie puede creer que alguien sea bueno sin segundas intenciones. El mundo de Dostoievski —que es el nuestro— no tolera la bondad pura porque la bondad pura nos hace sentir miserables por comparación. Preferimos pensar que el bueno es tonto o que esconde algo. El príncipe Myshkin termina perdiendo la razón, y la sociedad sigue tan campante. Si eso no es una profecía sobre el cinismo contemporáneo, no sé qué lo es.

Y luego están «Los hermanos Karamázov», su obra maestra, su testamento literario, el libro que estaba terminando cuando la muerte le tocó el hombro. Tres hermanos: Dmitri, el pasional que vive esclavizado por sus instintos; Iván, el intelectual que construye argumentos tan brillantes contra Dios que hasta los ateos se incomodan; y Aliosha, el monje joven que intenta creer en un mundo que hace todo lo posible por impedírselo. Dostoievski metió al ser humano entero en tres personajes. La carne, la razón y la fe, peleándose en una casa de provincia rusa mientras el padre —un borracho lascivo y despreciable— espera a que alguien lo mate.

El capítulo del Gran Inquisidor, donde Iván imagina a Cristo regresando a la Sevilla de la Inquisición, sigue siendo uno de los textos más perturbadores jamás escritos. El Inquisidor le dice a Jesús, básicamente: «Te ofrecimos libertad y la gente no la quiso. Nosotros les dimos pan, milagros y autoridad, y son felices. ¿Para qué vuelves a complicar las cosas?». Léelo y dime que no suena a cualquier debate político actual. La gente no quiere libertad; quiere seguridad y alguien que piense por ella. Dostoievski lo escribió en 1880. Nosotros seguimos descubriéndolo cada cuatro años en las urnas.

Lo que más irrita de este ruso barbudo es que no te deja cómodo en ningún bando. Los conservadores lo citan porque hablaba de Dios y del alma rusa. Los progresistas lo reivindican porque denunciaba la injusticia y la pobreza. Los psicólogos lo estudian porque describió trastornos mentales con una precisión que Freud —que lo leía con envidia— tardó décadas en sistematizar. Y los nihilistas lo adoran sin darse cuenta de que Dostoievski escribió contra ellos. El personaje de Stavroguin en «Los demonios» es la descripción más aterradora del nihilismo que existe: un hombre tan vacío que ni siquiera puede sentir placer al hacer el mal. Es el villano definitivo porque ni siquiera le importa serlo.

Hay un dato biográfico que lo explica casi todo. En 1849, con 28 años, Dostoievski fue arrestado por pertenecer a un círculo intelectual sospechoso de conspiración. Lo condenaron a muerte. Lo llevaron al paredón. Le vendaron los ojos. Y entonces, en el último segundo, llegó el indulto del zar. Fue un simulacro. Una tortura psicológica diseñada para quebrar voluntades. Lo mandaron a Siberia cuatro años. Cuando volvió, era otro hombre. O más bien, era el mismo hombre pero con los ojos arrancados y vueltos a colocar mirando hacia dentro. Después de eso, cada palabra que escribió tenía el peso de alguien que ya estuvo muerto una vez.

La ludopatía, por cierto, no es un detalle menor. Dostoievski perdió fortunas en las mesas de ruleta de Europa. Empeñó la ropa de su mujer. Pidió adelantos por libros que aún no había escrito para ir a apostar. Y luego escribió «El jugador», una novela donde describe la adicción al juego con una honestidad tan brutal que resulta incómoda de leer. No se perdonaba, pero tampoco se mentía. Esa es la diferencia entre Dostoievski y la mayoría de los escritores: él no tenía la cobardía de embellecerse.

Hoy, 145 años después de su muerte, sus libros se siguen vendiendo por millones. No porque sean fáciles —no lo son—, sino porque cada generación los abre y encuentra su propio reflejo deformado en el espejo. Los adolescentes se identifican con Raskólnikov porque creen que el mundo no los entiende. Los adultos se horrorizan con Iván Karamázov porque empiezan a sospechar que tiene razón. Y los viejos lloran con el príncipe Myshkin porque ya saben que la bondad siempre pierde.

Si nunca lo has leído, no empieces por «Los hermanos Karamázov». Empieza por «Notas del subsuelo», un texto corto donde un burócrata amargado te explica durante cien páginas por qué la razón es inútil, la felicidad es una trampa y el ser humano prefiere sufrir con tal de sentirse libre. Es desagradable, brillante y adictivo. Es Dostoievski en estado puro: un tipo que te escupe en la cara y luego te da un abrazo tan fuerte que te rompe las costillas.

Ciento cuarenta y cinco años bajo tierra y el hombre sigue siendo más relevante que el noventa por ciento de lo que se publica hoy. Eso no habla bien de él. Habla pésimo de nosotros.

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