Article Feb 13, 04:29 AM

André Gide: el hombre que escandalizó a medio mundo y le dieron el Nobel por ello

André Gide: el hombre que escandalizó a medio mundo y le dieron el Nobel por ello

Hace 75 años moría André Gide, y el mundo literario respiró aliviado. O eso creyeron. Porque la verdad es que este francés inconformista, que hizo de la provocación un arte y de la sinceridad un arma, sigue siendo más incómodo hoy que cuando publicaba sus libros. En una época donde todos predican autenticidad en redes sociales, Gide fue auténtico de verdad — y pagó un precio brutal por ello.

Pongamos las cartas sobre la mesa: André Gide fue un tipo que en 1902 publicó El inmoralista, una novela donde el protagonista descubre que la moral convencional es una cárcel y decide vivir según sus propios deseos. ¿Te suena? Claro que te suena. Es exactamente el discurso de medio Instagram. La diferencia es que Gide lo escribió cuando decir eso en voz alta podía costarte la carrera, la reputación y hasta la libertad. No había filtros bonitos ni hashtags de autoayuda: había consecuencias reales.

Michel, el protagonista de El inmoralista, es un tipo que enferma gravemente durante su luna de miel en el norte de África y, al recuperarse, experimenta una especie de despertar sensorial que lo lleva a rechazar todo lo que la sociedad europea victoriana consideraba decente. Abandona su erudición, se fascina por los jóvenes árabes, descuida a su esposa enferma. Es un personaje detestable en muchos sentidos. Y ahí está la genialidad de Gide: no te pide que lo admires. Te pide que lo entiendas. Que te preguntes dónde está la línea entre liberarse y destruir a los demás. Ciento veinte años después, seguimos sin tener la respuesta.

Pero si El inmoralista fue una granada, La puerta estrecha fue el alfiler envenenado. Publicada en 1909, cuenta la historia de Alissa, una mujer que renuncia al amor terrenal en nombre de una pureza espiritual absoluta. Es la otra cara de la moneda: si Michel peca por exceso de libertad, Alissa peca por exceso de renuncia. Gide, que creció en un hogar protestante asfixiante — su madre era una mujer devotísima que vigilaba cada uno de sus movimientos —, sabía perfectamente que la represión puede matar tanto como el desenfreno. La novela es breve, devastadora, y tiene un final que te deja con un nudo en el estómago durante días. Si alguna vez has sentido que sacrificabas demasiado de ti mismo por un ideal, Alissa es tu espejo. Un espejo cruel, pero honesto.

Y luego llegó Los monederos falsos, en 1925, y aquí Gide se adelantó décadas a su tiempo. Imagina una novela donde uno de los personajes está escribiendo una novela que se llama igual que la novela que estás leyendo. Sí, es tan meta como suena. Gide inventó la metaficción antes de que existiera la palabra. Mientras Joyce experimentaba con el flujo de conciencia en Dublín y Proust construía catedrales de memoria en París, Gide desmontaba la idea misma de lo que es una novela. Los monederos falsos no tiene un protagonista claro, no tiene una trama lineal, y su tema central — la falsedad que impregna todas las relaciones humanas — es tan relevante en la era de las fake news que parece escrito ayer por la tarde.

Lo que hace único a Gide no es solo su literatura. Es su vida, que fue inseparable de su obra. Se casó con su prima Madeleine por amor genuino — un amor que él mismo describió como puramente espiritual — mientras mantenía relaciones homosexuales que documentó con una franqueza inaudita para su época. En 1924 publicó Corydon, un diálogo socrático en defensa de la homosexualidad. Sus amigos le suplicaron que no lo hiciera. André Malraux le dijo que arruinaría su carrera. Roger Martin du Gard prácticamente le rogó de rodillas. Gide lo publicó igual. El escándalo fue monumental, pero Gide no se retractó jamás. Cuando le dieron el Nobel en 1947, la Iglesia católica incluyó toda su obra en el Índice de libros prohibidos. Imagínate el nivel: te dan el premio más prestigioso del mundo y el Vaticano responde prohibiendo todo lo que has escrito. Si eso no es un currículum impresionante, no sé qué lo es.

Pero hay algo que se olvida a menudo sobre Gide, y que lo convierte en una figura aún más fascinante: su relación con la política. En los años treinta, como muchos intelectuales europeos, coqueteó con el comunismo soviético. Viajó a la URSS en 1936, invitado como huésped de honor. Lo recibieron con alfombra roja, banquetes y discursos. Y Gide, en lugar de escribir el panfleto propagandístico que todos esperaban, publicó Regreso de la URSS, donde describió la pobreza, la censura y el miedo que había visto con sus propios ojos. La izquierda lo crucificó. La derecha no lo aceptó porque seguía siendo Gide. Se quedó solo, que es exactamente donde un intelectual honesto suele terminar.

Esta capacidad para incomodar a todos los bandos es lo que hace que Gide sea indispensable hoy. Vivimos en una época de trincheras ideológicas, donde se espera que elijas un bando y repitas sus consignas como un loro bien entrenado. Gide se negó a eso toda su vida. Fue demasiado libre para los conservadores, demasiado burgués para los comunistas, demasiado honesto para los hipócritas y demasiado complejo para quienes necesitan etiquetas simples. En Twitter lo habrían cancelado quince veces antes del desayuno.

Su influencia en la literatura posterior es inmensa, aunque a menudo invisible. Sin Los monederos falsos no existirían las novelas autoconscientes de Paul Auster o las piruetas narrativas de Italo Calvino en Si una noche de invierno un viajero. Sin la honestidad brutal de sus diarios — que mantuvo durante más de cincuenta años — no tendríamos el mismo tipo de literatura confesional que hoy consideramos normal. Autores como Karl Ove Knausgård, que convirtió su vida entera en materia novelística, son herederos directos de Gide, lo sepan o no.

Setenta y cinco años después de su muerte, André Gide sigue planteando las preguntas que más nos incomodan: ¿Hasta dónde llega tu derecho a ser libre si esa libertad daña a otros? ¿Es posible ser completamente honesto sin destruirte a ti mismo? ¿La moral es una brújula o una jaula? No ofrece respuestas fáciles. No ofrece respuestas, punto. Y quizás por eso seguimos necesitándolo: porque en un mundo saturado de certezas prefabricadas, un tipo que tuvo el valor de decir «no lo sé, pero no voy a fingir que sí» es más revolucionario que nunca.

Si nunca has leído a Gide, empieza por El inmoralista. Son menos de doscientas páginas. Se lee en una tarde. Y te garantizo que esa noche, antes de dormirte, te vas a quedar mirando el techo preguntándote cosas que preferirías no preguntarte. Eso es exactamente lo que la buena literatura debe hacer. Y Gide, el insolente, el incómodo, el inclasificable, sigue haciéndolo desde la tumba.

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